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Capítulo 3

La noche se convirtió en una pesadilla de llamadas urgentes y correos electrónicos frenéticos.

Me encerré en mi oficina, el epicentro de mi mundo que ahora era el objetivo de su ataque.

El viernes a las 9 a.m. era el lanzamiento nacional. Tenía menos de dos días.

Era un ataque brutal y directo a mi "familia", mi equipo. Mis programadores, mis diseñadores, la gente que había creído en mí y había trabajado incontables noches para construir "Comunidad Conectada".

Marco no solo me atacaba a mí, atacaba sus medios de vida, sus carreras.

A las ocho de la mañana del jueves, la primera ola del sabotaje golpeó.

Uno de nuestros principales inversionistas, un viejo amigo de la familia Rivas, llamó para retirar su financiamiento.

"Lo siento, Sofía", dijo con una voz carente de emoción. "Marco me ha presentado una... oportunidad alternativa. Más segura".

Luego, nuestro proveedor de servidores en la nube canceló nuestro contrato, citando una "revisión de políticas internas". Era una subsidiaria de Soltec. Nos dejaron sin infraestructura horas antes del lanzamiento.

Vi el pánico en los ojos de mi equipo.

Llamé a Marco, la furia superando mi orgullo.

"¿Qué estás haciendo?", le grité al teléfono. "¡Estás destruyendo a gente inocente! ¡Mi equipo no tiene nada que ver en esto!".

Escuché la risa de Valeria al otro lado de la línea.

Luego Marco tomó el teléfono. "Ah, Sofía. ¿Ya estás sintiendo la presión? Solo quiero mostrarle a mi futura esposa cómo se manejan los negocios de verdad. Cómo se elimina a la competencia".

"¡No somos tu competencia! ¡Soy tu prometida... era tu prometida!", mi voz se quebró.

"Exacto. Eras. Ahora eres un obstáculo. Y Valeria está aprendiendo la lección más importante: la piedad es una debilidad".

Escuché a Valeria decir con una voz melosa: "Ay, mi amor, ¿no crees que es demasiado? Pobre Sofía. Mira, hasta me da un poco de lástima ver cómo se derrumba todo lo que construyó".

Su falsa compasión era más hiriente que cualquier insulto.

En el fondo, escuché el sonido de una botella de champaña descorchándose. Estaban celebrando mi destrucción.

Colgué, temblando de rabia e impotencia.

En ese momento, mi programador principal, Javier, entró corriendo a mi oficina.

"Sofía, ¡tienes que ver esto!".

Me llevó a la sala de servidores. En la pantalla principal, una ventana de chat estaba abierta. Era un canal de comunicación interno de Soltec, al que de alguna manera habían logrado acceder.

Y en él, estaban presumiendo.

"Miren esto", escribió un ejecutivo de Soltec. "La gran Sofía Rivas, rogando por teléfono. Patético".

Otro respondió con un emoji de risa. "Marco es un genio. No solo se deshizo de ella, sino que va a absorber la tecnología de su app por centavos una vez que esté en bancarrota".

Valeria misma escribió en el chat, su nombre de usuario ahora prominentemente mostrado como "Valeria de Soltec".

"Es tan triste. Ella realmente pensó que podía competir en este mundo. Me enseñó tanto... sobre todo, me enseñó qué errores no cometer".

El mensaje iba acompañado de una foto. Era una selfie de ella y Marco, brindando con champaña, con mi oficina visible en una pantalla de fondo, marcada con un círculo rojo y la palabra "OBJETIVO".

Era una ejecución pública, y mi equipo eran los espectadores forzados.

Javier me miró, su rostro pálido. "Sofía, están usando nuestros propios protocolos de comunicación contra nosotros. Los que tú diseñaste".

Mi sangre se heló. Las herramientas que yo había creado para proteger mi empresa estaban siendo usadas para torturarme.

Salí corriendo de la sala de servidores, directamente a la oficina principal.

"¡Todos, escuchen!", grité, mi voz resonando en el silencio tenso. "¡Nos están atacando con todo lo que tienen!".

En ese preciso instante, las luces parpadearon y los monitores de todos se apagaron.

Un segundo después, volvieron a encenderse, pero no con nuestros escritorios de trabajo.

Mostraban una sola imagen en bucle: mi rostro, de la noche anterior, en la fiesta, justo en el momento en que la copa se me caía de la mano.

Mi cara de shock, de dolor, de humillación. Repitiéndose una y otra vez en cada pantalla de mi empresa.

Marco no solo quería destruirme, quería que mi propio equipo viera mi momento de mayor debilidad, una y otra vez, para quebrar su lealtad, para quebrar mi espíritu.

Me enfrenté a él, a su poder, a su crueldad.

"¡Marco!", grité al vacío de mi propia oficina. "¡Esto es entre tú y yo! ¡Deja a mi gente en paz!".

Una voz robótica, saliendo de los altavoces de la computadora, respondió. Era la voz sintetizada que yo había diseñado para "Comunidad Conectada".

"Lo siento, Sofía. Marco está ocupado. Pero te dejó un mensaje".

Hubo una pausa, y luego la voz de Marco llenó la habitación, fría y cortante.

"Tú me enseñaste la importancia de la propiedad intelectual, Sofía. Y ahora, voy a tomar la tuya. Considéralo una lección. La última que aprenderás de mí".

La línea se cortó.

Y entonces, el ataque DDoS comenzó, un día antes de lo previsto.

Las alarmas de sobrecarga de los servidores empezaron a sonar, una sirena chillona que era el grito de muerte de mi compañía.

Me quedé paralizada, viendo los números en la pantalla de monitoreo subir a niveles imposibles.

Estaban quemándolo todo.

En medio del caos, Valeria me envió un mensaje de texto personal.

Contenía una sola foto.

Era del prototipo de mi hardware de servidor personalizado, el corazón físico de mi red. Estaba en el suelo de un almacén de Soltec, con la bota de tacón de aguja de Valeria apoyada sobre él, a punto de aplastarlo.

Debajo de la foto, un texto: "Me encanta este diseño. Creo que me quedaré con las partes que sirvan. Gracias por el regalo".

Estaba hurgando en el cadáver de mi sueño, buscando piezas de valor.

La rabia me cegó.

Choqué contra un escritorio, mi mano sangrando por el golpe.

El dolor físico no era nada comparado con el fuego que ardía en mi interior.

Ya no se trataba de negocios.

Era personal.

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