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img img Romance img El Error del Magnate Ruso

Acerca de

Hace cinco años, Sienna Moore cometió el mayor error de su vida: enamorarse de Nikolai Volkov. Lo que para la inocente pasante fue una semana de pasión inolvidable, para el implacable CEO ruso no fue más que un pasatiempo antes de regresar a Moscú. Cuando Sienna descubrió que estaba embarazada, intentó buscarlo, solo para chocar contra un muro de desprecio y amenazas levantado por el círculo de hierro del magnate. Sola y con el corazón roto, Sienna desapareció para proteger a su hija. Hoy, Nikolai es más frío y letal que nunca. Durante un viaje de negocios a una pequeña ciudad para absorber una empresa local, su mundo de hielo se resquebraja al cruzarse con una niña de cuatro años en un restaurante. Una niña con su misma mirada desafiante y sus inconfundibles ojos azul hielo. Convencido de que Sienna le ocultó a su heredera por puro egoísmo, Nikolai desata su furia. Con el poder de sus millones y un ejército de abogados, le da un ultimátum despiadado: o se mudan a su mansión bajo sus reglas, o le quitará a la niña para siempre. Nikolai cree que ha comprado a una prisionera sumisa, pero pronto descubrirá que la dulce pasante que dejó atrás es ahora una madre leona dispuesta a todo, y que el verdadero engaño ha estado oculto en su propia casa durante años.

Capítulo 1 Ojos de hielo

El aburrimiento era una sensación que Nikolai Volkov rara vez se permitía experimentar. Para un hombre cuyo imperio financiero se extendía desde las frías estepas de Moscú hasta los rascacielos de cristal de Wall Street, el tiempo era la única moneda que no podía fabricar. Sin embargo, en ese preciso instante, sentado en la cabecera de una mesa de banquete cubierta con un mantel de lino barato que olía a cloro, sentía que los segundos se arrastraban con una lentitud agonizante.

Estaba en Oak Creek, un pueblo en medio de la nada, cuyo único reclamo de fama era una fábrica de componentes electrónicos que, hasta hacía una hora, pertenecía a la familia Miller. Ahora, le pertenecía a él.

Nikolai hizo girar el líquido ámbar en su vaso de cristal grueso. Ni siquiera era un buen whisky; rasparía su garganta como papel de lija, así que no tenía intención de beberlo. Su mirada gélida, de un azul tan pálido y penetrante que parecía tallado en hielo siberiano, barrió la sala del club de campo local. Los candelabros de latón imitaban torpemente la grandeza, y la alfombra color burdeos estaba desgastada por décadas de recepciones mediocres.

Al otro lado de la mesa, Thomas Miller, un hombre corpulento de sesenta años que sudaba profusamente dentro de un traje que le quedaba pequeño, firmaba los últimos documentos de cesión. Las manos le temblaban. Su esposa sollozaba en silencio a su lado, apretando una servilleta de papel.

Nikolai no sintió absolutamente nada. Ni una punzada de culpa, ni una gota de piedad. En el mundo de los negocios, o eras el depredador o eras la presa. Miller había tomado malas decisiones financieras, se había ahogado en deudas, y Nikolai simplemente había olido la sangre en el agua. La adquisición hostil había sido limpia, despiadada y eficiente. Como todo lo que hacía el CEO de Volkov Industries.

-Todo... todo está en orden, señor Volkov -tartamudeó el abogado local, deslizando la carpeta de cuero a través de la mesa con un respeto que rayaba en el terror.

Nikolai ni siquiera miró los papeles. Hizo un leve gesto con su mano izquierda, donde el peso de su Rolex de platino brillaba bajo la luz amarillenta. Su jefe de seguridad y mano derecha, Yuri, dio un paso adelante desde las sombras y tomó la carpeta.

-La transferencia de fondos se completará a las ocho de la mañana de mañana -dijo Nikolai. Su voz era un barítono profundo, suave pero cargado de un poder oscuro que hizo que la temperatura de la habitación pareció descender diez grados-. Asegúrense de que las instalaciones estén vacías para el mediodía. Mis ingenieros llegarán el jueves.

Sin esperar respuesta, ni ofrecer un apretón de manos de consolación, Nikolai se puso de pie. Se abotonó la chaqueta de su traje Brioni hecho a medida, una armadura de seda y lana negra que contrastaba brutalmente con la mediocridad del lugar.

-Señor Volkov, nosotros... organizamos una cena en el salón principal para celebrar... -intentó decir el alcalde de Oak Creek, secándose la frente con un pañuelo.

-Tengo un vuelo a Nueva York en dos horas -cortó Nikolai, sin molestarse en ocultar su desdén-. Disfruten de la cena.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida privada del club, dejando atrás una estela de silencio sepulcral. Necesitaba aire. El olor a miedo y desesperación mezclado con perfume barato le estaba provocando una jaqueca. Mientras avanzaba por un pasillo lateral, tenuemente iluminado y decorado con fotografías descoloridas de torneos de golf de los años ochenta, aflojó ligeramente el nudo de su corbata de seda.

Estaba exhausto. No físicamente, su cuerpo era una máquina perfeccionada en el gimnasio a base de disciplina marcial, sino mentalmente. Había construido un imperio implacable, tenía más dinero del que podría gastar en diez vidas, mujeres hermosas y dispuestas que calentaban su cama y desaparecían antes del amanecer, y un poder que hacía temblar a los gobiernos. Y sin embargo, había un vacío constante rugiendo en su interior. Una bestia insatisfecha que ninguna adquisición lograba calmar.

De repente, sus pensamientos oscuros se vieron interrumpidos por un golpe seco contra su rodilla derecha.

Nikolai se detuvo en seco. Sus instintos se activaron al instante, los músculos de su mandíbula se tensaron y miró hacia abajo con una furia fría y contenida, esperando encontrar a algún camarero torpe o a un adulador ebrio que se había atrevido a invadir su espacio personal.

Pero no había ningún adulto.

A la altura de sus muslos, una niña pequeña acababa de rebotar contra su pierna. Llevaba un vestido azul marino que parecía de buena calidad pero sin lujos, y unos pequeños zapatos de charol negro. Tenía el cabello oscuro, un mar de rizos castaños casi negros que caían en un desorden encantador alrededor de su rostro infantil.

Nikolai odiaba a los niños. Eran ruidosos, irracionales, sucios y representaban una pérdida de control absoluta. Estaba a punto de apartarse con disgusto y llamar a gritos a quien fuera responsable de la pequeña molestia, cuando la niña se frotó la frente, retrocedió un paso y, en lugar de echarse a llorar, cruzó sus pequeños brazos sobre el pecho.

-Ten más cuidado, señor gigante. Casi me aplastas.

La voz era aguda, infantil, pero destilaba una autoridad ridícula para alguien que apenas superaba el metro de estatura. Nikolai, el hombre que hacía llorar a banqueros multimillonarios con solo alzar una ceja, se quedó petrificado.

No fue la audacia de la niña lo que lo paralizó.

Fue el momento en que ella levantó el rostro para mirarlo.

El corazón de Nikolai, una máquina rítmica y fría que nunca fallaba, dio un vuelco violento en su pecho. El aire abandonó sus pulmones como si le hubieran propinado un golpe directo en el estómago.

La niña tenía el ceño fruncido, una expresión de arrogancia obstinada que él había visto en el espejo cada mañana de su vida. Pero eso no era lo peor. Eran sus ojos.

Desde un rostro pálido y de mejillas redondas, lo observaban dos óvalos de un azul tan intenso, tan pálido y tan cruelmente claro que parecían fragmentos de un glaciar siberiano. Eran los ojos de los Volkov. Sus ojos. No una aproximación. No un tono similar. Eran la réplica genética exacta de su propia mirada.

El tiempo pareció detenerse en aquel pasillo de mala muerte. El ruido de los platos del restaurante a lo lejos se desvaneció, convirtiéndose en un zumbido sordo en sus oídos. Nikolai se quedó mirando a la criatura. Tenía quizás cuatro años. Cuatro años. La mente calculadora del magnate, capaz de procesar algoritmos financieros complejos en segundos, comenzó a hacer matemáticas a una velocidad vertiginosa.

Cuatro años de edad significaba que la concepción había ocurrido hace cinco años.

Hace cinco años. Nueva York. El invierno.

Una pasante inocente con una sonrisa que lograba derretir sus defensas. Una semana de pasión irracional, consumidora, que lo hizo olvidar sus propias reglas. Una promesa susurrada en la oscuridad antes de que él tuviera que volar a Moscú de emergencia por la muerte de su padre. Sienna.

El nombre resonó en su mente como un disparo en una habitación cerrada. Sienna Moore. La mujer que había desaparecido de la faz de la tierra poco después de que él se marchara. La mujer que, según el informe de seguridad que su secretaria Elena le había entregado semanas después, había renunciado a su puesto tras vaciar una cuenta bancaria y aceptar un trabajo en el extranjero. Nikolai había creído que ella solo era una cazafortunas más, que había tomado el pago por su silencio y había huido. La había odiado por ello. Había congelado su propio corazón para no recordar el calor de la piel de ella contra la suya.

Y ahora, frente a él, desafiándolo con una mirada que era un espejo genético perfecto, estaba la prueba viviente de la mentira.

-¿No vas a pedir perdón? -exigió la pequeña, sacándolo bruscamente de su torbellino mental. La niña pateó el suelo con su zapatito, perdiendo la paciencia-. Mi mami dice que si chocas, pides perdón. Eres muy maleducado.

Nikolai abrió la boca, pero por primera vez en su vida adulta, el gran CEO ruso, el hombre al que los medios llamaban el "Zar de Hielo", no encontró las palabras. Sus rodillas parecieron perder firmeza y, movido por una fuerza invisible, comenzó a agacharse lentamente, su costoso traje rozando la alfombra gastada. Quería acercar su mano gigante al rostro de la pequeña, necesitaba comprobar si era un espejismo cruel creado por el agotamiento, si la niña desaparecía al tacto.

-¿Cómo te llamas, pequeña? -La voz le salió ronca, irreconocible, un susurro roto que arañó su garganta.

La niña lo miró con sospecha, retrocediendo medio paso.

-No hablo con extraños grandes y malos -respondió ella, alzando la barbilla con un orgullo que era dolorosamente familiar.

Nikolai sintió una presión aplastante en el pecho. Era suya. No necesitaba una prueba de ADN de mil dólares en un laboratorio suizo. Lo sabía en su sangre, en sus huesos, en el latido salvaje de su pulso. Esta criatura diminuta, valiente y con mirada de loba era suya.

Antes de que pudiera asimilar la magnitud de lo que eso significaba, antes de que pudiera procesar la traición, el engaño, y la furia ciega y volcánica que comenzaba a hervir en la boca de su estómago, un sonido cruzó el pasillo.

Fue como un trueno en un día despejado.

-¡Mila! ¡Por el amor de Dios, Mila, te he dicho que no salgas corriendo así del baño!

El sonido de esos tacones bajos acercándose apresuradamente por el corredor, pero, sobre todo, la melodía de esa voz. Dulce, ligeramente entrecortada por el pánico, con ese suave tono cálido que lo había perseguido en pesadillas febriles durante mil ochocientas noches.

Los músculos de Nikolai se tensaron hasta doler. Sus grandes manos se cerraron en puños con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos y las uñas se clavaron en sus palmas. Todo el oxígeno fue succionado del pasillo.

Lentamente, como un depredador que acaba de escuchar el crujido de una rama seca en la oscuridad del bosque, Nikolai Volkov se puso de pie en toda su imponente altura. Alzó la cabeza y sus gélidos ojos azules se clavaron en la figura femenina que acababa de doblar la esquina al final del pasillo.

La respiración de la mujer se cortó de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, oscuros y aterrorizados. La bandeja que llevaba en las manos resbaló, chocando contra el suelo con un estrépito metálico que hizo eco por todo el corredor.

Era ella. Sienna.

Estaba más madura, más delgada, sin la ropa de diseñador que las mujeres de su mundo solían llevar, pero era indiscutiblemente ella. Y en su rostro, Nikolai no vio sorpresa ni confusión. Solo vio un pánico absoluto y devorador. El pánico de alguien que ha estado huyendo y sabe que acaba de ser atrapada.

El Zar de Hielo sintió cómo la sangre en sus venas dejaba de ser hielo para convertirse en fuego líquido. El engaño estaba frente a él. Le habían robado su sangre. Le habían robado cuatro años.

Y Nikolai Volkov nunca perdonaba a quienes le robaban.

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