Sofía POV:
Tenía razón. Ximena no había saltado.
A la mañana siguiente, las noticias guardaban silencio. Ninguna tragedia en la hacienda de los Garza. Solo otra crisis fabricada. Otro intento desesperado por acaparar la atención.
Trabajé mi último turno en la fonda, recogí el puñado de billetes arrugados que pasaban por el pago de una semana, y me retiré a la habitación estrecha que alquilaba encima. Por un momento, el silencio fue un santuario.
Entonces mi teléfono vibró, rompiendo la paz. Un mensaje de Valeria.
Reunión familiar. Ahora. Es sobre el compromiso.
El compromiso. Mi compromiso. El que Dante había jurado que era solo nuestro. Un pavor familiar se enroscó en mis entrañas. Sabía exactamente de qué se trataba.
Hice la caminata familiar y sombría de regreso a la hacienda, un cordero volviendo al matadero por última vez. Estaban todos reunidos en la sala de estar formal: mis padres, Valeria y Dante, con Ximena aferrada a su brazo como una orquídea rara y venenosa.
Mi madre, Isabel, habló primero, su voz goteando una preocupación ensayada.
-Sofía, querida. Como sabes, la salud de Ximena es tan... frágil. Su médico siente que el estrés de su situación se ha vuelto potencialmente mortal. Él cree que la seguridad de un compromiso... le daría la voluntad de vivir.
-Necesitamos que hagas un pequeño sacrificio más -añadió mi padre, su mirada fija en un punto en la pared lejana-. Por tu hermana. Por la familia. Necesitas liberar a Dante de su promesa.
La habitación se quedó en silencio. Todos los ojos me inmovilizaron. Arrastré mi mirada hacia Dante.
-¿Y tú? ¿Estás de acuerdo con esto?
Se estremeció, finalmente mirándome, sus ojos una tormenta de conflicto.
-No es lo que quiero, Sofía. Lo sabes. Pero es una medida temporal, una farsa, para mantenerla estable. Por favor.
Una farsa. Mi vida, mi futuro, mi amor, todo reducido a un accesorio en su drama interminable. Miré sus rostros expectantes, la trampa cuidadosamente construida. Luchar contra ellos era inútil, una batalla que había perdido antes incluso de nacer. Pero podía elegir mis propios términos de rendición.
-Está bien -dije. La palabra cayó en el silencio como una piedra.
Se quedaron mirando, atónitos por mi rápida conformidad. Ximena fue la más sorprendida de todas. Un destello de furia cruda cruzó su rostro antes de que lo reorganizara expertamente en una máscara de fragilidad herida. Mi rendición no era suficiente. Necesitaba mi humillación total.
-Eso no es suficiente -susurró, su voz un temblor teatral. Tomó un abrecartas de plata del escritorio a su lado, presionando la punta afilada contra la piel translúcida de su muñeca-. Necesito tu bendición. Necesito que te arrodilles y bendigas nuestra unión.
Mis padres jadearon. Dante dio medio paso adelante, su rostro oscureciéndose como una nube de tormenta.
-Lo haré -dije, mi voz imposiblemente tranquila, cortando la tensión-. Con una condición.
Clavé mis ojos en Ximena, manteniéndola cautiva en mi mirada.
-Tú te arrodillas primero. Te arrodillas y me agradeces por los siete años que cumplí en tu lugar. Por la vida que me robaste.