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LOS TRILLIZOS DEL CEO VIUDO
img img LOS TRILLIZOS DEL CEO VIUDO img Capítulo 1 DESESPERADA.
1 Capítulo
Capítulo 6 TENGO UN PADRE. img
Capítulo 7 LOLA DE ROSSI img
Capítulo 8 MI HIJA img
Capítulo 9 SOLEDAD img
Capítulo 10 FAMILIA img
Capítulo 11 MI VERDAD img
Capítulo 12 El hombre que no duerme img
Capítulo 13 La casa que respira img
Capítulo 14 Contratos y silencios img
Capítulo 15 El faro que delata img
Capítulo 16 Fantasmas en el jardín img
Capítulo 17 Victoria quiere más img
Capítulo 18 Decidir quedarse img
Capítulo 19 Primer pulso img
Capítulo 20 El golpe bajo img
Capítulo 21 Cinco años después img
Capítulo 22 El hombre intacto img
Capítulo 23 PARTE DOS. img
Capítulo 24 La mujer que cree img
Capítulo 25 PARTE DOS. img
Capítulo 26 Milán img
Capítulo 27 Los niños img
Capítulo 28 La mujer img
Capítulo 29 Sospecha img
Capítulo 30 La amante observa. img
Capítulo 31 La prueba img
Capítulo 32 El pánico de lo inevitable img
Capítulo 33 El ultimátum img
Capítulo 34 PARTE DOS. img
Capítulo 35 EL ULTIMATUN. img
Capítulo 36 Verdades a medias img
Capítulo 37 PARTE DOS. img
Capítulo 38 El jardín img
Capítulo 39 PARTE DOS. img
Capítulo 40 Victoria lo descubre. img
Capítulo 41 La semana de visitas img
Capítulo 42 Helena llega img
Capítulo 43 La propuesta img
Capítulo 44 Los niños deciden img
Capítulo 45 Alessandro y Helena hablan img
Capítulo 46 Territorios img
Capítulo 47 Reglas de guerra img
Capítulo 48 Helena observa img
Capítulo 49 Primer desayuno desastroso img
Capítulo 50 La oficina de Adrián img
Capítulo 51 Alessandro visita img
Capítulo 52 Cena con los abuelos img
Capítulo 53 Rutinas caóticas img
Capítulo 54 Victoria celosa img
Capítulo 55 Noche de tormenta img
Capítulo 56 Helena y Alessandro conspiran img
Capítulo 57 Los niños planean img
Capítulo 58 Primer plan: La cita falsa. img
Capítulo 59 La cena benéfica img
Capítulo 60 PARTE DOS. img
Capítulo 61 Después de la cena img
Capítulo 62 Victoria ataca img
Capítulo 63 Isabella entra img
Capítulo 64 El hijo enfermo img
Capítulo 65 Confesión nocturna img
Capítulo 66 Plan de los niños. img
Capítulo 67 Alessandro y Helena se enamoran. img
Capítulo 68 Lola los descubre img
Capítulo 69 Cena familiar img
Capítulo 70 El cumpleaños de los niños. img
Capítulo 71 Después de la fiesta img
Capítulo 72 Helena acelera img
Capítulo 73 Fin de semana solos - Parte 1 img
Capítulo 74 Fin de semana solos - Parte 2 img
Capítulo 75 Confesiones img
Capítulo 76 Ernesto ejecuta su plan. img
Capítulo 77 Isabella llega a NY img
Capítulo 78 Victoria Pelea. img
Capítulo 79 Sofía juega su carta img
Capítulo 80 La batalla comienza img
Capítulo 81 En crisis img
Capítulo 82 Los niños sufren img
Capítulo 83 Contraataque img
Capítulo 84 Isabella cae primero img
Capítulo 85 Ernesto expuesto img
Capítulo 86 Victoria desesperada img
Capítulo 87 Cierre de villanos img
Capítulo 88 Adrián recupera su puesto de CEO img
Capítulo 89 La propuesta real img
Capítulo 90 Los niños se enteran img
Capítulo 91 Alessandro y Helena también img
Capítulo 92 Preparativos de boda img
Capítulo 93 LA BODA img
Capítulo 94 Luna de miel img
Capítulo 95 Dos años después img
Capítulo 96 Epílogo Final - Cinco años después img
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LOS TRILLIZOS DEL CEO VIUDO

Autor: cinthia vanessa
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Capítulo 1 DESESPERADA.

POV LIA

El monitor marcaba el latido irregular de mi madre, un bip intermitente que ya no me inmutaba. Lo había oído tantas veces que se fundía con el aire estéril del hospital, igual que su voz ronca cuando levantó la vista hacia mí.

-Pensé que hoy no vendrías -dijo, con un hilo de esfuerzo.

-Claro que vengo.

Le ajusté la manta con movimientos prácticos, sin fingir ternura. No me salía, y ella lo sabía mejor que nadie.

-Estás peor que yo -murmuró, intentando una sonrisa que se quebró a medio camino.

-No digas tonterías -repliqué, sin apartar la mirada de sus manos delgadas, aferradas a la sábana como si temieran soltarse.

No insistió. Yo tampoco. Hablar era un lujo que ninguna podíamos permitirnos; gastaba fuerzas que escaseaban.

La cuenta del hospital crecía como una sombra inevitable. No necesitaba ver los números para sentir su peso: en el tono cortante de las enfermeras, en las miradas esquivas de los médicos, en cómo mi madre se disculpaba hasta por el aire que respiraba. Era una deuda que la mataría antes que la enfermedad, si no hacía algo.

Caminé de vuelta al apartamento sin pensar en nada, o al menos intentándolo. En cuanto cerré la puerta, el silencio me golpeó como un reproche. Encendí la computadora; un correo nuevo del trabajo parpadeaba en la bandeja.

"Mañana: entrevistas para el programa de gestación subrogada. Usted recibirá a las candidatas. Asisten Jorge y Camila Valdez."

No debería haberme impactado. Llevaba semanas oyendo rumores sobre eso en los pasillos de Valdez Enterprises. La pareja Valdez lo había probado todo: tratamientos, adopciones fallidas. Ahora buscaban un vientre de alquiler. El dinero no era un obstáculo para ellos. Nunca lo era.

Para mí, sí lo era.

Abrí el archivo con las deudas médicas. El total se había disparado de nuevo, un número rojo que me quemaba los ojos. Cerré la pestaña antes de que las manos me temblaran.

El pago que ofrecían por la subrogación era suficiente para borrarlo todo. Lo había visto de reojo en un borrador de contrato mientras preparaba documentos. Suficiente para tratamientos, rehabilitación, incluso para un respiro. No lo pensé más de tres segundos. O eso intenté.

Pero la idea se clavó, como una astilla.

Llegué temprano al día siguiente. La sala de entrevistas era fría y simétrica, como todo en Valdez Enterprises: paredes de vidrio inmaculado, muebles minimalistas que gritaban poder. Coloqué carpetas, botellas de agua, bolígrafos alineados. Revisé la lista de candidatas. No tuve tiempo para más.

Camila Valdez entró primero, sus tacones marcando un ritmo preciso contra el suelo pulido.

-Gracias, Lía. Lo necesitábamos listo hoy -dijo, escaneando la habitación como si buscara grietas en la perfección.

-Está preparado -respondí, neutra.

Asintió, pero no sonrió. Últimamente, sus labios eran una línea tensa, marcada por años de decepciones.

Adrián llegó detrás, alto e imponente, con esa mirada que evaluaba, diseccionaba y descartaba en un parpadeo.

-¿Puntuales? -preguntó, sin preámbulos.

-Ya están en el pasillo -confirmé.

-Perfecto. No quiero perder tiempo.

Camila se volvió ligeramente hacia él.

-Tampoco queremos tratarlo como un trámite frío.

-Es un proceso -corrigió él, sin mirarla-. No un duelo interminable.

Ella inspiró hondo, un suspiro que él ignoró. Yo no. Vi el dolor en sus ojos, el abismo entre ellos que crecía con cada intento fallido.

La primera candidata entró: una mujer robusta, con mirada tensa y hombros cuadrados por la vida.

-Tengo dos hijos -dijo, antes de que le preguntaran, como si eso la definiera.

Adrián revisó sus papeles con frialdad.

-¿Motivo?

-Deudas. Necesito empezar de nuevo.

-Entiendo -dijo él, aunque era obvio que no. Jorge Valdez nunca había tocado fondo.

Camila la observó con una mezcla de empatía y recelo.

-¿Está segura? Esto es duro, física y emocionalmente.

La mujer levantó la barbilla, desafiante.

-Más duro es verlos pasar hambre.

Jorge cerró la carpeta con un chasquido.

-Siguiente.

No hubo despedidas. Solo la puerta cerrándose tras ella.

La segunda era joven, demasiado joven, con manos entrelazadas y una determinación febril en los ojos.

-Estoy lista -afirmó, como un mantra.

-La pregunta no es esa -replicó Adrián sin levantar la vista-. Es si aguantarás los nueve meses, los chequeos, la entrega.

-Sí.

-Bien. Si mientes, lo sabremos. Hay cláusulas para eso.

Camila intervino, su voz suave pero firme:

-Basta, Jorge. No estamos interrogando criminales.

-Estamos eligiendo quién llevará a nuestro hijo -contraatacó él-. No pienso equivocarme otra vez.

La chica tragó saliva, visiblemente. Yo sentí el nudo en mi propia garganta, como si fuera mío.

Mientras ellos debatían, algo crecía en mí. No un impulso romántico, no un sueño heroico. Un cálculo frío. Las mujeres que entraban tenían razones reales, vidas rotas que yo podía entender, aunque las mías fueran distintas. Pero ninguna tenía a una madre atada a un monitor, con una factura que la asfixiaba más que el cáncer.

Cuando me quedé sola unos minutos, fui por más formularios. Toqué el papel; estaba frío, impersonal.

Podría ser yo.

No quería pensarlo. Pero era verdad: saludable, sin hijos, disponible. Y desesperada.

Guardé un formulario vacío en mi bolso, sin saber si era valentía, estupidez o pura locura. O todo a la vez.

Pasé por el hospital al final del día. Mi madre dormía, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo. Me senté a su lado, en la penumbra.

Saqué el formulario, lo miré un segundo bajo la luz tenue, y lo guardé de nuevo.

-Voy a sacarte de aquí -susurré.

No supe si se lo decía a ella... o a mí misma.

            
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