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El albañil de mi madre
img img El albañil de mi madre img Capítulo 5 Una invitada inesperada
5 Capítulo
Capítulo 6 Una cena bastante turbia img
Capítulo 7 Poseída por gemidos ajenos img
Capítulo 8 Entre las sábanas img
Capítulo 9 Un desahogo peligroso img
Capítulo 10 Otro nivel de infierno img
Capítulo 11 Lo que no se dice también pesa img
Capítulo 12 Pequeñas traiciones img
Capítulo 13 La grieta que no sabía que tenía img
Capítulo 14 Casi un nuevo problema img
Capítulo 15 La tregua roja img
Capítulo 16 Como si nada doliera img
Capítulo 17 Tres cuerpos y un secreto img
Capítulo 18 El centro del fuego img
Capítulo 19 Boca decidida img
Capítulo 20 Montada img
Capítulo 21 Perderse adentro img
Capítulo 22 Clímax img
Capítulo 23 Lo que no se borra img
Capítulo 24 A un milímetro del desastre img
Capítulo 25 Nadie dijo lo que realmente pensaba img
Capítulo 26 Ella también quería incendiar la casa img
Capítulo 27 Cuando ella elige el fuego img
Capítulo 28 Con la luz encendida img
Capítulo 29 Cuando el deseo respira por si mismo img
Capítulo 30 Que todo el mundo escuche img
Capítulo 31 Entendiendo a la madre img
Capítulo 32 Brindando por nada img
Capítulo 33 Los pasos después del pecado img
Capítulo 34 El ruido que no se olvida img
Capítulo 35 La voz del cuerpo img
Capítulo 36 Sabor a castigo img
Capítulo 37 El sabor de la culpa img
Capítulo 38 Veneno lento img
Capítulo 39 Veneno cruzado img
Capítulo 40 Eligiendo el silencio img
Capítulo 41 Lo que ella ya sabía img
Capítulo 42 Advertencia en voz baja img
Capítulo 43 Otra píldora amarilla img
Capítulo 44 Sobre la lengua img
Capítulo 45 No quería volver a casa img
Capítulo 46 Contra la pared img
Capítulo 47 Al borde img
Capítulo 48 Tormento img
Capítulo 49 Hasta que ruegue img
Capítulo 50 Como el quiera img
Capítulo 51 Hasta romperla img
Capítulo 52 El orgasmo de sumisión img
Capítulo 53 La última embestida img
Capítulo 54 Cuando el secreto salió a la luz img
Capítulo 55 Condiciones para seguir img
Capítulo 56 Un infierno distinto img
Capítulo 57 Veneno en el celular img
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Capítulo 5 Una invitada inesperada

Lo supe en cuanto escuché el nombre: fue como una chispa cayendo sobre combustible. Estaba en la cocina, intentando no pensar, con un vaso entre las manos, y mi madre, mientras revolvía una olla con entusiasmo absurdo, lo dijo como si no fuera importante.

-Hoy viene Mariela ¿Te acuerdas de ella?

Claro que recordaba a Mariela: la amiga escandalosa de mi madre, tan libre que me incomodaba y al mismo tiempo, me atraía.

-¿Esa Mariela? -pregunté, sabiendo perfectamente que sí.

-¿Cuál más? -respondió mi madre sin dejar de revolver la olla-. Ha vuelto a vivir a la ciudad y me pareció buena idea invitarla a cenar. Hace años que no la veía.

No dije nada más. Solo asentí, fingiendo que me daba igual, como si la cosa no pasara de una anécdota. Pero por dentro todo se me agitó. Y no era por Mariela. Era por Miguel. Por la imagen mental de esa mujer exagerada sentada frente a él, coqueteándole sin disimulo mientras mi madre sonreía sin notar nada.

-¿Sabías que Mariela también vivió fuera? -dijo mi madre, como al pasar, sin dejar de revolver la olla-. Se fue a Europa unos años. Volvió con cada cuento...

-¿Sí? -pregunté, tratando de sonar desinteresada.

-Una vez me confesó que tuvo un trío con dos franceses. En la playa. A plena luz del día. Imagínate. A veces la envidio, ¿Sabes? Hacer lo que quiere, sin culpa. Sin pedir permiso.

Me quedé en silencio. Como si el aire se hubiera vuelto más denso de pronto. No sabía si me incomodaba más la historia o la forma tan liviana en que la contaba. Como si nada.

-Mamá, no sé si me gusta que me hables de estos temas.

Mi madre soltó una pequeña carcajada, sin apartarse de la cocina.

-Ay, Constanza... estás igual que cuando eras adolescente. Tan seria. Tan correcta. ¿De verdad crees que hay una forma correcta de vivir? -se giró hacia mí con una sonrisa que no juzgaba, solo comprendía-. Mírala bien. Mariela hace lo que quiere. Y punto. Y eso no la hace menos mujer. Ni menos digna.

No supe qué responder. Sentí algo parecido a la vergüenza.

-Yo no podría -murmuré-. No así.

-Pues entonces, hazlo a tu manera. Pero hazlo. No te quedes mirando cómo las demás viven. Porque te juro que un día vas a despertar y todo eso que no hiciste va a pesarte más que cualquier pecado.

Entonces me imaginé a mi madre haciendo un trío con Mariela y con Miguel y simplemente no pude soportarlo.

Decidí volver a mi pieza.

Me senté en la cama, mirando la pared, tratando de no imaginar nada. Pero era inútil. Ya lo estaba viendo todo en mi cabeza: la cena, los brindis, las risas exageradas de Mariela, su forma de tocarle el brazo a Miguel mientras hablaba de cualquier estupidez y él mirándola, quizás sonriendo con esa misma sonrisa con la que me había mirado a mí.

Y eso me enfermaba.

Porque yo no sabía qué éramos. Ni siquiera si éramos algo. Pero había algo entre Miguel y yo. Algo que se había quedado colgado en el aire desde aquella tarde.

Intenté distraerme. Me puse a ordenar los cajones, a doblar ropa que no necesitaba doblar, a sacar libros de la repisa solo para volver a ponerlos. Pero no sirvió. Todo seguía girando en torno a una sola idea: esa mujer en mi casa, esa mujer frente a él, esa mujer sentada en la silla donde él me había hecho arrodillarme. Y esa posibilidad me quemaba desde adentro.

Me acosté con la cabeza dando vueltas y, al cerrar los ojos, me golpeó el recuerdo de esa tarde: solos en casa, él en el pasillo con su caja de herramientas, mirándome en silencio. Yo tampoco dije nada.

Había decidido enfrentarlo. No por valentía. Por agotamiento.

-¿Fue un juego para vos? -pregunté, sin poder sostenerle la mirada-. Lo del otro día.

Él se recostó contra la pared y soltó un suspiro largo, como si estuviera harto de tener que explicar lo obvio.

-No todo lo que pasa tiene que tener un significado -dijo al fin-. A veces solo pasa.

-¿Y después? -insistí-. ¿Después qué soy?

Se hizo un silencio incómodo.

-No sos nada -dijo al fin, con una calma que me rompió por dentro-. Y eso es lo que más te molesta, ¿no?

Sentí el golpe en el pecho. Como si me hubieran empujado por una escalera.

-Sos cruel -le dije, casi en un susurro.

Miguel se encogió de hombros. Tenía esa expresión que usaba cuando no quería seguir hablando.

-No soy cruel -respondió-. Vos sos ingenua.

No pude evitarlo. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me di vuelta, tratando de que no lo notara, aunque sabía que ya lo había hecho.

-Yo pensé que...

-Pensaste mal -me interrumpió-. No idealices. No soy ese tipo de hombre. Y vos no estás lista para jugar este juego.

No dijo nada más. Agarró las llaves del mesón y salió sin mirar atrás.

Yo me quedé ahí, sola. Sintiendo que me había desnudado emocionalmente frente a alguien que ni siquiera se molestó en cubrirme.

Después de eso, me ignoró tres días.

Ni una palabra. Ni un mensaje. Ni una mirada significativa y ahí, con la sola mención del nombre de Mariela, sentía que todo eso volvía a activarse. Que el juego no había terminado. Que él todavía me tenía atada por dentro a esa escena muda y peligrosa.

-Constanza, hija -dijo mi madre desde la puerta entreabierta-. ¿Te vas a duchar? Mariela ya viene en camino.

Tardé unos segundos en reaccionar. Me incorporé en la cama como si despertara de un sueño del que no quería salir.

-Sí... ahora voy.

-Estás rara -agregó-. Desde hace unos días. ¿Te pasa algo?

La miré. La garganta se me cerró. Un frío me recorrió la espalda.

-No. Solo estoy cansada.

Ella me observó un instante más, como si intuyera algo.

-A Mariela le va a encantar Miguel -dijo de pronto, casi como si pensara en voz alta, mientras giraba para irse-. Las mujeres perciben esas cosas... cuando un hombre tiene eso. Energía. Presencia. Carne.

La miré, helada.

-¿Y no te da celos? -pregunté, sin saber por qué lo decía.

Se giró, sonriendo con una calma que me desarmó.

-¿Celos? -repitió-. Miguel puede mirar a quien quiera. Total, a mí nunca me falla. Tiene tanta energía que alcanza para todas.

Y ahí me quedé, con esa frase clavada como un puñal entre las piernas: "energía que alcanza para todas". Me ardía la sangre. No quería que tocara a otra. Quería ser yo la que le sacara esa energía a lengüetazos. La que lo dejara seco. La única que lo dejara temblando.

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