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La Secretaria Comprada: El Precio de la Venganza

La Secretaria Comprada: El Precio de la Venganza

img Romance
img 63 Capítulo
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img S. Mejia
5.0
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Acerca de

"No eres mi empleada, Valeria. Eres mi trofeo. Y los trofeos no tienen voluntad." Valeria de la Vega lo tenía todo: un apellido ilustre, una vida de lujos y un futuro asegurado. Pero en una sola noche de apuestas clandestinas, su padre lo pierde todo frente al hombre más temido de la industria: Dante Volkov. Un hombre sin escrúpulos, apodado "El Lobo de Hierro", cuya fortuna solo es superada por su crueldad. Para evitar que su padre se pudra en una celda, Valeria debe firmar un contrato que la despoja de su libertad. Durante un año, será la asistente personal de Dante. Pero no habrá cafés ni agendas que organizar. Dante exige disponibilidad absoluta las 24 horas, el control total sobre su guardarropa y que ella sea el recordatorio viviente de la ruina de su familia. Lo que Valeria no sabe es que Dante no la eligió al azar por la deuda de su padre. Detrás de su mirada gélida y sus órdenes implacables, se esconde un joven que ella humilló diez años atrás, cuando él no era nadie y ella era su mundo. Ahora, el poder ha cambiado de manos. Dante está decidido a cobrarse cada desprecio, cada lágrima y cada cicatriz. Pero en este juego de dominación y castigo, la línea entre el odio y la obsesión es peligrosamente delgada. ¿Podrá Valeria sobrevivir a la jaula de oro de Dante, o descubrirá que el precio de su libertad es entregarle su corazón al hombre que juró destruirla?

Capítulo 1 La Caída del Imperio

El sonido del cristal rompiéndose contra el suelo de mármol fue lo único que interrumpió el silencio sepulcral de la mansión De la Vega.

Valeria se sobresaltó, dejando caer la revista de modas que ojeaba distraídamente en el sofá de terciopelo. Eran las dos de la madrugada. Su padre, Rodrigo de la Vega, nunca llegaba tarde. Y ciertamente, nunca entraba a casa haciendo ruido. Él era un hombre de compostura, de trajes impecables y modales de la vieja escuela.

-¿Papá? -llamó ella, poniéndose de pie. La seda de su bata color crema rozó sus tobillos mientras caminaba hacia el vestíbulo.

Lo que encontró allí le heló la sangre.

Su padre estaba apoyado contra la pesada puerta de roble, como si el peso del mundo acabara de aplastarlo. Su corbata estaba deshecha, colgando flácida alrededor de su cuello; su cabello, siempre engominado hacia atrás, estaba revuelto, y su rostro... su rostro tenía el color de la ceniza.

-Papá, ¿qué pasó? -Valeria corrió hacia él, tomándolo del brazo justo antes de que sus rodillas cedieran. Olía a tabaco rancio y a sudor frío. Olía a miedo.

-Se acabó, Valeria -murmuró él, con la voz rota, una sombra del barítono autoritario que solía cerrar tratos millonarios en la ciudad-. Todo se acabó.

Ella frunció el ceño, intentando procesar las palabras mientras lo ayudaba a caminar hacia el salón principal.

-¿De qué hablas? ¿Fue la fusión con los inversores asiáticos? Te dije que no te preocuparas, podemos vender la casa de verano en los Hamptons si necesitamos liquidez...

Rodrigo soltó una risa seca, un sonido terrible que carecía de cualquier humor. Se dejó caer en el sofá, cubriéndose la cara con las manos.

-No hay casa de verano, Valeria. No hay acciones. No hay cuentas en Suiza. -Separó los dedos para mirarla con ojos inyectados en sangre-. No hay nada. Lo he perdido todo.

Valeria sintió un zumbido en los oídos.

-¿Todo? Eso es imposible. Somos los De la Vega. Nuestra fortuna tiene generaciones...

-La aposté -confesó él, en un susurro que golpeó a Valeria más fuerte que una bofetada-. Estaba desesperado. Las deudas se acumulaban, los bancos cerraban las puertas... Necesitaba un golpe de suerte. Una última jugada para salvar la empresa.

Valeria retrocedió un paso, horrorizada. Su padre no era un jugador. Era un empresario.

-¿Apostaste... nuestro patrimonio? -preguntó, con la voz temblorosa.

-Contra él. Pensé que podía ganarle. Pensé que era solo un nuevo rico arrogante, un perro callejero con suerte... -Rodrigo se pasó la mano por el cabello, temblando-. Pero él sabía cada movimiento que iba a hacer. Jugó conmigo como un gato con un ratón moribundo.

-¿Quién, papá? ¿Quién tiene todo nuestro dinero?

Rodrigo levantó la vista. En sus ojos había un terror puro, primitivo.

-Dante Volkov.

El nombre aterrizó en la habitación como una sentencia de muerte. Valeria conocía ese nombre. Todos en la alta sociedad lo conocían, aunque nadie lo invitaba a sus fiestas. Lo llamaban "El Lobo de Hierro". Un hombre que había surgido de la nada, devorando empresas en quiebra y destruyendo legados familiares solo por deporte. Se decían cosas terribles de él: que no tenía alma, que sus negocios rozaban la ilegalidad, que en sus venas corría hielo en lugar de sangre.

-Volkov... -repitió ella, sintiendo un escalofrío-. Bien. Abogados. Llamaremos a los abogados mañana. Declararemos la bancarrota, venderemos esta casa, nos mudaremos a un apartamento pequeño. Podemos empezar de cero, papá. Estamos juntos.

Rodrigo negó con la cabeza, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas arrugadas.

-No lo entiendes, hija. No fue una apuesta legal. Fue... un acuerdo privado. Si no pago para mañana a mediodía, no solo nos quitarán la casa. Iré a la cárcel por malversación de fondos. Él tiene las pruebas, Valeria. Él tiene mi vida en la palma de su mano.

Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Cárcel. Su padre, un hombre de sesenta años con el corazón débil, no sobreviviría una semana en prisión.

-¿Cuánto? -preguntó ella, endureciendo la mandíbula-. ¿Cuánto quiere para dejarte libre? Venderé mis joyas, mi coche, todo.

-No quiere dinero -dijo Rodrigo. Su voz bajó tanto que Valeria tuvo que inclinarse para escucharlo-. Le ofrecí todo lo que me quedaba. Le supliqué. Le dije que te dejaría sin herencia con tal de pagarle.

-¿Entonces qué quiere?

Rodrigo alzó la vista y miró a su hija. La miró como si fuera la última vez que la veía. Había vergüenza en su mirada, una vergüenza tan profunda que hizo que a Valeria se le revolviera el estómago.

-Hizo una contraoferta. Dijo que perdonaría la deuda. Que quemaría los documentos que me incriminan y dejaría la mansión a mi nombre...

-¿A cambio de qué? -gritó ella, perdiendo la paciencia.

-A cambio de ti.

El silencio que siguió fue absoluto. Valeria parpadeó, segura de haber escuchado mal.

-¿Qué?

-Te quiere a ti, Valeria -sollozó su padre, derrumbándose por completo-. Un contrato. Un año. Quiere que trabajes para él. Que vivas bajo su techo. Que seas su... propiedad exclusiva. Dijo que es el precio por mi libertad.

Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. No era una oferta de trabajo. Era una venta. Dante Volkov no quería una asistente; quería un trofeo. Quería humillar al gran Rodrigo de la Vega llevándose lo único que le quedaba limpio.

-Me vendiste... -susurró ella, con lágrimas de incredulidad picando en sus ojos.

-No dije que sí -se apresuró a decir su padre, agarrando sus manos con desesperación-. ¡Le dije que no! Preferiría morir antes que entregarte a ese monstruo. Iré a la cárcel, Valeria. No me importa.

Valeria miró a su padre. Vio el temblor en sus manos, el terror en sus ojos ante la idea de la prisión, la fragilidad de su vejez. Si iba a la cárcel, moriría allí. Y Dante Volkov se quedaría con todo de todos modos.

Ella se soltó suavemente del agarre de su padre y se puso de pie. Caminó hacia el ventanal que daba a los jardines oscuros. En algún lugar de esa ciudad, en una torre de cristal y acero, un hombre estaba esperando destruir su vida.

Un hombre que creía que podía comprarlo todo.

Valeria se secó una lágrima solitaria que escapó por su mejilla. Su vida de lujos, de fiestas y preocupaciones superficiales había terminado hace cinco minutos. Ahora, solo quedaba la supervivencia.

Se giró hacia su padre, con la barbilla en alto y una frialdad nueva en la mirada.

-No irás a la cárcel, papá -dijo con voz firme-. Llama a Volkov. Dile que acepto el trato.

Mañana conocería al Diablo. Y pensaba mirarlo directamente a los ojos.

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