La Luna perfecta del Rey Alfa
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Capítulo 4 Capítulo 4

Cuando cayó en la cuenta de lo que le había pedido, quedó boquiabierto.

"¿Qué dijiste?", preguntó aún perplejo, como si no pudiera creer lo que le acababa de ordenar.

"¡Ahí tienes, tonto!", pensé.

No había regresado, o mejor dicho, no me habían obligado a regresar a este mundo horrible para que me mataran de nuevo. Si la diosa quería que estuviera en ese lugar, yo iba a luchar por mantenerme viva y, para ello, esa maldita tenía que estar lo más lejos posible de mí.

"¡No puedes hablar en serio, Nadia!", protestó tratando de no mostrarme lo enojado que estaba por mi reacción.

"Sí, no bromeo, Alonso, soy tu Luna y hablo en serio".

Entrecerrando los ojos, señalé a Laura con el dedo índice. "Si ella se queda aquí, yo me voy, y le tendrás que dar muchas explicaciones tanto a la manada como a tu familia. Es ella o yo", le advertí con absoluta soltura y le di la espalda ignorando la presencia de Laura; la muchacha echaba humo por las orejas.

"Cariño, mira...", me susurró Alonso. Acto seguido, me envolvió con los brazos la cintura, pero el solo hecho de que me tocara me producía un tremendo rechazo. Después de todo lo había hecho por Laura, después de que le creyera a ella y no a mí, después de que me matara sin que le temblara el pulso. Lo odiaba, lisa y llanamente, lo odiaba.

Quizás por eso estaba tan enojada de que me obligaran a regresar a ese lugar y en la misma posición. Hubiera preferido volver como una omega en una manada pobre o como una pícara, y no haber sido arrastrada a ese pantano.

De inmediato, Katie intervino: "No accedas. Te conozco, niña, sé que anhelabas una venganza. Estás aquí, fuerte, y tienes información que ellos no tienen en este momento. Corres con ventaja, así que actúa de acuerdo con tu propósito".

"¿Tengo un propósito aquí?", me pregunté, un poco desconcertada por lo que Katie me ordenaba. Estaba tan ensimismada que ni siquiera me había dado cuenta de que Alonso me estaba besando el cuello, justo en su marca.

Pero su roce no me ablandaba, al contrario, me hacía enojar aún más.

"¡Déjame en paz, Alonso!". Lo alejé de mí.

"¡Esa mujer no se quedará aquí!", aseveré, y Laura comenzó a llorar de forma exagerada, como si le hubieran presionado un botón y estuviera protagonizando una telenovela vespertina.

"Claro, creíste que la traerías y que yo estaría feliz de la vida que se quedara a vivir con nosotros. ¡Encontraste a tu pareja predestinada, estoy por estallar de la felicidad que siento!", ironicé.

"¿Estás celosa, Nadia?". Alonso me miró con una sonrisa estúpida, yo le clavé la mirada y le señalé mi cara.

"¿Te parezco una persona insegura y que se deja llevar por los celos, querido esposo?", retruqué con una expresión muy seria.

"Mira, lo único que quiero es asegurarme de que ella esté a salvo. Si lo que te preocupa es tu posición de Luna, te lo prometo...".

Y aquí es donde todo empezó.

"Te prometo que nada cambiará. Eres mi Luna, Nadia, la mujer que amo, y eso nunca cambiará". Se lo notaba firme en su decisión, pero eso ya lo había visto en el pasado, me enojaba muchísimo haberle creído por amor.

Se me acercó de nuevo, yo lo miré atenta mientras me agarraba las manos entre las suyas y me besaba los dedos.

"Por favor, cariño", susurró, "te prometo que nada cambiará. Es a ti a quien amo, no me importa que ella sea mi compañera predestinada, yo te elijo a ti. Siempre lo haré, una y otra vez". Él me mostró una sonrisa que lo único que me provocó fueron ganas de darle un puñetazo.

"¿De verdad me amas?", le pregunté. Podía ver por el rabillo del ojo la felicidad que de a poco invadía el rostro de Laura al pensar que por fin le permitiría quedarse en la Manada Sangre Roja.

"Con todo mi ser", me respondió inclinándose para besarme; antes de que pudiera hacerlo, lo aparté.

"Entonces recházala y termina el vínculo de pareja predestinada. La quiero fuera de la manada ahora mismo. ¡Te ordeno que la rechaces!", enfaticé.

Me notó tan furiosa que se puso pálido.

Me importaba muy poco lo que pensara, después de todo, era consecuencia de sus nefastas acciones. Sé que estaba sorprendido, no estaba acostumbrado a que yo me resistiera, porque siempre terminaba sometida a él, pero eso ya se había terminado.

"¡Cariño, no seas así!", él susurró.

"¿Acaso no me escuchaste?", me planté usando toda mi fuerza Luna.

"¡Recházala ya!". Estaba blanco como un papel, porque sabía las consecuencias que le traería si no obedecía a lo que le estaba pidiendo: nadie le creería que no tenía ninguna relación con ella.

Yo sabía cómo funcionaba toda esa m*erda, había oído hablar de eso. Sin importar que me hubiera marcado, él sentiría atracción por Laura, ya que el vínculo existía, pero también él era consciente de que una omega no era lo esperable para ocupar el lugar de Luna. En contraposición, yo era más de lo que él podría haber soñado recibir en la vida: era fuerte, inteligente y de buena familia. ¿Y su compañera predestinada era una omega? Estaría en serios problemas si se daba a conocer semejante escándalo.

Noté la tristeza en su mirada, él sabía que no había vuelta atrás.

Nos conocíamos hacía veintidós años. Mi primer recuerdo junto a él era de los dos años, luego nos unió una gran amistad y, de adultos, nos volvimos amantes. De hecho, nos amábamos tanto que me había prometido que nunca buscaría a su pareja predestinada.

Yo tenía razón, él era consciente de mi rol a los ojos de la manada, así que, por más que le resultara difícil, tenía que aceptarlo.

Se dio vuelta, miró a Laura, y le dijo: "Lo siento, no quería que esta situación terminara así, pero mi pareja tiene razón, tengo que rechazarte". La mujer quedó pasmada ante las palabras de Alonso.

"¡Por favor, no lo hagas!", le suplicó horrorizada. Había llegado el momento de ver si él era capaz de hacerlo, ver para creer.

"Yo, Alonso Pacheco, Alfa de la Manada Sangre Roja, te rechazo como mi compañera, Laura Allison". La miró serio y prosiguió: "¡Acepta mi rechazo!".

Para ese entonces, ya estábamos en medio de la sala común de la manada, donde habían varias personas conversando y mirando televisión. Cuando lo escucharon, se volvieron hacia nosotros.

Hasta ese momento, no podían oír de qué estábamos hablando, pero cuando Alonso le ordenó a Laura que aceptara el rechazo, ella se desplomó en el suelo y provocó un fuerte ruido.

Alonso se estremeció ante esa reacción, pero no se atrevió a ayudarla en mi presencia.

"¡Por favor!", le suplicó a mi marido llorando de forma desgarradora. "Por favor, no me obligues a aceptar el rechazo. Estoy débil, apenas sobrevivo. Si no me hubieras encontrado estaría muerta, no me obligues a aceptarlo. ¡Moriré!". Miró a Alonso a los ojos y suplicó misericordia.

"¡No te atrevas!", le ordené usando nuestro vínculo mental, y me crucé de brazos.

Me daba mucha curiosidad saber cómo terminaría todo ese espectáculo.

Pero debía reconocer que la maldita tenía agallas. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró de la pierna, ella sabía que los presentes la miraban, y comenzó a llorar aún más fuerte.

"¡Por ​​favor, Luna! ¡Por favor, no me expulses! Si me obligas a partir, moriré ni bien salga de los límites de la manada. ¡Por favor, Luna Pacheco!".

Yo sentía una tremenda indignación.

"¡Quítame tus asquerosas manos de encima!", le ordené, la empujé con disgusto y di un paso atrás.

"¡No vuelvas a tocarme nunca más!". Ella comenzó a llorar tan fuerte que todos en la manada comenzaron a cuchichear sobre lo desalmada que era su Luna.

"¿Qué hizo de malo esa pobre Omega?", preguntó uno hombre.

"¡No sabía que la Luna era tan cruel!", otro susurró.

Bueno, yo tampoco sabía que mi propia manada me juzgaría y mataría, y al ver sus miradas de desprecio recordé una vez más por qué estaba allí.

Si hubieran sabido el verdadero plan de Laura, no me habrían juzgado en este momento.

Pero me importaba un carajo. Iba a priorizar mi situación, iba a sobrevivir; así que a la m*erda con Laura Allison, Alonso Pacheco y la Manada Sangre Roja, estaba harta.

"¡Nadia!". Alonso intentó hacerme entrar en razón, pero yo me alejé empujando a todos los que se interponían en mi camino.

No había tenido tiempo de adaptarme a esa nueva vida que ya debía sortear nuevos peligros.

"¡Cariño!", Alonso seguía llamándome mientras caminaba detrás de mí. De repente, le hice un gesto para que se detuviera.

"¡Quédate donde estás, Alonso! Me cansaste".

Me di cuenta de que le había molestado lo que le había dicho.

"¡Necesito estar sola!".

No dije nada más y salí corriendo hacia el bosque, necesitaba un tiempo para ordenar mi cabeza.

            
            

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