Ahí estaba yo, la Luna de la manada, recibiendo órdenes de volar como si fuera carga mientras una renegada ocupaba mi lugar en el Gulfstream G650 que *yo* había pagado.
Mi suegra incluso se metió, aferrando la bolsa de diseñador que le compré, diciendo que mi "energía de sanadora" era demasiado estresante para su preciosa invitada.
Alejandro bloqueó nuestro vínculo telepático, tomó la mano de su amante y la puerta se cerró en mi cara con un siseo.
Él creía que era el Alfa. Creía que tenía el poder porque yo lo había dejado jugar a serlo durante cinco años.
Pero se le olvidó un pequeño detalle: su nombre no estaba en el fideicomiso.
Mientras el jet se alejaba, no lloré. Saqué mi celular y marqué el número de mi banquero personal.
-¿Doctora Garza?
-Cancela el plan de vuelo -dije, con la voz firme-. Revoca su autorización. Inmoviliza el jet en la primera parada para recargar combustible. Y corta las líneas de crédito. Todas.
-¿Todas, señora? ¿Las cuentas de la manada?
-Todo -susurré, viendo cómo el avión se elevaba-. Vamos a ver cómo sobrevive el Alfa sin mi cartera.
Capítulo 1
Punto de vista de Elena:
El viento en la pista de aterrizaje me calaba el abrigo, pero no se comparaba con el hielo que se extendía por mis venas.
Los motores del Gulfstream G650 ya zumbaban, un chillido agudo que me hacía vibrar hasta las muelas.
Era una máquina magnífica. Y debía serlo. Yo la pagué.
Igual que pagué por los trajes de lana italiana que llevaban los guerreros, los miles de litros de combustible en el tanque y la invitación a la Cumbre de Alfas que mi esposo guardaba en su bolsillo.
-Elena, hazte para atrás -dijo Alejandro. Su voz no tenía la calidez de un compañero. Tenía el tono despectivo que se usaría con una sirvienta que se ha quedado más de la cuenta.
Parpadeé, tratando de procesar lo absurdo de la situación.
-¿Perdón? Tenemos que abordar. La ceremonia de apertura de la Cumbre empieza en cuatro horas.
Alejandro no me miró. Se estaba ajustando las mancuernillas: de oro, con incrustaciones de diamantes. Mi regalo de aniversario para él.
-Tú no vienes en el jet -dijo secamente.
Mi corazón dio un vuelco.
-¿Qué? Alejandro, soy la Luna. Yo fui quien consiguió el lugar para la manada Villarreal en esa mesa. ¿Por qué no iba a...?
-Brenda está muy delicada -me interrumpió, por fin mirándome a los ojos. Su mirada era fría, desprovista del afecto que solía haber allí hace cinco años-. Acaba de regresar de la naturaleza. Su loba está débil. Necesita la comodidad de la cabina privada.
Miré más allá de él. En lo alto de las escaleras, enmarcada por el fuselaje como una heroína trágica, estaba Brenda Soto.
Llevaba un vestido de seda que yo había encargado para mí. Le quedaba holgado, acentuando una fragilidad que parecía demasiado actuada.
Me dedicó una sonrisita triste. Era el tipo de sonrisa que un tiburón te da antes de morder.
-Pero hay doce asientos -argumenté, tratando de mantener la voz firme-. Hay espacio de sobra.
-No se trata del espacio, Elena -intervino mi suegra, Carmen. Estaba junto al carrito del equipaje, aferrando una bolsa de diseñador que le había comprado la Navidad pasada-. Se trata del ambiente. Brenda necesita paz. Tu energía... es demasiado intensa. Eres una Sanadora. Siempre estás irradiando ese poder clínico, estéril. La estresa.
Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Mi poder, la energía curativa que había evitado que la artritis de Carmen la dejara lisiada, el poder que evitaba que los guerreros se volvieran salvajes durante la luna llena, ahora era "estresante".
Alejandro sacó un sobre del bolsillo de su saco y me lo tendió.
-Te reservé un vuelo comercial. Sale en tres horas.
Tomé el sobre con los dedos temblorosos. Miré el boleto. Turista. Asiento de en medio. Dos escalas. Prácticamente un vuelo de carga.
-¿Quieres que la Luna de la manada Villarreal vuele en clase turista mientras una renegada ocupa mi jet? -pregunté, mi voz bajando a un susurro peligroso.
-¡Ella no es una renegada! -gruñó Alejandro. Por un segundo, sus ojos brillaron dorados, la señal de que su lobo Alfa estaba saliendo a la superficie-. Es una invitada de honor. Y está cargando... un potencial.
Miró el vientre de Brenda.
Todo se detuvo.
*Alejandro*, me comuniqué a través del Vínculo Mental, nuestra conexión telepática. *Alejandro, por favor, dime que no estás haciendo esto. Dime que no me estás humillando delante de la manada*.
Silencio.
Me había bloqueado.
El Alfa de la manada, mi esposo, había levantado un muro mental contra su propia compañera. Era el rechazo definitivo sin palabras.
-Tenemos que irnos -dijo Alejandro en voz alta, dándome la espalda-. No llegues tarde al hotel, Elena. Te necesitamos para planchar las túnicas ceremoniales cuando llegues.
Subió las escaleras. Tomó la mano de Brenda. Le besó la mejilla, un gesto tierno que no me había mostrado en años.
Los guerreros de la manada, hombres a los que yo había curado, hombres cuyos hijos yo había traído al mundo, apartaron la mirada. Siguieron a su Alfa. Siguieron el dinero. O más bien, siguieron al hombre que creían que controlaba el dinero.
La puerta del jet se cerró con un siseo. Las escaleras se replegaron.
Me quedé sola en el concreto. El olor a combustible quemado me llenó la nariz, pero debajo de él, percibí el aroma persistente de Brenda.
No era solo el olor de una loba débil. Debajo de la pesada capa de perfume caro, estaba la podredumbre de una renegada, alguien que había vivido sin ley, sin honor.
El jet comenzó a rodar. Vi el logo en el alerón de cola: el Lobo de los Villarreal. Yo le había pagado al pintor para que lo pusiera ahí.
Algo dentro de mí se rompió. No fue una fractura, sino una liberación.
Mi loba interior, normalmente una presencia tranquila y blanca, se levantó y sacudió su pelaje. No aulló. Gruñó. Un sonido bajo y vibrante que resonó en mis huesos.
Miré el boleto de clase turista en mi mano.
Luego, miré la tarjeta Amex negra en mi cartera. La tarjeta que estaba vinculada al fideicomiso principal. El fideicomiso que financiaba el jet, la mansión, los coches y la comida en sus estómagos.
Saqué mi celular. La pantalla estaba fría contra mi mejilla.
-¿Sí, Doctora Garza? -contestó mi banquero personal al primer timbrazo.
-Cancela el plan de vuelo del Gulfstream -dije, mi voz tan firme como la mano de un cirujano.
-¿Señora? Ya están en la pista.
-Lo sé. Revoca la autorización. Inmovilízalos en su primera parada para recargar combustible. Y corta las líneas de crédito. Todas.
-¿Todas, Doctora Garza? ¿Las cuentas de la manada?
Vi cómo el avión se elevaba hacia el cielo gris. Pensé en el documento que estaba en mi caja de seguridad, el que Alejandro firmó hace cinco años, desesperado.
No había querido usarlo. No había querido ser esa persona.
Pero él me convirtió en esa persona.
-Todo -dije-. Se acabó el juego.