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Renaciendo De Las Cenizas De Tu Traición
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Capítulo 5

Sheila POV

Finalmente, reuniendo el valor que creía haber perdido, le conté todo a Marco.

El embarazo. La traición. El dolor lacerante que llevaba incrustado en el pecho.

Cerré los ojos, preparándome para el impacto. Esperaba rechazo. Esperaba juicio. Esperaba que soltara mis manos y se alejara.

En cambio, sentí la calidez de su piel cuando tomó mis manos entre las suyas y las besó con una devoción que me desarmó.

-Ese niño será mi hijo -dijo, sosteniendo mi mirada con una intensidad feroz-. Y tú serás mi reina.

Su familia me recibió no como a una mercancía dañada, como yo temía, sino como a una hija perdida que por fin regresa a casa.

Me dieron una habitación con vista al mar. Y, lo más importante, me dieron paz.

La mañana de la boda, me miré en el espejo de cuerpo entero.

El vestido no era el que había elegido con Fernando, aquel diseño recargado y asfixiante. Este era sencillo, elegante, una seda que caía libremente, sin el peso de las expectativas ajenas.

La hermana de Marco entró, ajustando el velo sobre mi cabello con delicadeza.

-Estás radiante -susurró, encontrando mi mirada en el reflejo-. Te mereces esto, Sheila. Te mereces ser feliz.

Sonreí, y por primera vez en meses, la sonrisa llegó de verdad a mis ojos.

Salimos hacia la iglesia. El aire olía a promesas.

En el cruce principal, el tráfico se detuvo por un semáforo en rojo.

Miré por la ventanilla tintada distraídamente.

Al lado de nuestro coche, había otro vehículo nupcial.

El corazón me dio un vuelco seco. Era el de Fernando.

Lo vi a través del cristal oscuro, como quien observa una película muda. Llevaba el esmoquin que yo le había ayudado a elegir hacía una vida atrás.

Parecía inquieto. Miraba a su alrededor como si buscara algo que había perdido, algo que no recordaba dónde había dejado.

Carolina estaba a su lado, aferrada a su brazo como una garrapata, tensa y posesiva, arrastrándolo hacia la entrada de su iglesia, hacia su condena.

Nuestros coches estuvieron paralelos durante diez segundos eternos.

Él giró la cabeza bruscamente. Sus ojos se entrecerraron, tratando de ver a través del tintado de mi ventana, buscando un fantasma.

Sintió algo. Lo supe. Sintió mi presencia como una corriente eléctrica.

Puse mi mano sobre el cristal frío, separada de él por milímetros y por un abismo de decisiones irreversibles.

El semáforo cambió a verde.

Mi coche avanzó hacia el futuro. El suyo giró a la derecha, hacia el pasado.

Adiós, Fernando.

Llegué a mi iglesia. Marco me esperaba en el altar, con una sonrisa que iluminaba todo el lugar, borrando cualquier sombra restante.

No hubo dudas. No hubo miedo.

Dije "sí" con una voz clara y fuerte, que resonó en la bóveda y en mi alma.

En la recepción, saqué de mi pequeña cartera de mano la foto vieja que guardaba.

Fernando y yo, hace cinco años, llenos de promesas vacías y sonrisas fingidas.

La rasgué por la mitad. Luego en cuatro pedazos. Luego en ocho, hasta que no fueron más que confeti de recuerdos muertos.

La tiré a la papelera sin mirar atrás.

Marco me observó, curioso, arqueando una ceja.

-¿Todo bien?

-Mejor que nunca -respondi, y era la pura verdad.

Esa misma noche, subimos al crucero.

El barco se alejaba del puerto, cortando las aguas oscuras con determinación.

Me apoyé en la barandilla, viendo cómo las luces de la ciudad se hacían cada vez más pequeñas, convirtiéndose en estrellas lejanas.

Allí estaba él. Allí estaba mi pasado, quedándose en la orilla.

El viento me golpeó la cara, salado y fresco, limpiándome.

Acaricié mi vientre con ternura.

-Ahora somos libres -susurré al viento.

El barco hizo sonar su sirena, un sonido profundo y vibrante que resonó en mis huesos como un himno de victoria.

Me di la vuelta y caminé hacia Marco, hacia la luz, hacia una vida donde yo era la protagonista, no la víctima.

El océano era inmenso, y por primera vez, no me daba miedo ahogarme.

Me daba ganas de nadar.

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