Punto de vista de Ximena:
El quirófano estaba frío. Olía a antiséptico y acero. Era un olor que no prometía nada más que el olvido.
Yacía en la estrecha mesa. Me habían quitado la ropa y me habían cubierto con una delgada sábana azul. Sobre mí, las luces quirúrgicas eran como ojos gigantes e inmóviles.
-El ritmo cardíaco es errático -dijo una enfermera, mirando el monitor.
La Dra. Elvira Sánchez entró. Era la Sanadora de la Manada, una mujer conocida por su rostro severo y su "Visión Mágica". Podía ver enfermedades que las máquinas pasaban por alto. Pero hoy, parecía alterada, sacada de su casa en domingo.
-¿Dónde están los estudios preoperatorios? -exigió la Dra. Sánchez, poniéndose los guantes-. No he visto el expediente de la donante. Necesito verificar la compatibilidad de su aura.
-¡No hay tiempo! -irrumpió Axel en la sala. Llevaba una bata quirúrgica sobre su traje, ignorando el protocolo-. El corazón de Katia se detuvo dos veces en el pasillo. Su médico personal envió los archivos ayer, dijeron que Ximena es una pareja perfecta. Dos riñones sanos. ¡Solo hazlo!
La Dra. Sánchez vaciló, sus ojos entrecerrándose mientras me miraba.
-Parece séptica, Alfa. Mira el color de su piel. Necesito cinco minutos para...
-¡No tienes ni cinco segundos! -Axel golpeó la bandeja de metal con la mano-. ¡Esa es una orden, Sanadora Sánchez! ¡Salva a tu Luna o lárgate de mi manada!
La Dra. Sánchez apretó la mandíbula. Estaba atada por la orden del Alfa. No podía negarse y no podía demorarse.
-Bien -escupió-. ¿Anestesia?
-Administrada -dijo la enfermera nerviosamente-. Pero... la está consumiendo muy rápido. Su metabolismo está por las nubes.
La Dra. Sánchez me miró con lástima. Aún no veía el veneno; la adrenalina y la energía caótica en la habitación enmascaraban mi aura. Solo veía a una chica moribunda.
-Ximena -dijo en voz baja-. Tenemos que usar bisturís de plata. Es lo único que corta la piel de lobo. Debido a tu... "resistencia"... la anestesia no funcionará por completo. No podemos esperar a que haga efecto.
-Lo sé -susurré-. Lo sentiré.
-Lo siento -dijo. Y lo decía en serio.
Axel se acercó a la mesa. Me miró desde arriba. Por un segundo, su mano se cernió sobre la mía, como si quisiera sostenerla. Pero luego la retiró, apretando el puño.
-Deposité veinte millones de pesos en una cuenta para ti -dijo. Su voz era rígida-. Cuando despiertes, puedes ir a donde quieras. París. Tokio. Siempre quisiste viajar.
Lo miré. Lo recordaba. Recordaba ese sueño tonto que le conté cuando éramos adolescentes, sentados en el techo mirando las estrellas.
-No puedes comprar una vida, Axel -dije. Mi voz estaba tranquila ahora. El miedo se había ido. Solo quedaba el agotamiento.
-No es un pago -espetó-. Es... un cuidado.
-Cuidado -repetí. Dejé escapar una risa seca y resonante-. Adiós, Axel.
Él se estremeció.
-No es un adiós. Solo estás donando un riñón. Deja de ser dramática.
Me dio la espalda. Caminó hacia la ventana de observación donde Katia estaba siendo preparada en la habitación de al lado. Puso su mano en el cristal, mirándola con anhelo.
-Empiecen -ordenó.
La Dra. Sánchez suspiró. Tomó el bisturí. La hoja era de plata pura. Incluso verla hizo que se me erizara la piel.
-Cuenta hacia atrás desde diez, Ximena -dijo.
-Diez -dije.
La hoja tocó mi piel.
No fue solo un corte. Fue fuego. Fue un rayo líquido vertiéndose en mi cuerpo. La plata reaccionó con mi sangre de loba, cauterizando los bordes de la herida al instante.
-Nueve.
Apreté los dientes. No gritaría. No les daría esa satisfacción.
-Ocho.
El dolor se hizo más profundo. Ahora estaban cortando a través del músculo. Sentí los retractores separando mis costillas. Las lágrimas se escaparon de las comisuras de mis ojos, calientes y rápidas.
-Siete.
Mi monitor cardíaco comenzó a sonar más rápido. *Bip-bip-bip-bip.*
-Seis.
Miré al techo. Imaginé la luna. Imaginé correr por un bosque nevado, libre, fuerte, amada.
-Cinco.
La presión cambió. Estaban pinzando la arteria. Mi respiración se entrecortó.
-Cuatro.
La oscuridad se arrastraba por los bordes de mi visión. Era una oscuridad de terciopelo suave y acogedora.
-Tres.
Vi un destello de luz blanca. Una loba. Una magnífica loba blanca estaba de pie a los pies de la mesa. Me miró e inclinó la cabeza.
*Ven*, parecía decir. *Es hora de descansar.*
-Dos.
El monitor cambió de tono. El pitido frenético se ralentizó.
-Uno.
No dije cero.
El dolor se detuvo. El frío se detuvo. El sonido de la voz de Axel gritando algo a lo lejos se desvaneció.
La línea en el monitor se aplanó. Un tono largo y continuo llenó la habitación.
Cerré los ojos y me dejé ir.