-Necesito que la transformes. Vuélvela elegante, sofisticada... ¡Preciosa! -ordenó Rodrigo mientras se servía una copa de vino.
Ana Laura se sentía como un experimento en un laboratorio. Francesco tocaba su cabello, miraba sus manos curtidas por el trabajo y se quejaba del descuido de su piel.
-¡Oiga! ¿Puede o no puede? -le espetó Ana Laura, perdiendo la paciencia-. Porque ya no soporto tantas quejas.
Rodrigo soltó una carcajada; le encantaba el fuego que ella aún conservaba bajo su timidez.
-¿De qué te ríes? -preguntó Francesco, poniéndose una mano en la cintura en pose de indignación-. ¡Está muy descuidada!
-Ya lo sé, por eso te busqué -respondió Rodrigo cruzando las piernas-. Manos a la obra.
Durante dos semanas, Ana Laura vivió un calvario de belleza. Cabello, cutis, uñas. Pasó días enteros con gorros térmicos y mascarillas. En la clínica, la gente la miraba con extrañeza cuando iba a visitar a su hermano.
-¿Qué es eso, hermana? -preguntó Diego, señalando la extraña gorra de aluminio.
-Esto es parte de tu recuperación, hermano -mintió ella, besando su frente-. Haría cualquier cosa por ti.
-¿Qué estás haciendo por mí? -preguntó él con su carita cansada.
-Tú no te preocupes. Solo lucha y sé valiente, ¿de acuerdo?
Al día siguiente, Francesco la metió en una cápsula de vapor.
-¿Esto para qué es? -preguntó ella con miedo.
-Para limpiar tu piel. ¡Parece que te la han tostado al sol, qué horror! -dijo él encendiendo la máquina.
Cuando salió, sentía que la piel le ardía. Luego, la llevó a un jacuzzi lleno de espuma.
-¿Y esto qué es? -preguntó ella, abrumada.
-¡Ay, no! ¿Tengo que explicarte todo? -dijo él con un gesto teatral-. ¡Entra ya! -añadió mientras le quitaba el camisón.
-¡Oye! ¿Qué haces?
-Tranquila, no me gustan las mujeres.
-De eso me di cuenta al segundo de conocerte -replicó ella, entrando al agua temerosa.
Después de catorce días de tratamientos, clases de etiqueta, lecciones de arte y cultura general, Ana Laura era otra persona. Francesco llegó con un vestido negro de corte impecable y zapatos de tacón con brillantes.
-¡Aquí tienes! Estás preciosa. Pareces otra, no la "mugre con vida" que entró aquí.
-Oye, ¡no te pases! -le advirtió ella, aunque al verse al espejo, apenas se reconoció. Tenía el cabello suelto y sedoso, su piel morena brillaba con salud y sus dientes habían sido blanqueados a la perfección.
Afuera, Rodrigo esperaba ansioso. Cuando la puerta se abrió y Ana Laura apareció, él se quedó perplejo. La copa de vino casi se le resbala de la mano.
-¡Wow! ¿Es en serio? ¿Es ella? -preguntó asombrado.
-¡Es ella! ¿Cómo quedó? -presumió Francesco.
-Hermosa es poco. Ana Laura, yo sabía que eras linda, pero esto... esto es otra cosa.
Días después, Alejandro aterrizó nuevamente en México. Bajó del avión privado con la chaqueta al hombro y el ceño fruncido.
-¡Alex! Bienvenido -dijo Rodrigo haciendo una reverencia burlona.
-Ya deja las bromas. ¿Dónde está ella?
-En mi departamento. Espero que no te desmayes cuando la veas.
Ana Laura esperaba en la habitación, caminando de un lado a otro. Al ver llegar el auto por la ventana, el corazón le saltó en el pecho. Empezó a comerse una uña por los nervios, pero se detuvo al instante. "¡No! Las voy a dañar", se recordó.
Rodrigo abrió la puerta del departamento y Alejandro entró mirando a su alrededor con impaciencia.
-¿Dónde está?
-¡Cálmate! Alex... te presento a tu futura esposa: ¡Ana Laura de Barcherotti!
Ana Laura salió de la habitación. Llevaba el vestido negro que resaltaba sus curvas y su elegancia natural. Alejandro se quedó congelado. Sus ojos recorrieron cada detalle: la suavidad de su piel, la profundidad de sus ojos café claro, la seguridad que ahora proyectaba su porte. Tuvo que tragar en seco.
-¿Eres Ana Laura? -preguntó con una voz que no parecía la suya.
-Sí, soy yo -respondió ella, bajando la mirada. Su presencia la intimidaba tanto como la primera vez.
Alejandro no podía dejar de verla. El contraste entre la niña que vio en el mercado y esta mujer sofisticada era casi irreal.
-¡Rodrigo, tenías razón! -dijo sin salir de su asombro-. Nunca imaginé que se vería así. Está... hermosa.
Rodrigo sonrió con satisfacción, pero Ana Laura seguía mirando hacia abajo. Sabía que su belleza era solo el envoltorio de un contrato, y que el hombre frente a ella no era su salvador, sino su dueño por los próximos dos años.