Mateo regresó a casa tres días después de nuestra pelea.
Entró con la misma naturalidad de siempre, como si solo hubiera salido a comprar cigarros.
Dejó su maletín en la entrada y se quitó los zapatos.
Yo estaba sentada en el sofá de la sala, sin moverme, solo observándolo.
Se acercó y se sentó a mi lado, el sofá se hundió un poco por su peso.
"Sofía, lo siento" , dijo con voz cansada.
"Estos días he pensado mucho, fue mi culpa, no debí irme así" .
Su disculpa no me produjo ningún alivio, al contrario, sentí un nudo en el estómago.
Hacía mucho tiempo que no lo veía tan sumiso.
"Te extrañé" , continuó, intentando tomar mi mano.
Aparté la mía.
Su mano se quedó suspendida en el aire por un momento, luego la retiró.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
"Hablé con el Director, me tomaré unas vacaciones" , dijo de repente. "Podríamos ir a la playa, llevar a Maya. A ella le encanta el mar" .
Era una oferta tentadora, una que habría aceptado sin dudar hace un mes.
Pero ahora, sus palabras sonaban vacías, como un guion bien ensayado.
"¿Por qué?" , pregunté, mi voz sonaba rasposa.
Él pareció confundido.
"¿Por qué qué?"
"¿Por qué ahora? ¿Por qué de repente quieres pasar tiempo con nosotras?"
Una amiga me había llamado esa misma tarde.
"Sofía, vi a Mateo en el centro comercial, estaba con una mujer" .
Mi corazón se detuvo por un segundo.
"Era una colega, seguro" , respondí, tratando de sonar indiferente.
"No lo sé, Sofía... se veían muy cercanos. Él le compró un helado, y ella le sonreía de una forma... especial" .
Colgué el teléfono sintiendo un frío que me calaba los huesos.
Ahora, mirando a Mateo, su rostro cansado y su oferta de paz, todo encajaba de una manera horrible.
"¿No puedo querer pasar tiempo con mi familia?" , respondió, con un tono de ofendido. "He trabajado mucho, Sofía. Estoy agotado. Solo quiero descansar y estar con ustedes" .
Intentó de nuevo, esta vez buscando un abrazo.
Me puse rígida, pero no lo aparté.
Su cuerpo se sentía extraño, desconocido.
"Siempre seremos una familia, Sofía" , susurró en mi oído. "Tú eres mi esposa" .
La palabra "esposa" salió de su boca y se sintió como una burla.
Una etiqueta vacía.
"¿Y Elena?" , solté el nombre sin pensar.
El aire en la habitación se congeló al instante.
El cuerpo de Mateo se tensó contra el mío, su abrazo se convirtió en una jaula.
Se apartó bruscamente, sus ojos, que un momento antes mostraban cansancio, ahora ardían de furia.
"¡¿Qué dijiste?!" , gritó. Su voz resonó en la sala silenciosa.
Nunca lo había visto así. Su rostro se contorsionó en una máscara de rabia.
"¡¿Quién te ha estado metiendo ideas en la cabeza?! ¡¿Por qué tienes que arruinarlo todo siempre?!"
Se levantó de un salto, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado.
"¡Regreso a casa intentando arreglar las cosas, queriendo ser un buen esposo, un buen padre, y tú sales con esto!" , me señaló con el dedo.
"¡¿Qué es lo que quieres, Sofía?! ¡¿Destruirnos?!"
Su ira era tan intensa que me dejó sin palabras, paralizada en el sofá.
La luna, visible a través de la ventana, parecía una mancha fría y distante en el cielo oscuro.
Y yo, en mi propia casa, me sentía más sola y desprotegida que nunca.