Le contó todo, sin omitir detalles, la traición, el plan para robarle su herencia, la manipulación a través de la salud de su hijo, el abogado, un hombre de rostro serio llamado simplemente "el Abogado", la escuchó en silencio, su expresión se endurecía con cada palabra.
"Necesitamos pruebas contundentes, señora Sofía, su testimonio es poderoso, pero la conversación que escuchó es su palabra contra la de ellos, el diario de su hijo ayuda, pero podrían argumentar que es la fantasía de un niño traumatizado".
"Lo sé", respondió Sofía, "por eso necesito que me ayude a conseguir más".
Mientras tanto, en el hospital, mantenía su actuación, era la esposa abnegada, la madre sufrida, agradecía a Mateo por su "apoyo incondicional" y sonreía a Elena cada vez que aparecía con su falsa amabilidad.
Era agotador, cada palabra amable que le dirigía a Mateo le quemaba la garganta, cada sonrisa forzada le dolía en los músculos de la cara, pero sabía que era necesario, no podía levantar sospechas.
El día que le dieron el alta a Ricardo, Mateo insistió en llevarlos a casa.
"Tenemos que pasar por el kínder de Ricardo a recoger unas cosas que se quedaron", dijo Sofía, su voz monótona.
"Claro, mi amor, lo que tú digas", respondió Mateo, siempre complaciente.
Cuando llegaron al kínder, Sofía sintió un nudo en el estómago, bajó del coche con Ricardo de la mano, y lo que vio la dejó sin aliento.
Mateo no estaba solo, Elena estaba allí, esperándolo junto a un niño pequeño de unos cuatro años, el hijo de Elena.
Estaban riendo, Mateo le decía algo al oído a Elena y ella se reía, echando la cabeza hacia atrás, era una escena íntima, familiar, una escena que le gritaba al mundo lo que ellos eran.
"¡Papá!", gritó el niño de Elena, corriendo hacia Mateo.
Mateo lo levantó en brazos y lo llenó de besos, con una alegría y un cariño que Sofía rara vez le había visto mostrar a Ricardo en los últimos años.
Elena se acercó a ellos, con una sonrisa triunfante en los labios.
"Sofía, qué coincidencia, vine a recoger a mi pequeño Leo", dijo, su voz goteaba veneno. "Mateo me estaba contando lo valiente que ha sido Ricardito".
Sofía no respondió, solo miró a Mateo, que tuvo la decencia de parecer un poco incómodo, bajó al niño y se acercó a ella.
"Elena y yo... nos encontramos aquí, eso es todo".
"No tienes que darme explicaciones, Mateo", dijo Sofía, su voz era un témpano de hielo.
Ricardo se aferró a su pierna, mirando con desconfianza al otro niño y a Elena.
"Mamá, vámonos".
"Eres un tuerto", dijo de repente el pequeño Leo, señalando a Ricardo. "Mi mamá dice que los tuertos son feos".
El aire se cortó, el insulto infantil, cargado de la malicia de su madre, golpeó a Sofía con la fuerza de una bofetada.
Ricardo se escondió detrás de ella, temblando.
"¡Leo! ¡No digas eso!", lo regañó Elena, pero no había convicción en su voz, era una actuación para Sofía. "Discúlpate con tu... con Ricardo".
Leo se encogió de hombros. "No quiero, es un monstruo".
Sofía sintió una furia ardiente subir por su garganta, se agachó para abrazar a su hijo, protegiéndolo con su cuerpo.
"No le hagas caso, mi amor, tú eres el niño más guapo del mundo".
Esperaba que Mateo interviniera, que defendiera a su propio hijo, que le pusiera un alto a Elena y a su malcriado niño, pero Mateo solo se quedó allí, paralizado, mirando de Elena a Sofía, con una expresión de impotencia.
"Elena, por favor, controla a tu hijo", fue lo único que dijo, su voz era débil.
"Ay, Mateo, son cosas de niños, no hay que darle tanta importancia", respondió Elena, restándole importancia al asunto. "Además, Leo es muy sensible".
Esa fue la gota que derramó el vaso, la cobardía de Mateo, su incapacidad para defender a su propio hijo frente a su amante y al hijo de ella, le demostró a Sofía que cualquier sentimiento que alguna vez hubiera tenido por él estaba muerto y enterrado.
Ayer, en el hospital, lo había defendido del "sueño" de Sofía, hoy, ni siquiera podía defenderlo de un insulto real.
Se levantó, su rostro era una máscara de fría determinación.
No dijo una palabra, no miró a Mateo ni a Elena, simplemente tomó la mano de Ricardo con firmeza y empezó a caminar, alejándose de ellos.
"¡Sofía! ¡Espera! ¿A dónde vas?", gritó Mateo, su voz sonaba desesperada.
Ella no se detuvo, no miró hacia atrás, sintió la mirada de Ricardo sobre ella, y cuando bajó la vista, vio que la luz en su único ojo sano se había apagado, la inocencia de su hijo había recibido otro golpe brutal, y todo por culpa del hombre que se suponía debía protegerlo.
"Mamá", susurró Ricardo, "ya no quiero a papá".
"Lo sé, mi amor", respondió Sofía, su voz era firme, "yo tampoco".
Siguieron caminando, dejando atrás a un Mateo confundido y a una Elena sonriente, cada paso era una declaración de guerra, cada metro que los separaba de ellos era un paso hacia su libertad.
El corazón de Sofía estaba hecho pedazos, pero en medio del dolor, una nueva fuerza emergía, la fuerza de una leona dispuesta a todo por proteger a su cachorro.