Mi teléfono vibró unos minutos después. Era él.
"¿Carla? ¿De verdad eres tú?", decía el mensaje de Jesús. "Vaya. Eso es... inesperado".
"Lo es", respondí, mis dedos sorprendentemente firmes.
"¿Todo bien? Lo último que supe es que seguías con Braulio". Su pregunta fue simple, directa.
"Terminamos hoy", confirmé, las palabras sintiéndose extrañamente ligeras ahora que estaban al descubierto. "Diez años. Se fueron".
"Lamento escuchar eso", respondió. "Pero sobre tu oferta... ¿sin ataduras? ¿Una asociación?".
"Exactamente", escribí. "Estoy cansada de juegos. Cansada de tratar de encajar en un mundo que no me quiere. Solo quiero estabilidad, respeto y una familia. Alguien que me valore por quien soy. Pareces un buen hombre, Jesús. Honesto. Confiable. Y tu perfil dice que quieres las mismas cosas".
Su respuesta llegó casi al instante. "Las quiero, Carla. Más que nada. Y te conozco. Eres una buena mujer. Siempre lo has sido. Mi misión termina en dos semanas. Estoy programado para mi baja. Tengo una casa, pagada, en Veracruz. No es un rascacielos en la Ciudad de México, pero es nuestra. Sin hipoteca. Tengo ahorros y recibiré una buena liquidación del ejército. No será el mundo de Braulio, pero nunca te preguntarás cuál es tu lugar conmigo. Seremos socios. Iguales. ¿Qué dices?".
Expuso su vida, desnuda y honesta. La vida militar significaba un ingreso estable, pero no una riqueza extravagante. Su casa, un activo totalmente pagado, hablaba de responsabilidad. No era rico, pero tenía los pies en la tierra. Ofrecía una vida construida sobre cimientos sólidos, no sobre fachadas brillantes.
"Digo que sí", respondí, una calma sorprendente extendiéndose por mí. El contraste con el mundo de Braulio era absoluto y, de repente, increíblemente atractivo.
"Genial", respondió Jesús por texto. "Estaré en casa en exactamente dos semanas. Podemos ir al registro civil al día siguiente de que aterrice. ¿Te parece bien?".
"Me parece perfecto", confirmé. "Para entonces ya estaré fuera del departamento".
Cerré la aplicación, una extraña mezcla de alivio y temor me invadió. Justo en ese momento, apareció una notificación de Instagram. Era Braulio. Había etiquetado a Kenia Montes en una foto. Estaban en la gala de beneficencia que no podía perderse. Kenia, envuelta en un vestido de diseñador, tenía su mano descansando casualmente en su brazo. Se veían... perfectos juntos, de esa manera pulida y aprobada por la sociedad.
Miré la foto, luego, sin pensar, toqué el ícono del corazón. Un like. Un pequeño acto de desafío.
Segundos después, mi teléfono sonó. Un mensaje de Braulio. "¿En serio, Carla? ¿Le das like a mis publicaciones? Estás siendo tan mezquina. Se acabó. Supéralo. Y Kenia es como una hermana para mí. No seas celosa".
Una hermana. La había llamado así innumerables veces a lo largo de los años. Pero Kenia siempre había sido más que una hermana. Era la que su familia aprobaba, la que tenía un origen que coincidía con el suyo. Recordé las conversaciones en voz baja, la forma en que sutilmente nos comparaba. "Kenia maneja estas cosas con tanta gracia", decía, o "La familia de Kenia tiene conexiones tan interesantes". Esas comparaciones me habían dolido, habían erosionado mi confianza a lo largo de los años. Siempre me había esforzado más, vestido mejor, estudiado los temas de actualidad, todo para cerrar la brecha que él y su familia veían entre nosotros. Siempre había cedido.
Pero esa era la antigua Carla.
"Braulio", escribí, un nuevo tipo de claridad instalándose en mi mente. "Terminamos. Y tu vida, Kenia, tus galas... nada de eso tiene que ver conmigo ya". Luego, con un deslizamiento decisivo, bloqueé su número. Y luego, por si acaso, lo bloqueé en todas las redes sociales. El silencio se sintió como la libertad.