Su tacto le produjo una repulsión inmediata, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartar la mano bruscamente, en cambio, la dejó allí, inerte y fría, como se sentía su corazón.
"¿Ricardo?", fue lo único que pudo preguntar, su voz era un susurro ronco.
"Está descansando, el doctor dice que es un niño fuerte, saldrá de esta", respondió Mateo, acariciando su mano con una ternura que le revolvió el estómago.
Sofía lo miró a los ojos, buscando cualquier rastro de la verdad, cualquier fisura en su actuación, pero no encontró nada, era un profesional.
"Mateo... lo escuché todo", dijo Sofía, esperando ver una reacción, un destello de pánico, pero él solo la miró con confusión.
"¿Escuchar qué, mi vida? Estabas muy alterada, te desmayaste".
Ella negó con la cabeza, una amarga sonrisa se dibujó en sus labios.
"Escuché tu conversación con Valentina en el pasillo, sobre el taller, el proyecto inmobiliario... sobre usar la lesión de Ricardo".
El rostro de Mateo no cambió, su expresión de preocupación solo se intensificó.
"Sofía, cariño, debes haberlo soñado, el estrés te está jugando una mala pasada, ¿cómo puedes pensar algo así de mí, de tu propia hija? Estamos destrozados por lo que le pasó a Ricardo".
La facilidad con la que mintió, la naturalidad con la que negó la evidencia, fue aterradora, Sofía se dio cuenta de que estaba lidiando con alguien sin escrúpulos, sin conciencia.
Discutir no serviría de nada, solo lo pondría en alerta.
Así que decidió jugar su juego.
"Tienes razón... debo estar... debo estar muy confundida", dijo, bajando la mirada, fingiendo vergüenza. "Perdóname, Mateo, no sé qué me pasó".
Él suspiró aliviado, un cambio casi imperceptible en su postura que ella captó de inmediato.
"No te preocupes, mi amor, es normal, has pasado por mucho", dijo, volviendo a su papel de esposo devoto. "Por cierto, una amiga nuestra vino a ver cómo estabas, Elena, ha estado muy preocupada".
En ese momento, una mujer elegante y de sonrisa radiante entró en la habitación, era Elena, una "amiga de la familia" a la que Sofía nunca le había tenido demasiada confianza, ahora entendía por qué.
"Sofía, querida, ¡qué susto nos diste! Mateo me llamó y vine en cuanto pude", dijo Elena, su voz era melosa y empalagosa.
Se acercó y le dio un abrazo, Sofía sintió la falsedad en cada fibra de su ser, vio la forma en que miraba a Mateo, la complicidad secreta entre ellos.
"Gracias por venir, Elena", logró decir Sofía, su voz sonaba hueca.
"No te preocupes por nada, nosotros nos encargaremos de todo, tú solo descansa y recupérate", dijo Mateo, sonriendo. "Elena se ofreció a ayudarnos con los trámites del hospital y a cuidar de Valentina, es un ángel".
Un ángel, pensó Sofía con amargura, un ángel caído directamente del infierno.
Aceptó su ayuda, sonrió cuando debía sonreír, asintió cuando debía asentir, jugó el papel de la esposa ingenua y agradecida a la perfección, por dentro, su mente trabajaba a toda velocidad, trazando un plan.
Necesitaba salir de allí, necesitaba proteger a Ricardo y recuperar lo que era suyo.
Cuando finalmente la dejaron sola para "descansar", Sofía se levantó de la cama, cada movimiento era un esfuerzo, pero la ira y la determinación le daban una fuerza que no sabía que poseía.
Fue a la habitación de Ricardo, el pequeño dormía plácidamente, con un gran parche cubriendo su ojo derecho, una ola de amor y dolor la inundó, le acarició el cabello suavemente, jurando en silencio que haría pagar a los que le habían hecho esto.
Sobre la mesita de noche de Ricardo vio su pequeño cuaderno de dibujos, el que siempre llevaba a todas partes, lo abrió, esperando encontrar sus habituales dibujos de superhéroes y monstruos.
Pero en su lugar, encontró páginas y páginas de texto, escrito con su letra infantil y torpe, era su diario.
Sofía se sentó en la silla junto a la cama y empezó a leer, y con cada palabra, su corazón se rompía un poco más.
"Hoy papá me gritó porque no quería ir a la fiesta de sus amigos, dijo que era un niño llorón, Valentina se rió de mí, mamá me defendió, pero papá se enojó con ella también".
"Papá le regaló a Valentina un teléfono nuevo, uno muy caro, yo le pedí un cochecito de juguete y me dijo que no había dinero, pero yo vi que tenía muchos billetes en su cartera".
"Elena vino a casa otra vez, no me gusta, siempre le sonríe a papá de una forma rara cuando mamá no está mirando, una vez los vi abrazados en la cocina, pero cuando yo entré, se separaron muy rápido".
Y entonces, la última entrada, escrita el día del accidente.
"Hoy mamá y yo íbamos a ir al taller a hacer un castillo de barro, estaba muy feliz, pero Valentina quería ir de compras, papá le dijo a mamá que tenía que llevarla, mamá se puso triste, pero dijo que sí, en el coche, Valentina no paraba de quejarse, le dijo a mamá que su taller era una porquería y que ojalá lo vendieran para comprar una casa más grande, mamá empezó a llorar, yo le dije que no llorara, que yo la quería mucho, entonces sentí un golpe muy fuerte, y todo se puso negro, cuando desperté, mi ojo ya no estaba, papá dijo que fue un accidente, pero yo sé que no es verdad, mi papá es un mentiroso".
Sofía ahogó un sollozo, abrazando el cuaderno contra su pecho, las lágrimas corrían por sus mejillas, lágrimas de tristeza, de rabia, de una impotencia abrumadora.
Su hijo, su pequeño y sensible Ricardo, lo había visto todo, había sufrido en silencio, cargando un peso que ningún niño debería llevar.
En ese momento, Ricardo se movió en la cama y abrió su único ojo sano.
"Mamá, ¿estás llorando?", preguntó, su vocecita somnolienta.
Sofía se secó las lágrimas rápidamente y forzó una sonrisa.
"No, mi amor, es que estoy muy feliz de que estés bien", mintió.
Ricardo la miró fijamente, con una seriedad impropia de su edad.
"Mamá, ¿nos vamos a ir de aquí?, no quiero estar con papá y con Valentina, son malos".
Las palabras de su hijo fueron la confirmación que necesitaba, no había lugar para la duda ni para la debilidad.
Se inclinó y lo abrazó con fuerza.
"Sí, mi amor", susurró en su oído, "nos vamos a ir muy lejos de aquí, te lo prometo".
Ricardo la abrazó de vuelta, y por primera vez en muchas horas, Sofía sintió una pequeña chispa de esperanza en medio de la oscuridad.
No estaban solos, se tenían el uno al otro, y eso era todo lo que importaba.