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Pobre esposa multimillonaria: ¿quién tiene la última palabra?

Pobre esposa multimillonaria: ¿quién tiene la última palabra?

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img 1 Capítulo
img Lloyd Perold
5.0
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Acerca de

Todos quedaron impactados cuando se difundió la noticia del compromiso de Roberto Benton. Fue sorprendente porque se decía que la afortunada chica era común y corriente, que creció en el campo y no tenía nada. Una noche, ella apareció en un banquete, dejando a todos los presentes boquiabiertos. "¡Guau, es increíble!". A todos los hombres se les caía la baba, y las mujeres se pusieron muy celosas. Lo que no sabían era que esta supuesta chica de campo era en realidad la heredera de un imperio multimillonario. No pasó mucho tiempo antes de que sus secretos salieran a la luz uno tras otro. Las élites no podían dejar de hablar de ella. "¡Madre mía! ¿Así que su padre es el hombre más rico del mundo?". "¡También es esa diseñadora excelente pero misteriosa que muchos adoran! ¿Quién lo hubiera imaginado?". Algunos de los que la envidiaban creían que Roberto no la amaba. Pero estaban a punto de llevarse otra sorpresa. Roberto lanzó un comunicado, callando a todos los críticos. "Estoy muy enamorado de mi hermosa prometida. Nos casaremos en breve". Dos preguntas rondaban en la mente de todos: "¿Por qué ella ocultó su identidad? ¿Y por qué Roberto se enamoró de ella de repente?".

Capítulo 1 La familia Reyes

Una mujer con una camiseta blanca y unos vaqueros salió de la estación de tren de Monterrey con una maleta.

Su delicado rostro se enrojeció un poco con el sol, y se metió unos mechones de pelo rizado detrás de las orejas. Bajo sus arqueadas cejas había un par de ojos brillantes y bonitos, una nariz fina y unos labios de cereza. Se veía hermosa a pesar de no llevar maquillaje.

"¡Hola! Eres Anabel Camila, ¿verdad? Soy el chofer enviado por la familia Reyes".

Anabel asintió y siguió al chofer hasta el auto sin más. Ya estaba agotada.

Por el camino, el chofer le echó miradas a la mujer, que tenía los ojos cerrados mientras descansaba en el asiento trasero.

Esta mujer era la prometida de Roberto Benton, el soltero más codiciado de la ciudad. Con solo veintiún años, ya era el CEO del Grupo Benton, y estaba muy por delante de sus compañeros. Era una persona enérgica, ingeniosa y seria, lo que hacía que muchos en el mundo de los negocios le temieran.

Su abuelo, Bruno Benton, se encargó de encontrarle una esposa, y eligió a Anabel, una chica del campo.

Con las manos en el volante, el chofer volvió a mirar el rostro inocente de Anabel y chasqueó la lengua. Imaginó que lo pasaría mal con la familia Reyes.

En ese momento, Anabel abrió despacio los ojos y contempló la extraña ciudad con expresión tranquila.

El auto no tardó en llegar a la residencia de la familia Reyes, y el chofer cargó su equipaje.

Anabel apenas había puesto un pie dentro de la casa cuando apareció una mujer bien vestida, que la miró de pies a cabeza con absoluto desdén.

"¡Teresa!".

"Sí, señora Benton".

En cuanto Teresa recibió una señal, empezó a rociar desinfectante por todo el cuerpo de Anabel.

La mujer bien vestida era Erica Benton, la madre de Roberto. Con las manos en jarras, ordenó: "Sus zapatos y su pelo. Rocíalos también".

El rostro y el cuerpo de Anabel no tardaron en cubrirse de gotas de desinfectante, y el olor acre le picó un poco la nariz. "¿Qué te pasa?", espetó con frialdad.

Erica se enfadó de inmediato.

"Oí que eres del campo, pero pensé que al menos serías educada. Parece que eres igual que las chicas rebeldes y groseras que abundan allí. Hago esto porque no quiero que traigas ningún virus o bacteria a esta casa. ¿Quieres que nos infectemos con lo que lleves encima?".

Anabel no era de las que aguantaban mierda de nadie, y se habría marchado si no hubiera hecho un trato con su abuelo.

"En ese caso, deberías rociarte desinfectante en la boca porque apesta".

Con esto, Anabel apartó a la criada de un empujón y entró.

"Tú... Oh, Dios mío...". Erica señaló a Anabel con mano temblorosa, y Teresa se apresuró a consolarla.

En el salón, una chica que parecía tener la misma edad que Anabel estaba sentada en el sofá. Llevaba ropa de diseño y maquillaje llamativo, y su expresión era más condescendiente que la de Erica al mirar a Anabel. Era la prima de Roberto, Camila Benton.

"¿Eres Anabel Camila, la prometida de Roberto?". Camila puso los ojos en blanco al ver que Anabel no llevaba ropa de diseño. "Dios, el abuelo no tiene gusto. No puedo creer que haya elegido a alguien como tú. En fin, oí que viniste en tren. Deberías habernos dicho que eres demasiado pobre para permitirte un billete de avión. Te habríamos comprado uno. Espera, parece que no hay aeropuerto en la zona rural".

Anabel la miró con una ceja levantada, preguntándose si todos los miembros de esta familia eran tan arrogantes.

En efecto, no había aeropuerto de donde ella venía, pero su abuelo reservó un tren de alta velocidad entero a Monterrey solo para ella. Aquellos soberbios no tenían ni idea de que ella viajaba con tanto lujo como alguien que volaba en primera clase.

Además, podría haber volado hasta aquí en un jet privado si hubiera querido.

Anabel podría habérselo dejado claro a esta gente, pero no lo hizo. Solo subió las escaleras.

La molestia nubló el rostro de Camila en cuanto vio a Anabel subir las escaleras. No estaba acostumbrada a que nadie la ignorara, así que la siguió.

"¿Dónde está mi habitación?", preguntó Anabel a la criada que iba detrás.

"¡Aquí!", dijo Camila, señalando una puerta en el pasillo antes de que la criada pudiera responder.

Empujó la puerta y añadió con condescendencia: "Nunca te has alojado en un dormitorio tan grande como este, ¿verdad? Deberías apreciarlo mientras vivas aquí. Soy Camila, la prima de Roberto. Deberías adularme si...".

Camila apenas había terminado de hablar cuando Anabel entró en la habitación y le cerró la puerta en las narices, lo que la enfureció aún más.

"¡Ah! ¿Cómo se atreve esa pobretona a ser tan engreída? ¿En qué estaba pensando el abuelo?".

La criada se acercó con cautela y preguntó: "Señorita, ¿pero no es esta la habitación del señor Benton?".

Camila lanzó una mirada desdeñosa a la puerta.

"¡Cállate! No le digas ni una palabra. Roberto odia que alguien esté en su espacio o use sus cosas. Cuando se entere de que está aquí, solo dile que ella eligió quedarse en esta habitación".

Los ojos de Camila brillaron con astucia mientras hablaba.

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