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El albañil de mi madre
img img El albañil de mi madre img Capítulo 1 Un albañil en la cocina
1 Capítulo
Capítulo 6 Una cena bastante turbia img
Capítulo 7 Poseída por gemidos ajenos img
Capítulo 8 Entre las sábanas img
Capítulo 9 Un desahogo peligroso img
Capítulo 10 Otro nivel de infierno img
Capítulo 11 Lo que no se dice también pesa img
Capítulo 12 Pequeñas traiciones img
Capítulo 13 La grieta que no sabía que tenía img
Capítulo 14 Casi un nuevo problema img
Capítulo 15 La tregua roja img
Capítulo 16 Como si nada doliera img
Capítulo 17 Tres cuerpos y un secreto img
Capítulo 18 El centro del fuego img
Capítulo 19 Boca decidida img
Capítulo 20 Montada img
Capítulo 21 Perderse adentro img
Capítulo 22 Clímax img
Capítulo 23 Lo que no se borra img
Capítulo 24 A un milímetro del desastre img
Capítulo 25 Nadie dijo lo que realmente pensaba img
Capítulo 26 Ella también quería incendiar la casa img
Capítulo 27 Cuando ella elige el fuego img
Capítulo 28 Con la luz encendida img
Capítulo 29 Cuando el deseo respira por si mismo img
Capítulo 30 Que todo el mundo escuche img
Capítulo 31 Entendiendo a la madre img
Capítulo 32 Brindando por nada img
Capítulo 33 Los pasos después del pecado img
Capítulo 34 El ruido que no se olvida img
Capítulo 35 La voz del cuerpo img
Capítulo 36 Sabor a castigo img
Capítulo 37 El sabor de la culpa img
Capítulo 38 Veneno lento img
Capítulo 39 Veneno cruzado img
Capítulo 40 Eligiendo el silencio img
Capítulo 41 Lo que ella ya sabía img
Capítulo 42 Advertencia en voz baja img
Capítulo 43 Otra píldora amarilla img
Capítulo 44 Sobre la lengua img
Capítulo 45 No quería volver a casa img
Capítulo 46 Contra la pared img
Capítulo 47 Al borde img
Capítulo 48 Tormento img
Capítulo 49 Hasta que ruegue img
Capítulo 50 Como el quiera img
Capítulo 51 Hasta romperla img
Capítulo 52 El orgasmo de sumisión img
Capítulo 53 La última embestida img
Capítulo 54 Cuando el secreto salió a la luz img
Capítulo 55 Condiciones para seguir img
Capítulo 56 Un infierno distinto img
Capítulo 57 Veneno en el celular img
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El albañil de mi madre

Autor: Rodion Chijak
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Capítulo 1 Un albañil en la cocina

Nunca pensé que mi madre volvería a emparejarse después de tantos años sola. Mucho menos que lo haría con el fontanero. Literal: el tipo que fue a arreglarle una llave terminó metiéndose en su cama. Y, un tiempo después, en nuestra casa.

Al principio me pareció un cliché barato, algo sacado de una telenovela de las tres de la tarde. Me reí. Hasta se lo dije. Ella también se rió, pero había algo distinto en su mirada. No era sarcasmo. Había un brillo en sus ojos que nunca le había visto, como si algo dormido se hubiese despertado.

-No te burles -me dijo una vez, por teléfono-. Miguel es un buen hombre. Me hace sentir viva.

No respondí. Pero esa frase se me quedó clavada. Me dolió, y no entendí por qué. Tal vez fue su tono. Tan real. Tan firme. Como si, de pronto, ya no fuera solo mi madre, sino una mujer completa, encendida, con una vida donde yo no cabía.

Volver después de diez años fue como entrar en un país ajeno que hablaba mi idioma. Todo era familiar, pero nada encajaba.

Mi madre lloró apenas me vio. Me abrazó como si intentara recuperar todos los abrazos perdidos. Yo también la abracé. No sentí rabia. Solo un cansancio raro, como si acabara de terminar una carrera que nunca quise correr.

Y entonces apareció él.

Miguel.

No sabía qué esperar del hombre que estaba con mi madre pero no era eso. No era tan alto, ni tan joven, ni tan guapo. Pero tenía algo. Algo seco. Cortante. Una presencia que llenaba el espacio. Me observaba como si yo fuera un dilema.

Fue como un choque silencioso. Nada físico, pero algo se movió por dentro. Algo que no debería estar ahí.

-¿Tú eres Miguel? -pregunté.

Asintió. Me ofreció la mano. Yo, sin pensar, lo besé en la mejilla. Un gesto simple. Automático. Pero cuando lo hice, algo cambió en él. No fue visible. No se movió. Pero lo sentí.

El cuerpo lo traicionó por dentro.

Olía a algo masculino, denso. A tabaco, a esfuerzo. A cuerpo que no se esconde.

-Qué gusto conocerte -dijo.

Su voz era ronca. Casi rota. Me recorrió como un escalofrío tibio.

-No puedo creer que vayamos a pasar Año Nuevo juntas después de tanto tiempo -dijo mi madre, con los ojos brillosos-. Diez años, mi amor...

-Sí... -susurré-. Diez.

-Esta noche vamos a brindar por eso. Por nosotras. Por lo que vuelve.

Asentí, tragando saliva.

Ella se giró hacia Miguel.

-Miguel va a preparar algo especial. Tiene sus manías, pero cocina rico.

-No tanto -dijo él, apenas.

La voz me rozó. Grave. Seca.

Y no supe por qué, pero sentí que nada de todo esto iba a ser simple.

El resto fue un acto. Mi madre no paraba de hablar, de reír, de comentar cada detalle. Yo respondía, sí. Pero mi atención estaba en otra parte. En él. En sus silencios. En cómo evitaba mirarme o cómo fingía evitarlo.

Miguel. Ese era su nombre.

Durante semanas lo llamé el albañil en mi cabeza. Me costaba digerir la idea de que ahora compartiera con nosotras los espacios más íntimos de la casa. Usaba nuestras tazas, dejaba su cepillo de dientes en el baño, tendía su ropa junto a la nuestra. Camisetas manchadas, calzoncillos gruesos, toallas con olor a varón. A calle. A esfuerzo.

Y sin embargo, cada uno de esos defectos lo hacía más interesante. Más real. Más tentador.

Una vez lo vi llegar con la ropa mojada. Había estado trabajando bajo la lluvia. Se quitó la camiseta en la entrada y se secó con la toalla de la cocina. Yo estaba justo ahí.

-¿Te mojaste mucho? -le pregunté, sin mirarlo.

-Lo suficiente -respondió, secándose el cuello-. Pero no me quejo. Hay cosas peores que mojarse.

No supe qué quiso decir. Pero su tono me dejó inquieta.

Fingí estar buscando algo en la alacena. Lo espié de reojo. Su torso estaba cubierto de gotas. Tenía cicatrices pequeñas. Un tatuaje viejo. Y una línea de vello que desaparecía bajo el cinturón. Fue la primera vez que sentí un calor real entre las piernas y me odié por eso, pero también me sentí viva.

Miguel jamás me miró como a una hija. Ni como a una hermana. Me miró como a una mujer. Me observaba sin urgencia, como si tomara nota de cada gesto mío. Como si esperara que yo cometiera el primer error. Pero no era su mirada lo que más me inquietaba. Era mi reacción ante ella. Porque no me molestaba. Al contrario. Me encendía.

Una noche no pude dormir. El calor era insoportable. Abrí la ventana, me acosté en ropa interior y traté de leer. Fracasé. Cerré los ojos. Y entonces los escuché.

Ruidos. Golpes. Murmullos.

Mi madre gemía bajito, como si quisiera contenerse. Pero Miguel no se contenía. Sus gruñidos eran profundos, animales. El colchón golpeaba contra la pared con una fuerza repetitiva. Podía sentir el ritmo en el suelo y yo no me moví.

Me levanté. Caminé descalza hasta la puerta. Me asomé. No vi todo. Solo lo suficiente.

Su espalda. Sus caderas. Su fuerza. La forma en que se movía, sin ternura, con furia, con un deseo crudo. Ella estaba debajo. Apenas visible. Pero él lo ocupaba todo. Era como si el acto no se tratara de amor, ni de placer compartido. Era posesión. Pura posesión.

Mi cuerpo reaccionó al instante. Se me endurecieron los pezones. El calor se volvió humedad. El corazón me latía en el cuello. No podía respirar bien.

Volví a mi cama. Cerré la puerta. Me recosté. Pero no dormí. Me quedé mirando el techo. Tocándome. Recordando. Imaginando.

Al día siguiente, lo vi en la cocina. Estaba solo. Tomando café. Yo también. Pero esta vez no fingí tanto. Lo miré con intención y él también lo notó.

No dijimos nada.

Empecé a dejar pistas. Caminar más lento cuando pasaba junto a él. Usar camisones sin sostén. Fingir que se me caía algo para agacharme. Nada escandaloso. Solo pequeñas provocaciones. Migajas de atención. Y cada vez que lo hacía su silencio se volvía más pesado. Como si su cuerpo hablara por él.

Una tarde, mi madre salió a hacer trámites. Yo estaba en la sala, viendo algo en el celular. Él llegó con la cara sudada, traía una bolsa con herramientas. Se quitó la camiseta en la entrada. Yo fingí no mirar pero lo hice. Cada detalle. Cada gota de sudor. Cada músculo en tensión. Él me lanzó una mirada fugaz. Ni siquiera sonrió. Pero sus ojos eran una promesa.

-¿Tu mamá no te dijo cuánto se iba a demorar? -preguntó, sin moverse.

-No lo sé -respondí, sin pestañear-. ¿Te incomoda estar solo conmigo?

No respondió. Solo siguió mirándome y yo supe que esa era su forma de decir que no.

            
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