Sofía POV:
Dos días. Necesitaba sobrevivir dos días.
Encontré un trabajo lavando platos en una fonda mugrosa a unos kilómetros de la hacienda. El agua caliente y el jabón áspero se sentían como una limpieza, una penitencia por un pecado que nunca cometí. El trabajo era monótono, agotador. Y en el zumbido silencioso de la fonda, por primera vez en siete años, sentí un destello de algo que podría haber sido libertad.
El vacío permitió que los recuerdos se precipitaran. Mi padre, regalándole a Ximena un deportivo nuevo por su decimosexto cumpleaños mientras yo trabajaba después de la escuela solo para poder comprar mis propios materiales de arte. Mi madre, comprándole vestidos de diseñador para galas a las que nunca fui invitada. El favoritismo no era nuevo, pero la distancia le daba una claridad grotesca.
En la segunda noche, justo cuando mi turno estaba terminando, la campana sobre la puerta de la fonda sonó.
Dante estaba allí, sosteniendo una pequeña caja blanca. Se veía dolorosamente fuera de lugar entre las cabinas de vinilo agrietado y los pisos pegajosos.
-Feliz cumpleaños, Sofía -dijo, su voz tan baja que casi se perdió con el chisporroteo de la parrilla. Puso la caja en el mostrador. Era un pastel de coco, mi favorito de la infancia.
Lo miré fijamente, y otro recuerdo afloró, agudo y amargo. El recuerdo de vender el cuadro invaluable de mi abuela -una pieza de mi propia dote- para proporcionar anónimamente el capital inicial para la primera empresa legítima de Dante. Fue la empresa que consolidó su poder, que lo convirtió en el Don que era hoy.
Ximena también se había llevado el crédito por eso. Le había presentado la "inversión" como un regalo, posicionándose como su socia en su ascenso. Otra mentira que él se había tragado entera.
-Ya no me gusta el coco -dije, mi voz plana y vacía. Empujé la caja de vuelta hacia él.
Su mandíbula se tensó. Antes de que pudiera hablar, su teléfono sonó, un sonido agudo y exigente. Contestó, y la sangre pareció drenarse de su rostro, dejándolo como una máscara pálida y austera.
-¿Qué quieres decir con que está en la azotea? -gruñó al teléfono.
Me miró, sus ojos suplicando algo que ya no tenía para dar.
-Sofía, yo...
-Vete -dije, volviéndome hacia el fregadero lleno de platos sucios-. Te necesita.
Dudó, su mirada alternando entre yo y la puerta. Dividido. Luego, como siempre, la eligió a ella. Salió corriendo de la fonda, dejando el pastel abandonado en el mostrador.
Sabía que Ximena no iba a saltar. Era solo una actuación. Otro acto calculado en el largo drama de su vida, una maniobra diseñada para jalarlo de vuelta con su correa y recordarle su supuesta fragilidad.
Tomé otro plato y lo sumergí en el agua jabonosa. El caos de su mundo se sentía a un millón de kilómetros de distancia. Todo lo que quedaba era un profundo y hueco agotamiento.