Eleanor Vance no había cerrado los ojos. Observaba cómo el cuerpo de Lord Alistair Thorne pasaba por una metamorfosis inversa: un proceso que sonaba menos violento, pero parecía más doloroso en su patética fragilidad. Los músculos hipertrofiados se contraían en espasmos agónicos, el pelaje oscuro se retraía en los poros y los huesos crujían al tratar de volver a sus posiciones originales.
Alistair soltó un gemido que rompió el silencio del amanecer. Ya no era un monstruo, pero apenas parecía un ser humano. Estaba desnudo entre los restos de su camisa de seda, cubierto de sudor frío y moretones profundos que marcaban donde la bestia había intentado romper su piel.
-Bates... -susurró Alistair, recuperando su voz humana, aunque sonaba como cristal roto-. Agua...
-Bates no vendrá todavía -respondió Eleanor, levantándose con una rigidez que delataba su propio cansancio. Se acercó a él y, con una naturalidad que habría escandalizado a cualquier dama de Londres, cubrió los hombros del aristócrata con una manta de lana-. Sus correas siguen puestas, Milord. No las soltaré hasta que compruebe su pulso.
Alistair apoyó su frente contra el suelo frío de madera. Sus manos, ahora de dedos largos y pálidos, temblaban violentamente. -¿Sigo siendo... yo? -preguntó, alzando la mirada. Sus ojos ya no eran ámbar, ahora eran de un gris tormentoso, nublados por la fatiga.
-En un noventa y ocho por ciento -respondió ella, tomando su muñeca para medir su ritmo cardíaco-. El otro dos por ciento es el residuo químico que nos permitirá trabajar la próxima vez. Su resistencia ha sido... notable.
Eleanor comenzó a desabrochar las hebillas de plata. Al sentir sus dedos en su piel, Alistair experimentó una sacudida que no tenía que ver con el veneno. Era una conciencia aguda de la mujer que lo había visto en su estado más abyecto y no había parpadeado.
-Me llamó cruel -dijo ella, mientras limpiaba una herida en el costado del conde-. ¿Lo sigue pensando?
Alistair soltó una risa ronca, intentando incorporarse con la ayuda de Eleanor. Por un momento, quedaron a pocos centímetros. El conde percibió en ella el aroma a jabón de glicerina y productos químicos, un olor limpio que parecía anclarlo a la realidad.
-Es usted una criatura aterradora, señorita Vance. Ha mirado al abismo y le ha tomado la temperatura con un termómetro. -Él la miró fijamente-. ¿No sintió ni un ápice de miedo cuando mis garras tocaron su mejilla?
-El miedo es una pérdida de tiempo cuando se tiene un objetivo -replicó ella, aunque por primera vez, desvió la mirada hacia su maletín-. Además, sabía que no me haría daño. No porque no quisiera, sino porque su voluntad es su rasgo más arrogante, Milord. Y usted odia perder el control.
Un golpe seco en la puerta interrumpió el momento. No era el mayordomo. Era un golpe rítmico y autoritario.
-¡Thorne! -una voz potente y áspera resonó desde el pasillo-. ¡Soy el Inspector Blackwood! Tenemos informes de disturbios en la propiedad y el avistamiento de un animal salvaje. Abra la puerta o la echaremos abajo en nombre de la Corona.
El rostro de Alistair se volvió de una palidez mortal. -Blackwood... pertenece a la Orden de la Luna Blanca. Si entra y ve este desastre... si ve las correas de plata...
Eleanor reaccionó de inmediato. Guardó las correas en su maletín de doble fondo y lanzó los frascos vacíos tras una estantería. -Cúbrase con la manta y siéntese en el sillón. Finja una crisis de tisis o una debilidad intensa por los pulmones. Yo me encargaré de la narrativa.
-Señorita Vance, si descubren que estoy asociado con esto, me colgarán por brujería o algo peor -advirtió Alistair, luchando por levantarse.
-Entonces asegúrese de parecer un caballero moribundo y no un lobo hambriento -sentenció ella, ajustándose el cuello de su vestido y caminando hacia la puerta con una expresión de perfecta indignación victoriana.
Eleanor abrió la puerta justo cuando el Inspector Blackwood se preparaba para embestir. El hombre, robusto, con patillas grises y ojos de cazador, retrocedió sorprendido ante la presencia de la mujer.
-¿Qué significa esta intrusión? -exclamó Eleanor, bloqueando la entrada con su propio cuerpo-. Lord Thorne está sufriendo una crisis respiratoria aguda bajo mi cuidado médico. ¿Es que la policía de Londres ya no respeta el descanso de un noble enfermo?
Blackwood entrecerró los ojos, intentando mirar por encima del hombro de ella hacia la habitación en penumbra. -Hemos seguido el rastro de una bestia desde los muelles, señorita... ¿Vance, verdad? La famosa "médica de los suburbios". Extraño encontrarla en Mayfair. Huele a sangre aquí.
-Huele a tratamiento para la anemia y a sudor de fiebre -mintió Eleanor con una calma aterradora-. Si desea entrar, necesitaré ver una orden firmada por el Comisionado, o de lo contrario, mi siguiente nota será para el Times, detallando cómo la policía acosa a un héroe de guerra en su lecho de muerte.
Tras una tensa confrontación, Blackwood se retiró, aunque su mirada prometía que esto no había terminado. Eleanor cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, dejando salir el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Alistair la observaba desde el sillón, envuelto en su manta, con asombro y algo que comenzaba a arder más que la propia transformación.
-Lo ha salvado, Milord -susurró ella sin mirarlo-. Pero Blackwood tiene razón en algo. El olor no se irá fácilmente. Y ellos saben que algo cambió anoche en la mansión Thorne.
Alistair se puso en pie, caminando con dificultad hasta quedar detrás de ella. Extendió una mano, dudando si tocar su hombro, y finalmente la dejó caer. -¿Por qué me protege de esa manera, Eleanor? No es solo por la ciencia. No se arriesga la vida ante un inspector de la Corona solo por una "patología fascinante".
Eleanor se giró, encontrando sus ojos. El silencio se prolongó, cargado de una electricidad nueva, una que no provenía de la luna llena, sino de la innegable conexión entre dos parias.
-Porque el mundo necesita monstruos que puedan pensar -dijo ella en voz baja-, y yo necesito a un hombre que no me tenga miedo por ser más inteligente que él.
En ese instante, desde el jardín, llegó un sonido que heló la sangre de ambos: un silbido bajo, melódico y humano. Alguien estaba marcando la casa.