El impacto de su boca contra la de Marta no tuvo absolutamente nada de tierno, ni de romántico, ni de cauteloso. Fue una colisión brutal, cruda y desesperada. Fue el choque violento de dos trenes a máxima velocidad en plena oscuridad. Adrián la besó como un hombre que ha estado arrastrándose por un desierto, muriéndose de sed, y que al encontrar finalmente un oasis, se enfurece consigo mismo por haber esperado tanto tiempo para beber.
Sus labios tomaron los de ella con una posesión tiránica, devorando su aliento, aplastando cualquier atisbo de duda. Exigía, con cada roce áspero y cada presión de su boca, todo lo que ella le había estado negando con su fría y perfecta profesionalidad. No era un beso para cortejar; era un castigo, una reclamación y una rendición, todo condensado en un solo contacto abrasador.
Lejos de amedrentarse ante la abrumadora ferocidad del asalto, Marta respondió con la misma rabia y la misma hambre acumulada. Si la furia contenida de él era fuego, el deseo reprimido de ella era gasolina pura. Sus manos, que aún aferraban con fuerza las solapas del traje de Adrián, se deslizaron rápidamente hacia arriba. Enredó sus dedos en el cabello oscuro, espeso y siempre perfectamente peinado de su jefe, destruyendo por completo esa fachada impecable que tanto la había frustrado.
Marta tiró de él hacia sí, arqueando la espalda para acortar aún más la distancia, abriendo los labios para recibir el sabor profundo y amargo del whisky escocés, que ahora se mezclaba con el aliento de ambos. Sus lenguas se encontraron en una batalla frenética y húmeda, una guerra de dominación íntima donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder ni un solo milímetro de terreno. Los dientes chocaron, los alientos se entrecortaron, y un gemido bajo, casi animal, vibró en la garganta de Adrián.
Con un movimiento rápido que demostraba la fuerza física que escondía bajo su traje a medida, Adrián deslizó sus grandes manos desde la cintura de Marta hacia la parte baja de sus muslos. Sin romper el beso, sin dejar de devorar su boca, la levantó en vilo.
Marta se aferró a sus hombros anchos por puro instinto de supervivencia mientras él la depositaba bruscamente sobre la superficie de caoba maciza del escritorio.
El caos estalló en el sagrado santuario del director general. El elegante portadocumentos de piel, la lámpara de diseño italiano, la bandeja de correspondencia, los bolígrafos de plata y la farsa del falso documento de confidencialidad fueron barridos sin piedad por el antebrazo de Adrián. Cayeron al suelo alfombrado de la oficina con un estruendo ahogado. Todo lo que representaba su vida profesional, el orden impecable y la jerarquía de la planta cuarenta y dos, acabó tirado por los suelos. Y no le importó en lo más mínimo. En ese instante, si el edificio entero hubiera empezado a arder en llamas a su alrededor, Adrián Varga no habría apartado la vista de la mujer que acababa de derribar sus defensas.
Marta enredó sus piernas alrededor de las estrechas caderas de él, tirando de su cuerpo para encajarlo perfectamente contra la V de sus muslos. La fricción a través de las pesadas capas de ropa era una tortura exquisita, un roce constante y punzante que los empujaba sin frenos hacia el borde del abismo. Adrián se apretó contra ella, dejando claro, a través de la lana fina de su pantalón, el nivel de necesidad que lo estaba consumiendo.
Las manos de él, ahora libres y frenéticas, vagaron sin control por el cuerpo de su analista. Agarró la tela del vestido negro de Marta, arrugando la seda cara sin ningún tipo de contemplaciones. Deslizó el bajo de la falda hacia arriba, subiendo por sus muslos, trazando la curva de sus caderas hasta que sus palmas, anormalmente calientes, encontraron la piel desnuda y estremecida por encima del delicado límite de las medias de cristal.
El contraste entre el frío intenso de la madera de caoba a su espalda y el calor abrasador de las manos de Adrián sobre sus muslos desnudos la hizo arquearse como un arco tenso. Soltó un suspiro ahogado que se perdió por completo en la boca de él. Adrián gruñó en respuesta. Sus labios abandonaron la boca de Marta por un segundo, mordiendo suavemente su labio inferior y tirando de él con los dientes, antes de comenzar a trazar un camino húmedo y ardiente por la línea de su mandíbula.
Enterró su rostro en el hueco del cuello de ella, aspirando su perfume, marcando su piel con besos que eran casi mordiscos, succionando el pulso desbocado que latía bajo la superficie.
-Tres años... -jadeó Adrián contra su garganta. Su voz estaba completamente rota, ronca e irreconocible, carente de su habitual autoridad. Era el sonido de un hombre al límite de su resistencia-. Tres malditos años volviéndome loco en esta silla.
Marta echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole más acceso, cerrando los ojos mientras el placer nublaba su raciocinio. Sus manos, sin embargo, no se quedaron quietas. Trabajaron de forma frenética en el nudo deshecho de la corbata de él, tirando de la seda hasta sacarla por completo de su cuello y arrojándola al suelo junto a los papeles. Inmediatamente, sus dedos, torpes y temblorosos por la urgencia, atacaron los botones de su camisa blanca.
-Dime la verdad... -susurró ella, con la respiración cortada, logrando abrir los primeros tres botones y deslizando sus manos frías por el pecho caliente y musculoso de su jefe-. Me odiabas por eso.
Adrián detuvo los besos en su cuello. Se enderezó un poco, lo suficiente para poder mirarla a los ojos. Con un movimiento rápido y dominante, atrapó ambas muñecas de Marta, deteniendo sus manos saqueadoras. Entrelazó sus dedos con los de ella, apretando con fuerza, y los inmovilizó contra la fría superficie del escritorio, a ambos lados de la cabeza de la mujer, dejándola completamente acorralada y a su merced bajo su peso.
-Te odiaba porque eras la única persona en todo este maldito edificio a la que no podía controlar -gruñó él, con los ojos brillando como carbones encendidos en la penumbra. Su respiración chocaba ruidosamente contra el rostro de Marta-. Te odiaba por la forma en que me mirabas en las reuniones, sabiendo perfectamente que no podía tocarte. Te odiaba porque sabía que el día en que por fin pusiera mis manos sobre ti... no iba a poder parar.
La intensidad de la confesión, el enojo palpable mezclado con un nivel de adoración obsesiva, hizo que el centro del cuerpo de Marta latiera con dolorosa expectación.
Lo miró desde abajo. Con el cabello revuelto cayéndole sobre la frente, la camisa a medio abotonar dejando ver la piel brillante de sudor, y el pecho subiendo y bajando con violencia, Adrián Varga ya no era el ejecutivo del año. Parecía un depredador primitivo, implacable, satisfecho de haber acorralado por fin a su presa tras una cacería interminable. Pero los ojos de Marta, oscuros, desafiantes y completamente empañados por la lujuria, le comunicaban un mensaje muy distinto: ella lo había atrapado a él.
Marta tiró levemente de sus muñecas atrapadas, no para liberarse, sino para obligarlo a bajar de nuevo hacia ella.
-Entonces no pares -lo desafió, su voz ronca, convertida en un susurro cargado de promesas indecentes-. Demuéstrame de qué eres capaz cuando no tienes el manual corporativo en la mano, Adrián.
El sonido de su nombre pronunciado así fue el golpe de gracia. Con un gruñido ahogado, Adrián soltó sus muñecas y bajó las manos directamente hacia sus caderas, levantándola un poco más sobre la madera. Volvió a capturar su boca en un beso que esta vez era un asalto total y absoluto. El ritmo cambió, volviéndose más lento, más profundo, una simulación rítmica y demoledora de lo que estaba a punto de ocurrir.
El frío del aire acondicionado de la oficina chocaba contra la piel húmeda de ambos, pero el calor que generaban juntos era un horno a punto de explotar. Adrián deslizó una mano bajo la seda del vestido, acariciando la parte interna del muslo desnudo de Marta, rozando el encaje de su ropa interior, enviando oleadas de electricidad que la hicieron aferrarse a los hombros de su jefe como si fuera lo único que la ataba al mundo real. Estaban al filo del abismo, ciegos y sordos a cualquier cosa que no fuera la respiración del otro y la inminente caída que destruiría su mundo profesional en mil pedazos.