La Luna perfecta del Rey Alfa
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La Luna perfecta del Rey Alfa

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Capítulo 1 Capítulo 1

Mi nombre es Nadia.

A los veintitrés años, ya era la Luna de la Manada Sangre Roja y llevaba tres años de casada con Alonso. Incluso si no hubiéramos sido compañeros predestinados, mi trabajo en beneficio de la manada podría haber sido calificado como sobresaliente. Era la mejor en lo que hacía, en la comunidad del Alfa nunca se había visto una Luna más involucrada y altruista.

Así que estar en esa posición en ese momento me tenía completamente confundida. Tenía que estar soñando o, mejor dicho, protagonizando una pesadilla, la situación en la que me encontraba no podía ser real.

"¿Por qué lo hiciste, maldita?", preguntó mi gamma. Me había golpeado tanto que terminé en el piso recibiendo un latigazo tras otro. "Oh, Diosa mía. Por favor, necesito una respuesta. Necesito saber", suplicaba para mis adentros. ¿De qué diablos me acusaban?

Levanté la cabeza y miré fijo a los ojos de mi verdugo. Yo lo conocía y él a mí, mi gamma sabía que era su Luna. Habíamos crecido juntos, y me había hecho un juramento hacía tres años; sin embargo, en ese momento, me azotaba como si fuera una criminal.

"¿Por qué me golpeas?", le pregunté sin perder la dignidad.

"Te hice una pregunta, Eric", insistí, sosteniendo el peso del cuerpo en los brazos mientras permanecía arrodillada en el suelo de la celda.

"¿Qué hice para que me traten así?".

Eric me miró furioso.

"¡Sabes lo que has hecho!". De la nada impactó otro latigazo en mi espalda, este me desgarró la piel.

"Katie.", le susurré a mi loba, y dejé caer la cabeza entre mis brazos hasta golpear el suelo.

"Katie, me duele mucho.". Las lágrimas me comenzaron a correr por las mejillas y, aunque intenté resistir y ser valiente, no pude más y me dejé caer por completo en el suelo.

"¿Puedes ayudarme, Katie? ¿Puedes curarme?", le pedí a mi loba.

"Eso quisiera, Nadia", gimió dolorida, "pero no puedo hacerlo, estoy demasiado débil. Hace horas que no para de golpearnos". Podía escuchar sus aullidos, ella le pedía ayuda a los dioses. ¿Dónde estaba mi Diosa en ese momento? No merecía tanto padecimiento.

"Por favor", susurré e intenté levantar la cabeza otra vez.

"¿Qué pasa, Eric? Lo que sea que suceda, debes saber que es solo un malentendido". Apoyé la cabeza en el suelo para girar y hablarle.

"¡Nos engañaste, maldita!", gruñó Eric. "Nos hiciste creer que eras una buena mujer, pero eres malintencionada y no tienes corazón". Acto seguido, levantó el brazo y me volvió a golpear.

Sabía que no podría escapar, me había dado acónito para debilitarme y así someterme. Estaba desarmada y no tenía escapatoria.

"Te lo juro, Eric. No tengo idea de qué estás hablando.", murmuré sin fuerzas.

"Entonces, ¿cómo es que el cachorro está muerto, eh?", Eric replicó, y me abofeteó con saña. "¿Cómo es que perdimos a nuestro pequeño Alfa, eh?".

¡¿Qué?! ¿Qué pequeño Alfa? ¿Quién había muerto?

"¡No me mires como si no tuvieras idea de lo que está pasando, maldita!", me acusó, y me pegó una vez más. "¡Mataste al bebé de Laura, el heredero de nuestra manada!".

¿El cachorro que esperaba Laura estaba muerto?

"¡Yo no lo hice!", grité con la poca fuerza que me quedaba, jamás habría hecho algo así.

"¡No la toqué! ¡No es culpa mía si ella abortó a su cachorro!", me defendí, comenzaba a sentir palpitaciones.

Cualquiera podría pensar que el cachorro de otra mujer, el cual se convertiría en heredero de la manada, representaría un conflicto. Lo digo porque yo era la Luna y la esposa legal de Alonso Pacheco, el Alfa de la Manada Sangre Roja. Pero para entenderlo había que meterse un poco más en el tema.

Si bien yo era su Luna, era estéril. Durante tres años, lo único que mi marido había querido era tener un heredero, y yo no se lo había logrado dar.

No tenía idea de por qué la Diosa de la Luna me había privado de esa posibilidad, pero así lo había querido.

¿Pero por qué me acusaban de matar a ese cachorro? Yo no tenía nada que ver con esa desgracia.

"¡Deja de mirarme de esa forma!", Eric gruñó de repente, y yo volví a prestarle atención. "¡Deja de mirarme como si fueras inocente!".

Cerré los ojos horrorizada al ver que dirigía el látigo una vez más hacia mí; pero antes de que me tocara, la puerta se abrió, y escuché un fuerte rugido.

"¿Pero qué ca*rajo hiciste, Eric?".

"Lo que me dijeron, que la hiciera pagar por sus crímenes", contestó Eric. Pablo Nicolás, nuestro Beta, se precipitó hacia nosotros y lo alejó de mí. Yo tenía tanta sangre en el rostro que apenas podía ver a Eric, pero sí pude sentir que caía al suelo cerca de mí.

De repente, sentí el olor de Alonso. Él estaba allí, confiaba en que me creería. Él me conocía, sabía que yo era incapaz de hacer algo como lo que Eric decía, yo sabía que mi Alfa me amaba.

Justo cuando intenté mirarlo, Pablo le gruñó a Eric: "¿Quién di*blos te crees que eres para castigarla? Ella merece un juicio, hasta entonces, nadie podrá decir si es culpable o no". Pablo se arrodilló y observó mis heridas.

"¡Sal de aquí, Eric, y no vuelvas a aparecer o te estrangularé por maltratar a tu Luna!", le ordenó a continuación.

"¡Ella ya no es mi Luna!", Eric replicó, obedeció las órdenes y salió de la celda; me quedé sola con Alonso y Pablo. Esperaba que mi marido se pronunciara a mi favor, pero no lo hacía.

"¿Qué has hecho, Nadia?", susurró Pablo mirándome con tristeza.

"Yo... no hice nada", balbuceé. Intenté mirarlo a los ojos, pero estaba demasiado débil. Giré la cara hacia Alonso y traté de alcanzar su mirada; él me observaba con odio.

"Alonso...", susurré.

"Laura dice que fuiste tú". Me quedé helada ante el comentario de Pablo, que había suavizado el tono en el que se dirigía hacia mí. "Todo está en tu contra, Nadia".

Miré a Alonso, no podía creer que no me creyera, que no confiara en mí, yo acababa de enterarme de lo que había pasado con el cachorro de Laura. ¿Cómo podía demostrarles que no había tenido nada que ver?

¿Quién podría defenderme?

¡Rosa!

Seguro que mi Omega sabía que yo no había estado con Laura; de hecho, habíamos estado juntas todo el tiempo, así que supuse que ella podía ayudarme. Ella era mi única esperanza.

"Alonso". Levanté la vista y lo miré a los ojos. "Por favor, habla con Rosa Herrera, ella sabe que yo no lo hice. Es mi sirvienta, está siempre conmigo. Te dirá la verdad, yo soy incapaz de tocar a un cachorro inocente. Alonso, no soy ese tipo de persona". Rompí a llorar de nuevo. "¡Yo no lo hice!", grité desesperada ante la locura de la que se me acusaba.

No pude agregar nada más, la persona que más amaba en el mundo me ignoraba, como si nunca me hubiera querido, como si fuera su mayor enemiga.

"No es necesario que me digas nada", respondió Alonso, mi Alfa, mi compañero, mi marido. "Ya sé lo que hiciste".

¿Qué? No podía creer lo que sucedía.

"Cariño, yo nunca...". No me dejó explicarle, su semblante se tornó sombrío y se precipitó hacia mí con tanta violencia que me sobresalté.

"¡No me hagas daño!", le grité presa del pánico, y me abracé las rodillas hasta quedar en posición fetal para protegerme del golpe. Mi acción lo sorprendió.

"¿Qué haces Alonso?", Pablo intervino, luego me miró confundido.

"¿En serio me lo preguntas?". Alonso estaba furioso y estaba usando su comando alfa con él. "¿Cómo te atreves a pedirme explicaciones delante de esta basura?". En ese momento, los aullidos de Katie comenzaron a resonar cada vez más fuerte en mi cabeza. Él nos odiaba. Él no nos creía.

"No te sientas traicionado, Alonso. Hay que darle la oportunidad de explicarse, de defenderse, si es que hay algo que no haya podido decir hasta ahora".

Alonso me miró, yo me envolví el torso con los brazos heridos para contrarrestar el frío que sentía mientras la sangre fluía de mi cuerpo.

"Morirá pronto, si no detienes esta locura", le advirtió Pablo. Por fin Alonso se estremeció, tal vez era una señal de que todavía conservaba algún sentimiento, una pizca de amor hacia mí en su corazón.

"Yo no lo hice", susurré probando suerte. "Nunca te lastimaría de esta manera, Alonso", le recordé.

Nunca le habría hecho algo así, y él lo sabía.

"¡Pero lo hiciste!", me reprochó Alonso con remordimiento en la mirada. Después, giró la cabeza, como si ya no tolerara mirar mi cuerpo herido.

"Estabas celosa de Laura. Te dije que ella nunca ocuparía tu lugar de Luna y que necesitaba que ella procreara. Pero tú no hiciste más que conspirar contra mí por celos".

"Siempre confié en ti, Alonso. Yo jamás sentí que ella fuera una amenaza. Siempre confié en ti". Reuní la fuerza que me quedaba, me arrodillé e intenté ponerme de pie.

"¡Mientes!". Se alejó unos pasos y me apuntó con el índice, tenía los ojos inyectados en sangre. Yo no me podía dar el lujo de ser débil, tenía que lograr que me escuchara.

"¡Lastimaste a mi compañera, a la madre de mi cachorro!", me gruñó.

¿Su compañera? Esas palabras fueron esclarecedoras, tenía que ponerle un freno a lo que estaba sucediendo.

"Si ella es tu compañera, ¿qué soy yo, Alonso?", le pregunté inmutable porque todo comenzaba a aclararse. Él la amaba, por mucho que lo negara, y mi pregunta lo había tomado por sorpresa. No supo qué responder a eso.

"Si alguna vez me amaste, aunque sea por un segundo...". Lo miré a los ojos. "Te lo ruego, trae a mi sirvienta. Rosa sabe todo lo que hago, ella estuvo conmigo casi todo el tiempo. Ella será mi testigo".

Él me miró con desconfianza.

"Vamos, ella tiene derecho a...". Pablo intentó intervenir una vez más, pero una suave voz de mujer lo interrumpió.

"Ella tiene razón". Alonso se dio vuelta y miró hacia la puerta.

"¿Qué haces aquí, Laura? Deberías descansar después de todo lo que has sufrido", se alarmó Alonso.

"Quiero hablar con Nadia, quiero que me diga por qué lo hizo", musitó.

"¡Porque estaba celosa!", Alonso le explicó y la abrazó. Katie y yo estábamos sufriendo, él me había marcado, de modo que tenía que saber que me estaba lastimando.

"Dijo que tiene una testigo, tal vez tenga razón y todo es un malentendido", añadió Laura. Mi corazón se detuvo.

"Algo no está bien, Nadia", susurró Katie. "¿Nos está defendiendo? ¿Por qué haría eso?".

"Que venga la sirvienta", le pidió Laura a Alonso. "Si no fue ella, quiero saber quien puso veneno en mi comida para que abortara a nuestro dulce e inocente cachorro".

Me quedé helada. ¿Me iba a dar la oportunidad de defenderme? ¿Quería salvarme de esa locura? ¿Pero por qué me ayudaba?

"¿Estás segura?", le preguntó a Laura sin mirarme, y ella asintió con actitud inocente.

"Te daré una última oportunidad, Nadia", me advirtió Alonso y se alejó de Laura. "Y lo hago por todo lo que compartimos".

"Trae a Rosa Herrera", le ordenó a Pablo.

Por fin accedió a hacerlo, me estaba dando una oportunidad. No me importaba que no lo hiciera por nosotros sino por el bien de Laura, al menos tenía la oportunidad de defenderme.

"¿Me llamaste, Alfa?". Cuando me vio en esas condiciones, Rosa se puso blanca como un papel. "¡Luna!", gritó horrorizada, se quiso acercar, pero Alonso la detuvo.

"¡No te acerques a ella!".

Usando su comando, el Alfa le preguntó: "Dime la verdad, Rosa. ¿Nadia es culpable o no de la muerte de mi cachorro?". Esa pregunta hizo que mi sirvienta se detuviera en seco, luego comenzó a temblar y rompió en llanto.

¿Qué di*blos estaba pasando?, ¿por qué reaccionaba así?

"¡Te ordeno que hables!", Alonso le gruñó, ella me miró y me sonrió con malicia.

"¡Lo siento mucho, Alfa!", dijo entre sollozos.

¿Perdón? ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando?

"¡Ella me obligó a hacerlo, Alfa!", afirmó Rosa. Ahora sí que estaba en problemas.

"No quería hacerlo, pero me obligó". Rosa se arrodilló frente a Alonso. "Ella usó su comando Luna y me sometió, me ordenó envenenar a tu compañera".

"¡Nunca usé mi comando Luna con nadie!", protesté, Alonso se dio vuelta y me dio una bofetada. "¡Por favor, cariño, por favor, créeme!", le rogué desde lo más profundo de mi corazón llorando. "Me conoces desde que tenía dos años, ¡nunca haría eso!". Le agarré la pierna, pero Alonso me pateó y quedé tirada en el suelo.

"¡No me toques!", me gruñó.

"Te amo, Alonso. Yo nunca.". El Alfa me dio la espalda y agarró a Laura de la mano.

"Prepara todo, mañana la ejecutaré", le ordenó a Pablo.

            
            

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