Ben la mira con una mezcla de desprecio y satisfacción. Su figura alta y fornida parece llenar todo el espacio, haciendo que Miley se sienta aún más pequeña e indefensa. Lleva un traje impecable que resalta su posición de poder, belleza y un recordatorio constante de la influencia que ejerce sobre todo y todos a su alrededor.
-Tres años viviendo en casa de los Rodríguez, años compartiendo con una de las familias más influyentes de Estaquía, y preguntas cómo te encontré -masculla rechinando los dientes. Su voz es grave y amenazante, cargada de una ira apenas contenida-. Debes saber que a Benjamín Rodríguez nadie se le escapa, que si alguien llega a meterse con él, lo busca hasta por debajo de las piedras. Y si está en el infierno, de ahí lo saca.
Con un movimiento rápido y brusco, Ben agarra a Miley del antebrazo, apretándola contra él. Ella puede sentir la fuerza de su agarre, que seguramente dejará marcas en su piel. El olor de su perfume, tan familiar y a la vez tan aterrador, la envuelve, trayendo consigo una avalancha de recuerdos.
-Ahora, querida esposa, volvamos a casa -ruge Ben, sus palabras cargadas de sarcasmo y amenaza.
Con ojos bien abiertos, Miley lo mira. Lo tiene tan cerca que respira su misma respiración, envuelta en aquella fragancia que diferencia a Benjamín de cualquier otro hombre. Ella nunca ha olido ese perfume en ninguna otra parte. Es como si esa fragancia hubiera sido creada exclusivamente para él.
En su cabeza cruzan escenas de lo que puede ser su vida al regresar a la mansión Rodríguez. Y la sola idea le aterra. Conoce a Benjamín; en esos tres años vio cómo destrozó e hizo pedazos la vida de quienes intentaron hacerlo caer en trampas.
«La crueldad más grande que Benjamín hizo, de la que todos hablaban, era haber hecho correr a su amigo de rodillas por toda la ciudad, sin agua, sin ropa, solo en calzoncillos, todo porque aquel lo drogó en secreto para que al fin Benjamín tuviera su primera vez.
Ese incidente había circulado como un rumor oscuro por toda Estaquía, alimentando el miedo y el respeto que la gente sentía hacia Ben. Nadie se atrevía a desafiarlo abiertamente, temerosos de sufrir un destino similar o peor. Miley recordaba haber escuchado los susurros, las conversaciones a medias que se interrumpían cuando ella entraba en una habitación. Todos sabían, pero nadie se atrevía a hablar en voz alta.
Fue así como llegó a acostarse con Miley, solo que él desconocía que ella fuera la mujer que lo salvó aquella noche. Cuando Miley quiso decírselo, él solo dijo:
-Trepadora, debes saber que te desprecio y aborrezco por ser la nieta de sangre de mi abuelo. Te juro que, aunque me casé contigo, nunca te voy a amar, porque la mujer que amo se llama Carola.
-Pero ella no es la mujer que...
Una cachetada sonó en el rostro de Miley. Benjamín la golpeó aquella tarde dejando a Miley en trance y con su mejilla enrojecida-. No vuelvas a intentar decir algo de Carola, porque haré tus días un infierno».
El recuerdo de ese momento hace que Miley sienta un escalofrío recorrer su espalda.
Al recordar eso, Miley se niega a ir. Reúne todo el coraje que puede, decidida a no volver.
-¿Qué quieres de mí? Ya te di el divorcio, ahora, déjame ir -se empuja de él, tratando de liberarse, pero Ben no está dispuesto a dejarla ir.
Ben la agarra de ambos brazos, la ajusta más a él y teniéndola atrapada con una fuerza desmedida, ruge:
-Tienes algo más que darme para que seas libre.
Dicho eso la besa. La besa con opulencia desmedida. La besa con una intensidad que deja a Miley sin aliento. Las piernas de esta se doblan, su respiración se hace aguda y cae desmayada en los brazos de Benjamín.
El beso, lejos de ser un gesto de afecto, es una demostración más de poder y control. Miley siente cómo se le nubla la mente, incapaz de procesar la avalancha de sensaciones y emociones que la invaden.
-Llévenla al auto -le dice Ben a sus guardaespaldas, su voz fría y desprovista de emoción.
Entre dos la llevan al coche, la colocan dentro y proceden a dejar ingresar a Benjamín. El interior del auto es lujoso, con asientos de cuero negro y detalles en madera pulida. El contraste entre el confort material y la tensión emocional es palpable. El silencio es pesado, roto solo por el suave ronroneo del motor y la respiración entrecortada de Miley.
Benjamín se sienta mirándola con desdén. La odia, la desprecia por muchas razones. Pero no puede dejar de mirarla. Su mirada recorre esos labios que acaba de besar hacia ese cuello delgado, baja por el valle de los senos, y por esa cintura que se amolda con el vestido.
Al momento que Miley abre los ojos, Ben aparta la mirada y finge estar viendo hacia el exterior. Las calles de Estaquía pasan rápidamente, un recordatorio de la vida que Miley había construido lejos de Ben y que ahora se desvanecía con cada kilómetro recorrido.
-Ben... -murmura Miley, aún desorientada por el desmayo.
-¿Quién te dijo que puedes llamarme de esa forma? -tráquea los dientes regresando la mirada a ella. Sus ojos oscuros brillan con una mezcla de ira y algo más, algo que Miley no logra descifrar.
Miley se incorpora, y respira rápidamente. Su corazón está acelerado, no por haberlo vuelto a ver, sino por saber que la lleva de regreso, y sabe que los días en esa casa ya no serán maravillosos.
-Benjamín, ¡perdón por lo que hice! ¡Déjame ir! -suplica, su voz quebrada por el miedo y la desesperación.
-No acepto tu perdón, como tampoco te dejaré ir hasta que me des lo que quiero.
-Te lo daré todo. Si es por la herencia, no quiero nada. Todo puedes quedártelo.
Una sonrisa maliciosa se dibuja en los labios de Benjamín. Es una sonrisa que Miley conoce bien, una que siempre precede a alguna crueldad o humillación.
-¿En serio me lo darás todo? -Ella asiente, desesperada por encontrar una salida- Para obtener ese todo, necesito algo de ti. Algo de los dos.
Los labios de Miley se abrieron apenas, sopesando a lo que se refería. Un escalofrío recorre su cuerpo al intuir lo que Ben está insinuando.
-Sí, eso. Un hijo. Eso es lo que nuestro abuelo quiere que tengamos. Un hijo, tuyo y mío. Solo dándome un hijo podrás irte, mientras tanto, seguirás atada a mí de por vida. ¿Entiendes?
Las palabras de Ben caen como un peso sobre Miley. Un hijo. La idea de traer una vida inocente a este mundo de manipulación y crueldad la horroriza. Pero al mismo tiempo, una pequeña parte de ella, una parte que odia admitir, siente una chispa de esperanza. ¿Podría un hijo cambiar las cosas? ¿Podría ablandar el corazón de Ben?
-Un... un hijo -deja rodar la gruesa saliva-. Pero, ¿cómo? Tú... y Carola...
Benjamín la mira con desdén, manteniendo los dientes presionados y una expresión de disgusto.
-Carola y yo seguiremos juntos. Que vaya a tener un hijo contigo no quiere decir que dejaré a Carola. Eso no sucederá, no te hagas ilusiones.
Aquellas palabras golpean a Miley como cien puñaladas directo al corazón. Aparta la mirada de Benjamín y la posa en el exterior, sumergiéndose en sus pensamientos.
¿Un hijo? Un hijo de ella y Benjamín. Pensar en eso le hace formar una sonrisa leve.
Benjamín nota esa pequeña sonrisa e inmediatamente hace que se le borre.
-Cuando nazca, tú te irás y criaré al niño con Carola.
Esas palabras despiertan en Miley una fuerza que no sabía que tenía. La idea de que le arrebaten a su hijo, de que lo críe otra mujer, especialmente Carola, hace que su instinto maternal se active con fuerza.
-Eso no. No permitiré que eso suceda.
Benjamín le regala una sonrisa maliciosa, seguido lleva la mano a la puerta del coche y abre esta.
-Veamos cómo lo impides.
El auto ya se ha detenido frente a la imponente mansión Rodríguez. La estructura de estilo colonial, con sus columnas blancas y amplios ventanales, se alza ante ellos como un recordatorio de la riqueza y el poder de la familia. Para Miley, esa casa que alguna vez consideró un hogar, ahora se perfila como una prisión.
Benjamín baja y da señal a sus hombres que ingresen a Miley. Ella lucha, pero es inútil contra la fuerza de los guardaespaldas. Sus pies apenas tocan el suelo mientras la arrastran hacia la entrada.
Desde la ventana, Carola está observando el auto llegar. Cuando este se detiene, sale a recibir a Benjamín. Lo besa delante de Miley, y mientras lo hace salen las lágrimas. Carola, con su belleza etérea y su aire de fragilidad, siempre ha sido el arma más efectiva de Ben contra Miley.
-Ben, no quiero verla. No quiero que esté aquí. Dile que la saquen de mi frente, por favor. Por favor. Que la encierren.
Benjamín mira a sus hombres y da la señal de que encierren a Miley. Esta réplica, encontrando una voz que creía perdida:
-¡Es la casa de mi abuelo! ¡No puedes pedir que no esté aquí o que me encierren! ¡Eres tú la que no debería estar aquí! -ruge.
-¿¡Estás gritándole a Carola!? -Benjamín se acerca a Miley, y la fulmina con la mirada.
-Benjamín, no puedes encerrarme. No soy tu prisionera.
Ben le presiona el rostro con su grande mano hasta hacer que los ojos de Miley se nublen. El contacto es brusco, doloroso.
-Tú no me dices qué hacer.
Miley siente que el mundo gira a su alrededor. La presión en su rostro, el perfume de Ben, todo se mezcla en una vorágine de sensaciones. No quiere llorar, Pero es inevitable que una lágrima rebelde se derrame de su rostro.
-Ben, no seas cruel conmigo.
-Miley, tus lágrimas no producen ningún afecto en mí, mujer manipuladora -la suelta- ¡Llévenla ahora! -Antes de que Ben se gire en dirección a Carola. Está sonríe.