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El CEO De Mi Corazón
img img El CEO De Mi Corazón img Capítulo 4 Cap-4:
4 Capítulo
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Capítulo 4 Cap-4:

Al saber la mala noticia sobre su madre, Abigail despidió de las familias de su esposo, regresó a casa con preocupación. No quería volver a la mansión donde pasó toda la infancia debido a la exitencia de su padre. Pero después de perder a su amor, sabía que la muerte era tan cerca a todo el mundo, el futuro o accidente, no sabes cual llegaría más rápido.

-Madre!- Abigail entró en el dormitorio de su madre, y vio que su madre estaba en la cama, con expresión cansada y pálida. Estaba mala.

Al ver la llegada de su hija, la madre reveló una expresión sorprendida, quería sonreir, pero por fin no lo hizo. -Mis condolencias, hija, por lo que pasó a Liam...y a tí.-

Enfrente a su querida madre, Abigail no podía aguantar más, dejaban las lagrimas saliendo de sus ojos hinchados, otra vez.

Por suerte, la señora solo era un resfriado grave. Pero Abigail insistía acompañar a su madre, especialmente cuando notó que su padre Julian no prestó nada atención a su esposa enfermada.

Además, todavía no podia enfrentar el departamento vacío, sola.

Al principio todo salia bien, su padre Julian estaba ocupado incluso no tenia tiempo de cenar juntos. Abigail no sabía de qué estaba ocupando, pero por fin lo supo.

*

Otra tarde que se le ocurrió los recuerdos de vidas con Liam, Abigail sollozaba en el jardín. Pero esta vez, su padre apareció con pasos apresurados:

-Abigail, deja de llorar. He venido con una buena noticia -la voz de Julián irrumpió en la penumbra de la habitación, cargada de una frivolidad que cortaba como un cuchillo el aire cargado de duelo.

Su hija ni siquiera alzó, el regalo de Liam, la collar que compró en el dia que pasó el accidente, que abrazaba contra su pecho. Las lágrimas habían dejado surcos salados en su piel pálida.

-¿Una buena noticia? -su voz era un hilo roto, un susurro de la mujer enérgica que alguna vez fue-. Papá, ¿cómo puedes decir eso? ¡Liam se fue! ¡Se fue por completo! No habrá más alegría para mí.

Julián esbozó una sonrisa que no alcanzó sus ojos fríos y calculadores. -Alégrate, hija mía. El compromiso con Paúl sigue en pie. Que un hombre de su estatus aún te considere después de... este desliz con ese muchacho, es un milagro. Deberías agradecerme. El mundo de Abigail se detuvo.

-¿Ca... casarme? ¿Con Paúl? ¡Estás loco! Acabo de perder a mi esposo, a mi amor... -dijo Abigail sorprendida, no esperaba eso de su padre.

Paul Williams, el CEO de Williams Enterprises, su ex prometido, el esposo arreglado que elijo por su padre. El compromiso debió acabar con el casamiento de ella y Liam, pero su padre no lo pensaba...

-¿Tu amor? -la interrumpió Julián, y su máscara de cordialidad se resquebrajó- ¿Acaso "tu amor" te dio las joyas que llevas, la educación que recibiste? ¿Te sacó de la pobreza? ¡Ese hombre fue una mancha en nuestro apellido, Abigail! Una mancha que ahora debo limpiar.

-Papá, por favor, no puedes hacerme esto... -suplicó Abigail, sintiendo cómo el piso cedía bajo sus pies.

-¡Basta! -rugió él-. Sirvientes! ¡Lleven a la señorita a su habitación! No saldrá de allí hasta el día de su boda.

Manos ajenas la tomaron de los brazos, suaves pero implacables. Abigail, consumida por una pena que creía infinita, no opuso resistencia. Mientras la arrastraban escaleras arriba, sus sollozos eran lo único que quedaba de su mundo destrozado. Lloraba por Liam, por su amor arrancado, y por el futuro que ahora era una prisión de seda y oro.

*

Un mes después, llegó el día de la boda. Como había estipulado Paul, fue todo menos discreta. Era un espectáculo mediático, una exhibición de poder y normalidad fabricada para los Williams.

Se llevó a cabo en la lujosa catedral de la ciudad, desbordante de flores exóticas y cientos de invitados de la alta sociedad. El ambiente era más propio de una gala de estado que de una celebración íntima, con el destello constante de las cámaras grabando cada instante

-Me sorprenda por recibir la invitación de nuevo.

-Así que Paul Williams seria el hombre mas afectuoso del mundo

-Que envidia a Abigail.

Paul, de pie frente al gran altar, ajustó el cuello de su impecable traje negro. Se sentía fuerte, recuperado, pero una extraña inquietud lo recorría. No había querido ver a Abigail antes. Para él, era una variable en una ecuación que ya había resuelto. Conocer su rostro era irrelevante.

-Nervios, hermano? -susurró Lucier, a su lado, actuando como su testigo.

-Solo impaciencia por terminar con este trámite -respondió Paul con voz fría, sus ojos escaneando la larga alfombra por donde ella entraría.

Paula, sentada en la primera fila, no podía disimular su desaprobación. Cruzaba y descruzaba los brazos, mirando con recelo a Julian, quien, desde su asiento, parecía un gato que se había tomado la nata. La música comenzó, una potente melodía de órgano que resonó en la nave abarrotada. Todos los ojos y todos los objetivos de las cámaras se volvieron hacia la entrada. Y entonces, Abigail apareció.

Del brazo de su padre, avanzó con pasos lentos y medidos bajo el murmullo de los invitados y el cliqueo de los fotógrafos. Llevaba un deslumbrante vestido blanco de alta costura, un espectáculo de encaje y seda diseñado para los titulares.

Un velo largo cubría su rostro, pero a través de la gasa, Paul pudo distinguir unos ojos grandes, de un color que no pudo definir, bajos, fijos en el suelo.

No irradiaba felicidad, sino una resignación que la hacía parecer etérea, como un fantasma en su propia boda. Los medios, siguiendo la narrativa oficial, susurraban sobre la "bella heredera que regresaba de su estancia en el extranjero" para contraer este ventajoso matrimonio.

Y entonces, sucedió. Fue un vuelco violento, un salto desenfrenado dentro de su pecho. No era el latido regular y controlado al que se estaba acostumbrando. Era una explosión caótica, un tamborileo frenético que parecía querer salirse de su caja torácica. Paul llevó una mano instintivamente al corazón, un gesto que no pasó desapercibido para las cámaras más avispadas.

-Paul? -murmuró Lucier, alarmado al ver el súbito cambio en su semblante. Había palidecido visiblemente.

Paula se puso de pie de un salto. -¡Hermano! ¿Te sientes bien? -su voz, cargada de pánico, se elevó por encima de la música.

Julian se puso tenso, su sonrisa se congeló. Si Paul sufría un rechazo ahora... todo su plan se iría al traste. Abigail, al oír las exclamaciones, alzó por fin la mirada. A través del velo, sus ojos se encontraron con los de Paul. Fue solo un instante, pero para él, fue una eternidad. El corazón respondió con otra sacudida brutal, tan fuerte que casi le hizo perder el equilibrio.

-Paul, esto debe parar -dijo Lucier con firmeza, poniendo una mano en su hombro-. La ceremonia puede esperar.

Paul cerró los ojos por un segundo, conteniendo la marejada de sensaciones. La mirada triste de ella, el latido desbocado... Era irracional. Era una debilidad.

-No -logró decir, con la mandíbula apretada. Abrió los ojos, y en ellos solo quedaba la fría determinación de quien controla cada uno de sus actos-. Estoy bien. Es solo... un efecto secundario de la medicación. Continuemos.

Su voz no admitía réplica. Paula y Lucier intercambiaron una mirada de preocupación, pero se replegaron. Julian, aliviado, dio un paso al frente y, con una sonrisa forzada, tomó la mano de Abigail y se la acercó a Paul.

-Te entrego a mi hija, Paul. Cuídala -dijo con una solemnidad que sonó falsa en todos los presentes. Paul extendió su mano. Sus dedos se cerraron alrededor de los de Abigail.

Una descarga eléctrica, intensa e inconfundible, recorrió todo su brazo y se expandió por su cuerpo. No era un simple cosquilleo; era una corriente viva, un choque de realidades. Paul contuvo el aliento. Abigail, por su parte, retiró la mano un milímetro, como si también la hubiera sentido, antes de permitir que su mano reposara, fría e inerte, en la de él.

-¿Señor? -la suave voz del oficiante lo sacó de su estupor-. ¿Podemos continuar?

Paul asintió con la cabeza, sin poder apartar la mirada de la figura velada a su lado. Apretó su mano con un poco más de fuerza, no por cariño, sino como un acto de dominio, como para dominar la tormenta que ese simple contacto había desatado en su propio cuerpo.

-Sí -respondió, su voz recuperando su tono firme y controlado, aunque su corazón, el corazón prestado, siguiera martilleando contra sus costillas con un mensaje urgente y desconocido-. Continuemos.

Mientras el oficiante recitaba los votos, Paul solo podía pensar en una cosa: aquel latido descontrolado y aquella chispa eléctrica no formaban parte del acuerdo. Cuando el oficiante pronunciaba las palabras que unirían sus vidas en un lazo puramente contractual, Abigail sentía que flotaba fuera de su cuerpo. La mano de Paul era firme y cálida alrededor de la suya, un contraste brutal con el hielo que llevaba en el alma. El eco de los votos le llegaba amortiguado, como si escuchara bajo el agua. "Hasta que la muerte los separe". La ironía le apretó la garganta. Para ella, la muerte ya los había separado de la única unión que importaba.

Al firmar los documentos con una mano temblorosa, todo terminó. Eran marido y mujer. Un estruendo de flashes estalló a su alrededor, capturando el primer beso protocolario, un frío roce de labios que heló el alma de Abigail. El bullicio de los invitados llenó la sala.

-Bienvenida a la familia -murmuró Paula, con una cortesía que no lograba ocultar su frialdad, mientras posaban para las fotos.

-Gracias -susurró Abigail, sin poder sostenerle la mirada.

*

En la esquina de la gran boda, una señorita hermosa estaba enfadada por lo vio, hizo gran esfuerzos que no rompiera la boda ahora.

-Así que tú eres la afortunada.

La mujer apretó sus dientes, dijo a sí misma. -Mi pobre Paul, por fin te casaste con una mujer que no ama...No te preocupes, vuelvo, sabrías que hayas tomado mala decisión.-

-Me podría saber tu nombre señorita?- La gran boda también es una buena opotunidad de conocer a más personas. Un invitado notó a la mujer en la esquina, quien conllevaba temperamento elegante.

La mujer en gala le sonrió, -Encantada de conocerle, señor. Me llamo Valeria.-

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