Días después, el médico recibió los resultados. Sus sospechas, aquellas que no quería mencionar, se habían materializado en letras frías sobre un papel.
-¿Qué pasa, doctor? -preguntó Ana Laura, sintiendo que el aire se espesaba.
El médico miró al niño con una tristeza profesional.
-Diego, hay una pecera afuera en el pasillo. ¿Quieres ir a alimentar a los peces?
-¡Sí, claro! -respondió Diego, emocionado por la distracción.
En cuanto el niño salió, Ana Laura se inclinó hacia adelante, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
-Algo pasa, ¿verdad?
-Sí, Ana Laura. Diego tiene cáncer.
El mundo se detuvo. Ana Laura sintió un golpe seco en el pecho, como si el corazón se le hubiera hecho añicos.
-¿Cómo? ¡Es un niño! ¡No puede tener cáncer!
-Lo siento mucho. A los niños también les da cáncer, y hay que comenzar el tratamiento de inmediato. Te aconsejo que sea por el seguro del Estado, porque es sumamente costoso.
-¡Ellos no van a hacer nada por él! -estalló ella, con los ojos anegados en lágrimas-. Nunca hay médicos, nunca hay medicinas... ¡Así pasó con mi mamá! ¡Ayúdeme, por favor!
-Lo único que puedo hacer es enviarte a fundaciones. Tendrás que pagar, pero no será tanto como en una clínica privada.
Ana Laura comenzó entonces una carrera contra el tiempo. Pero parecía que el solo hecho de ponerle nombre a la enfermedad la hubiera acelerado. Diego ya no retenía la comida; el cáncer de estómago, el mismo que se llevó a su madre, avanzaba sin piedad. Ella lloraba sin consuelo en las noches, sintiendo que vivía una pesadilla de la que no podía despertar.
Florencia, Italia
-¡Alex! -gritó una mujer, despertando entre sábanas de seda.
-¿Qué pasa? -respondió él. Alejandro era un hombre de una apostura deslumbrante: ojos verdes profundos y piel morena.
-Leonela, tienes que irte -sentenció Alejandro sin mirarla.
-¿Por qué?
-Porque tengo que ir a la oficina. Si no voy, mi papá me mata, y lo digo literalmente.
-¿Nos vemos esta noche? -preguntó ella, enredándose en las cobijas.
-No, no puedo. ¡Y ya vete! Es en serio, largo.
Alejandro Barcherotti no era un hombre cualquiera; era uno de los herederos de la fortuna de la familia Barcherotti, una de las estirpes más ricas de Italia. Al llegar a la oficina, el personal corría para atender sus caprichos. A pesar de su arrogancia con las mujeres y su miedo al compromiso, era amable con sus empleados, aunque su fama de libertino lo precedía.
-¡Alex! -tronó una voz en el despacho principal.
-Papá, ¿cómo estás?
-¿Cómo quieres que esté?
-Ay, no... ¿Ahora qué hice? -preguntó Alejandro, dejándose caer en una silla de cuero.
-Anoche te fuiste de la fiesta con la hija de uno de nuestros socios. ¡Eso hiciste!
-Ella no es una niña, papá. Se fue conmigo porque quiso, no la obligué.
-¡Alejandro! Ya tienes veintitrés años. Vas a ser el dueño de todo esto, ¡madura de una vez!
-Hago lo que me pides -replicó Alejandro con hastío-. Estudio finanzas porque tú lo pediste. Trabajo aquí porque tú lo pediste. ¿Qué más quieres?
-¡Que no tenga que pedirte nada! ¡Que hagas las cosas porque te nazcan! Tu abuelo y yo hemos pensado que ya es hora de que sientes cabeza.
Alejandro soltó una carcajada sarcástica.
-Papá, tengo veintitrés años, no treinta.
-¿Y? Yo me casé a los veinte. En esta familia construimos imperios, y eso no se hace de la noche a la mañana. Tu abuelo quiere conocer a la próxima Señora Barcherotti antes de morir.
-Tú y el abuelo están locos. Por cierto, para mi cumpleaños veinticuatro quiero un Ferrari nuevo.
Al llegar a la mansión, Alejandro encontró a su madre.
-¡Mamá! Vaya... ¿qué haces?
-Hola, hijo. Él es Ramón, mi profesor de gimnasia -presentó ella, señalando a un hombre fornido.
-¿Y mi papá sabe cómo es? -preguntó Alejandro, escaneando a Ramón de arriba abajo.
-Sí, claro.
-¿Y lo aceptó? -insistió extrañado.
-Es gay -le susurró su madre al oído.
Alejandro asintió, restándole importancia.
-Oye, mamá, mi papá y el abuelo quieren casarme. ¿Lo sabías?
-Sí, Don Patricio está obsesionado con esa idea. Ya sabes que prefiere a tu primo Luciano antes que a Gerónimo.
-Es una locura. ¿Yo casado?
-Alex, no es una locura -dijo su madre con tono serio-. Ramón, es suficiente por hoy, vete. Gracias.
Cuando se quedaron solos, ella continuó:
-Hijo, si tu primo Fabricio se casa primero, se queda con la dirección de las empresas. ¿Y nosotros qué? ¿Nos conformaremos con una pequeña parte? Tu padre no va a perder su legado.
-¿Y Fabricio ya tiene candidata?
-Parece que sí. Laura llamó feliz diciendo que su hijo formalizó su compromiso con una bailarina española. Así que tu papá necesita que tú también te comprometas.
-¡Pero mamá! ¡Apenas voy a cumplir veintitrés!
-Yo me casé a los veinte, tu padre a los veintiuno. Esta familia...
-Sí, ya sé -la interrumpió Alejandro subiendo las escaleras-. Esta familia construye imperios.
Esa noche, Luciano entró al cuarto de su hijo como un huracán.
-¡Alejandro! Necesitamos hablar ahora. Fabricio se ha comprometido. Si él se casa primero, perdemos el control de las empresas y yo no me voy a quedar a cargo solo de los cultivos.
-¿Y qué quieres que haga?
-¡Que te cases! No sé con quién, pero lo haces. Serán solo dos años, lo necesario para asegurar el control total. Luego te divorcias y sigues con tu vida de soltero.
-¿Y dónde consigo esposa? ¿Pongo un anuncio?
-No lo sé, pero no voy a perder lo mío por tu culpa. Ah, y mañana te vas a México. Sales a las siete de la mañana por negocios, así que no llegues tarde.
Alejandro, con una mezcla de rabia y resignación, tomó su celular y marcó un número.
-¿Rodrigo? Soy Alejandro. Mañana llego a México. Tengo un problema... allá te cuento.
México: El Encuentro con el Destino
El sol de México recibió a Alejandro con una intensidad que no esperaba. Al salir del aeropuerto, su amigo Rodrigo, uno de los jóvenes más acaudalados del país, lo esperaba en un deportivo.
-¡Alejandro! -exclamó Rodrigo abrazándolo-. ¡Qué milagro! ¿Acapulco? ¿Playa? ¿Mujeres lindas?
-No creo, Rodrigo. Mi padre me envía por negocios y tengo la soga al cuello. Necesito una esposa, y la necesito ya.
Mientras Alejandro se subía al coche de lujo, a unos pocos kilómetros de allí, en un mercado polvoriento, Ana Laura contaba sus últimas monedas, rogando por un milagro para salvar a Diego. Ella necesitaba dinero; él necesitaba una mujer. El destino estaba a punto de cruzar sus caminos de la forma más inesperada.