Una tarde, mientras Ricardo dormía la siesta, Sofía revisaba su tableta, una costumbre que había adoptado para mantenerse informada sobre las actividades de Mateo, y entonces lo vio.
Elena había publicado una foto en sus redes sociales, era una selfie de ella y Mateo, sonriendo, en el restaurante más caro de la ciudad, el pie de foto decía: "Celebrando buenas noticias con la mejor compañía ❤️".
Sofía sintió una punzada en el pecho, no eran celos, era rabia, la rabia de ver cómo ellos celebraban su supuesta victoria sobre las ruinas de su familia.
Acercó la imagen, y notó un detalle que la heló, Mateo llevaba puesto el reloj que ella le había regalado para su décimo aniversario, un símbolo de su amor que ahora él lucía sin pudor en una cita con su amante.
Justo en ese momento, Ricardo entró en el taller, frotándose su ojo sano.
"Mamá, tengo hambre".
Vio la tableta en sus manos y se acercó a mirar, sus ojos se fijaron en la foto, la amplió con sus deditos, justo en la cara de Mateo y Elena.
"¿Por qué papá está con esa señora mala?", preguntó, su voz era pequeña y triste. "¿Ya no nos quiere?".
Sofía cerró la tableta de golpe, su corazón dolía por la inocencia perdida de su hijo.
"Claro que nos quiere, mi amor, solo... está ocupado con el trabajo".
Era una mentira débil, y ambos lo sabían.
Esa noche, Mateo llegó a casa tarde, oliendo a vino caro y al perfume de Elena, entró en la habitación de Sofía con una expresión de falsa preocupación.
"¿Cómo siguieron hoy? Estuve en reuniones todo el día, ni tiempo de llamar", dijo, intentando besarla.
Sofía giró la cara, el olor de su traición le revolvía el estómago.
"Estamos bien", respondió, su voz cortante.
Él notó las maletas a medio hacer junto al armario.
"¿Y eso? ¿Vas a algún lado?".
El pánico se apoderó de Sofía por un segundo, "Voy a... a ordenar el armario, a sacar la ropa de invierno", improvisó, parándose rápidamente frente a las maletas para bloquear su vista.
Mateo pareció aceptarlo, demasiado absorto en sus propios planes como para prestarle verdadera atención.
"Ah, bueno, descansa, mi amor", dijo, y se fue a su propia habitación, Sofía soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
La pesadilla se intensificó al día siguiente, Sofía estaba en la cocina cuando escuchó el sonido de un coche y luego voces en la entrada, eran Mateo, Elena y el pequeño Leo.
"Decidí que Elena y Leo se quedarán con nosotros por un tiempo", anunció Mateo, como si estuviera hablando del clima. "La casa de Elena tiene una fuga de gas, es peligroso para ellos estar allí".
La excusa era tan ridícula que Sofía casi se ríe, era una invasión, una declaración de guerra abierta.
Elena sonreía, disfrutando de su victoria.
"Espero no ser una molestia, Sofía, es solo por unos días".
Sofía no dijo nada, solo apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas.
El conflicto no tardó en estallar, Ricardo estaba en la sala, construyendo un castillo con sus bloques de madera, el que habían planeado hacer con barro en el taller, Leo, el hijo de Elena, entró corriendo y, sin mediar palabra, pisoteó el castillo, destruyéndolo por completo.
"¡Mi castillo!", gritó Ricardo, con lágrimas en los ojos.
"Es feo, como tú", se burló Leo.
Ricardo, por primera vez, reaccionó, empujó a Leo con todas sus fuerzas, haciéndolo caer.
Leo empezó a llorar a gritos, Elena y Mateo acudieron corriendo.
"¡Mi bebé! ¿Qué te pasó?", gritó Elena, levantando a su hijo.
"¡Fue él! ¡El tuerto me pegó!", sollozó Leo.
Sofía corrió al lado de Ricardo, que temblaba de ira y miedo.
"Él destruyó mi castillo, mamá".
Elena miró a Sofía con odio.
"¿Vas a dejar que tu hijo violento ataque al mío? ¡Deberías controlarlo mejor!".
Fue entonces cuando ocurrió lo impensable, Mateo se acercó a Ricardo y lo agarró bruscamente del brazo.
"¡Pídele perdón a Leo ahora mismo!", le ordenó, su voz era dura y fría.
Sofía no podía creer lo que estaba escuchando.
"¿Perdón? ¡Mateo, tu hijo no hizo nada malo! ¡Estás defendiendo al niño que lo insultó y destruyó su juguete!".
"¡No me importa! ¡Elena es nuestra invitada y no voy a permitir que tu hijo la moleste a ella o a Leo!", gritó Mateo, su rostro enrojecido por la ira.
Elena sonrió, una sonrisa venenosa y triunfante.
"Ay, Sofía, no te pongas así, no es para tanto", dijo, acercándose a ella. "Deberías agradecerme, si no fuera por mi generosidad, tu querido Ricardito no tendría ni una oportunidad".
Sofía la miró, confundida. "¿De qué estás hablando?".
Elena se rió, una risa cruel, se levantó un poco la blusa, revelando una fina cicatriz en su costado.
"¿Te suena de algo la cirugía que tuviste hace cinco años? ¿Esa 'apendicitis' de emergencia?", preguntó, su voz era un susurro malvado. "Qué ingenua eres, nunca fue una apendicitis".
El mundo de Sofía se inclinó sobre su eje, recordó la operación repentina, el dolor inexplicable, la insistencia de Mateo en que usara al doctor Morales.
"No... no es posible".
"Oh, sí que lo es", continuó Elena, saboreando cada palabra. "¿De dónde crees que saqué el riñón que necesitaba con tanta urgencia? Mateo me ama tanto que estuvo dispuesto a sacrificar una pequeña parte de ti para salvarme la vida, y tú, como una tonta, firmaste el consentimiento sin leerlo, creyendo que era para una simple apendicectomía".
El aire abandonó los pulmones de Sofía, el horror de la revelación era tan inmenso, tan monstruoso, que su mente se negó a procesarlo.
Miró a Mateo, buscando una negación, una explicación, algo.
Pero él solo desvió la mirada, su silencio era una confesión.
La rabia, pura y primitiva, la consumió.
Sin pensarlo dos veces, levantó la mano y le dio una bofetada a Elena con todas sus fuerzas, el sonido resonó en la sala.
"¡Monstruo!", gritó Sofía, su voz rota por el dolor.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió un dolor agudo en su propia mejilla, Mateo la había abofeteado.
"¡No te atrevas a tocarla!", gritó él, protegiendo a Elena.
Sofía lo miró, el hombre que amaba, el padre de sus hijos, la había golpeado para defender a la mujer que llevaba su riñón robado en el cuerpo.
En ese instante, todo murió, el amor, la esperanza, cualquier vestigio de la familia que alguna vez fueron.
Ricardo, que había presenciado todo en silencio, se acercó a ella y le tomó la mano.
"Vámonos, mamá", susurró, su vocecita firme.
Sofía asintió, recogiendo los pedazos de su dignidad del suelo, miró a Mateo por última vez, sus ojos llenos de un odio frío y profundo.
"Te vas a arrepentir de esto, Mateo", dijo, su voz era una promesa.
Tomó la mano de Ricardo y caminó hacia la puerta, dejando atrás a su verdugo y a su cómplice, Mateo no la siguió, se quedó allí, al lado de Elena, habiendo hecho su elección final.
Esa noche, Sofía no durmió, se sentó frente a su computadora, imprimió dos copias de un acuerdo de divorcio que encontró en línea y lo firmó con mano temblorosa, luego, abrió su correo y le envió al Abogado todas las fotos de Mateo y Elena, las capturas de pantalla de las publicaciones en redes sociales, y un relato detallado de la confesión de Elena.
"Tenemos todo lo que necesitamos", escribió. "Quiero el divorcio, quiero la custodia total de mi hijo y quiero que se pudran en la cárcel".
La cuenta regresiva había terminado, la guerra había comenzado.