Marta vio el cambio en Adrián en una fracción de segundo. Fue una transformación sutil pero aterradora. La máscara del director general implacable, el estratega frío que calculaba cada movimiento en las salas de juntas, se desmoronó por completo. Lo que quedó en su lugar fue algo crudo, primario y profundamente peligroso. Sus ojos, normalmente de un castaño oscuro inescrutable, se volvieron negros, dilatados por una mezcla de furia y un deseo tan violento que a Marta le cortó la respiración.
La civilidad acababa de abandonar el edificio.
Adrián no gritó. No alzó la voz para recordarle su rango ni la amenazó con recursos humanos. En lugar de eso, atacó.
Se movió con una rapidez y una fluidez felina que desmentían su gran tamaño. En un instante estaba a medio metro de distancia, y al siguiente, invadió su espacio vital de una forma tan rotunda que Marta tuvo que dar un paso instintivo hacia atrás. El problema fue que no había hacia dónde huir. Sus caderas chocaron secamente contra el borde del pesado escritorio de caoba, cortándole la retirada.
Antes de que pudiera siquiera procesar el impacto, Adrián ya estaba sobre ella.
Él no la tocó directamente, lo cual hizo que la maniobra fuera infinitamente más abrumadora. Apoyó ambas manos de plano sobre la superficie de madera del escritorio, una a cada lado de las caderas de Marta, encerrándola en una jaula formada por sus brazos tensos y su torso ancho. El traje gris carbón de Adrián, impecable hasta hacía unos minutos, rozó la seda del vestido de ella.
Marta soltó un pequeño jadeo, un sonido involuntario que quedó atrapado en su garganta al sentir el calor abrasador que irradiaba el cuerpo del hombre frente a ella. Estaban tan cerca que la perspectiva del mundo se redujo exclusivamente a él.
-No tienes la menor idea de lo que acabas de hacer -murmuró Adrián.
Su voz era un ronroneo grave y áspero que vibró en el pecho de Marta. No le estaba hablando a su empleada; le estaba hablando a la mujer que había tenido la osadía de retarlo.
-Te dije que no te tenía miedo -replicó ella, aunque su voz carecía de la firmeza de unos segundos atrás. El corazón le latía con tanta fuerza contra las costillas que estaba segura de que él podía escucharlo. Su respiración se había vuelto superficial, errática, embriagada por la cercanía.
El aroma de Adrián, una mezcla de sándalo, loción cara y la nota ahumada del whisky escocés que había bebido en la cena, lo inundaba todo. Era un olor dominante, embriagador, que se mezclaba con el calor de su piel y la electricidad estática que parecía crepitar entre sus cuerpos.
-Deberías tenerlo -respondió él, inclinándose un poco más, reduciendo los escasos centímetros que separaban sus pechos.
Marta tuvo que arquear la espalda sobre el escritorio para mantener un ápice de espacio entre ellos, pero ese movimiento solo sirvió para acentuar la curva de su cuerpo contra el de él. La rodilla de Adrián, la misma que había encendido el fuego bajo la mesa del restaurante, se deslizó con una lentitud torturadora, abriéndose paso entre las piernas de Marta, separándolas ligeramente para acomodarse contra el borde de la madera.
La fricción de la lana fina de su pantalón contra las medias de cristal de ella fue un choque eléctrico que viajó directo a su espina dorsal. Marta cerró los ojos por un instante, traicionada por un escalofrío violento que le recorrió todo el cuerpo.
-Abre los ojos -ordenó Adrián, con la voz cargada de una autoridad oscura y posesiva.
Ella obedeció, sus pupilas dilatadas chocando con la intensidad implacable de la mirada de él.
-Has pasado toda la noche lanzando indirectas, desafiando mi autoridad, probando mis límites -continuó Adrián, su rostro descendiendo lentamente hasta que su boca quedó a un suspiro de la oreja de Marta. El aliento cálido le acarició la piel sensible del cuello, haciéndola estremecer-. ¿Creías que podías jugar con fuego frente a los inversores y luego irte a casa como si nada hubiera pasado? ¿Creías que te iba a dejar marchar?
Marta apretó los dedos contra el borde de la caoba hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El control que había intentado mantener se estaba disolviendo en la atmósfera sofocante de la oficina. Quería responderle, quería lanzarle otra réplica mordaz que demostrara que ella seguía teniendo las riendas de la situación, pero la cercanía de los labios de él contra su cuello la estaba enloqueciendo.
-Yo no inicié esto, Adrián. Fuiste tú quien me miró primero. Fuiste tú quien me tocó bajo la mesa.
Adrián soltó una risa sorda, carente de humor, un sonido que era puro instinto depredador.
Lentamente, levantó la mano derecha del escritorio. Marta contuvo la respiración, anticipando el contacto. Los dedos largos y firmes de Adrián rozaron la línea de su mandíbula, un toque casi fantasmagórico, ligero como una pluma pero que quemaba como hierro candente. Su pulgar trazó la curva de su barbilla, ejerciendo una presión suave pero ineludible, obligándola a levantar el rostro hacia él.
-No te atrevas a culparme a mí de esto -susurró él, sus rostros ahora a milímetros de distancia. Sus miradas estaban enlazadas en una batalla de voluntades en la que ninguno estaba dispuesto a ceder-. He pasado tres malditos años viéndote entrar a mi oficina con esa actitud perfecta, con esos vestidos ajustados, usando ese cerebro brillante tuyo para hacerme ganar millones, mientras yo me volvía loco intentando mantener la distancia profesional que ambos firmamos en un estúpido contrato.
La confesión, cruda y sin filtros, golpeó a Marta con la fuerza de un huracán. Durante años había dudado de si la tensión entre ellos era algo unilateral, un producto de su imaginación o simplemente el magnetismo natural que emanaba un hombre poderoso. Saber que él también había estado librando la misma batalla, que la había estado deseando en silencio mientras corregía sus informes y revisaba sus proyecciones, la llenó de una sensación de triunfo vertiginosa.
-Entonces despídeme -le retó ella, con la voz temblorosa pero cargada de deseo.
-No voy a despedirte -gruñó él, su pulgar acariciando la comisura de los labios de Marta, un contacto que hizo que ella entreabriera la boca, buscando oxígeno-. No voy a dejar que te vayas de esta empresa, ni de esta oficina.
La tensión física había alcanzado un punto de no retorno. El aire estaba tan cargado de anticipación que parecía vibrar. Los cuerpos de ambos estaban rígidos, consumidos por la urgencia y el autocontrol que pendía de un hilo finísimo. Cada roce accidental, cada exhalación compartida, cada movimiento microscópico amplificaba el deseo hasta convertirlo en dolor.
Adrián bajó la mirada hacia los labios entreabiertos de ella. Sus propios labios rozaron la mejilla de Marta, deteniéndose justo en la comisura. No era un beso; era una tortura psicológica. Estaba marcando su territorio, asimilando su aroma, demostrándole que, aunque ella hubiera lanzado el desafío, él era quien tenía el control de la proximidad.
Marta soltó la madera del escritorio. Llevada por un impulso que anulaba cualquier rastro de raciocinio, deslizó sus manos por el frente del saco de Adrián. Sintió el calor de su pecho a través de la fina tela de la camisa blanca, sintió el latido acelerado de su corazón bajo sus palmas. Sus dedos subieron hasta encontrar las solapas, aferrándose a ellas con fuerza.
-Estás jugando con mi paciencia, Marta -susurró él contra su boca, el roce de sus labios enviando descargas eléctricas por todo su sistema nervioso-. Me pides que te obligue. Pero si cruzo esta línea... si rompo esta regla contigo esta noche... no habrá vuelta atrás. Las cosas a mi manera son absorbentes. No podrás volver a ser solo mi empleada mañana por la mañana.
La amenaza velada estaba teñida de una promesa oscura y absolutamente embriagadora. Él le estaba dando la última oportunidad de arrepentirse, la última salida de emergencia antes de que el fuego lo consumiera todo.
Pero Marta ya había tomado su decisión en el mismo instante en que se negó a retirar la pierna bajo la mesa del restaurante. Aferró las solapas del traje de Adrián y tiró de él hacia sí, eliminando el escaso milímetro de separación que aún quedaba entre sus cuerpos.
-No quiero volver atrás -dijo ella, con una resolución que hizo que los ojos de Adrián brillaran con una intensidad feroz.
La tensión llegó a su límite absoluto. La gravedad dejó de existir, el tiempo se detuvo en las cuatro paredes de cristal del despacho, y el abismo se abrió finalmente a sus pies.