Su ropa estaba tirada en el sofá. Sus zapatos, junto a la puerta. Pero lo que me destrozó fue ver su bata de seda rosa colgada en el gancho del baño, en el lugar donde siempre había estado la mía. Había ocupado mi espacio, mi vida, como si yo nunca hubiera existido.
Escuché ruidos en la habitación. La puerta se abrió y salió Ricardo, en bóxers, despeinado. Detrás de él, Valeria, envuelta en una de las sábanas de mi cama.
-Sofía... ¿Qué haces aquí? -preguntó Ricardo, con un torpe intento de sorpresa.
Valeria se asomó por detrás de su hombro, con una sonrisa triunfante disfrazada de inocencia.
-Hermanita, qué sorpresa. Pensé que estarías... no sé, ¿descansando?
-Vine por mis cosas -dije, con la voz temblorosa de ira contenida-. Y por mis diseños.
-Ah, los diseños -dijo Valeria, caminando hacia la cocina como si fuera su casa-. Ricardo me dijo que ya no los necesitabas. De hecho, estuve viéndolos, tienes algunas ideas buenas.
Se sirvió un vaso de jugo de naranja, el que yo siempre compraba.
-¿Recuerdas, Ricardo, cuando éramos adolescentes y yo te "robaba" tus sudaderas? Siempre me quedaban mejor a mí -dijo, mirando a Ricardo con coquetería. Su comentario era una clara provocación, una forma de decir que todo lo que era mío, ahora era suyo.
De repente, el olor del perfume, la visión de ellos dos juntos, la arrogancia de mi hermana... todo fue demasiado. Sentí una arcada y corrí hacia el baño. Vomité en el inodoro, con el cuerpo sacudido por espasmos. Cuando levanté la vista, mi mirada se posó en el bote de basura.
Allí, en la parte superior, visible para cualquiera, había un condón usado.
El aire abandonó mis pulmones. La prueba definitiva, la imagen más cruda de su traición, justo ahí, en el baño que yo había decorado. Me sentí sucia, profanada.
Salí del baño, pálida como un fantasma. Ricardo me miró, y por un segundo, vi un atisbo de preocupación en sus ojos.
-¿Estás bien? Estás muy pálida.
Pero Valeria intervino rápidamente, tocándose la frente con dramatismo.
-Ay, Ricardo, creo que me va a dar fiebre. Me siento un poco mareada. ¿Me traes una aspirina, mi amor?
La preocupación de Ricardo se desvió inmediatamente hacia ella. Corrió a buscarle la medicina, la arropó en el sofá, le susurró palabras de consuelo. A mí, la mujer que acababa de perder a su hijo, me ignoró por completo.
Me quedé allí, observando la escena con una claridad aterradora. Para él, yo ya no existía.
Me armé de valor y caminé hacia mi antiguo estudio.
-Vengo por mis diseños, Ricardo. Son míos.
Él se interpuso en mi camino, su rostro endurecido de nuevo.
-Esos diseños se quedan aquí. Son parte de la inversión que hice en ti. Considera que me los debes por todo el tiempo y dinero que perdí contigo.
-¡No tienes ningún derecho! ¡Son mi trabajo, mi vida!
-Tu vida ahora es un desastre, y es tu culpa. Además, Valeria los va a usar. Ella sí sabrá cómo sacarles provecho.
La rabia me cegó.
-¡Es una ladrona! ¡Y tú eres su cómplice!
-¡Cállate! -gritó, su voz resonando en el pequeño departamento-. Deberías estar agradecida. Y además, le debes una disculpa a Valeria. La has estado acosando y molestando. Discúlpate ahora mismo.
Me quedé mirándolo, incrédula. ¿Pedirle disculpas a ella? ¿A la mujer que me había robado a mi prometido, mi futuro, mi trabajo y hasta a mi hijo nonato?
-Nunca -susurré, con toda la convicción que me quedaba.