Ella preparó un cuenco con agua tibia y tintura de caléndula. Se arrodilló entre las piernas de Alistair para atender sus heridas. Al retirar los restos de la manta, la vista de su torso-cubierto de cicatrices antiguas de guerra y nuevas laceraciones de la transformación-hizo que las manos de Eleanor vacilaran un instante.
-¿Te duele? -preguntó ella, mientras pasaba la esponja por un corte profundo en sus costillas.
Alistair siseó, pero no por el antiséptico. El toque de los dedos de Eleanor, firmes pero increíblemente delicados, era un contraste tortuoso con la brutalidad que había experimentado hace poco.
-El dolor es un viejo amigo, Eleanor -respondió él, su voz aún resonando en un barítono profundo-. Pero su tacto... es algo que mi memoria no sabe cómo clasificar.
Él se inclinó hacia adelante, acortando la distancia entre ambos. El olor a hierro y Loto de Plata se entremezclaba con el calor que aún emanaba de su piel. Alistair extendió una mano y, con una delicadeza inusual para la bestia que había sido horas antes, apartó un mechón rebelde del rostro de la joven científica. Sus dedos rozaron la oreja de ella, descendiendo lentamente por la línea de su mandíbula.
-Anoche dije que quería arrancarle la vida -susurró él, con los ojos fijos en sus labios-. Pero ahora, lo único que deseo es entender cómo es posible que una mujer tan pequeña pueda contener un incendio tan grande sin quemarse.
Eleanor no se apartó. Su pulso, que siempre mantenía bajo control, entregó su calma con un latido acelerado en la base de su garganta que Alistair pudo sentir bajo su pulgar. -La ciencia requiere fuego para purificar los metales, Milord -respondió ella, casi en un susurro-. Y tú eres el metal más difícil que he tenido que forjar.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. El espacio entre ellos estaba a punto de desaparecer, pero un sonido externo rompió el hechizo.
Un silbido agudo y melódico cortó el aire. Era una marcha fúnebre distorsionada, lenta y burlona.
Alistair se tensó al instante. Sus fosas nasales se dilataron. El hombre que había sido vulnerable desapareció, dejando a un depredador en alerta. Se acercó a la ventana y apartó la cortina apenas un centímetro.
Abajo, en la penumbra de los setos helados, una figura delgada vestida con un abrigo grisáceo permanecía de pie. El intruso levantó la vista, revelando una máscara de porcelana blanca que brillaba bajo la luz grisácea del amanecer. Sin rasgos, solo dos orificios negros que parecían mirar directamente hacia la habitación.
El desconocido sacó una moneda de plata, la lanzó al aire con un tintineo metálico y, al atraparla, hizo una reverencia burlona antes de desaparecer entre la niebla del jardín.
-No es la policía -gruñó Alistair, apretando el marco de la ventana hasta que la madera crujió-. Es la Cacería de Hierro. Mercenarios que trabajan para quienes desean mi título y mi muerte. Saben que el suero no me mató. Saben que sigo aquí.
Eleanor se acercó a él, preocupada por su repentina agitación, pero cuando puso una mano en su hombro para calmarlo, Alistair se dio la vuelta con una rapidez inhumana, tomándola de las muñecas.
-¡Atrás! -exclamó él, cerrando los ojos con fuerza.
-¿Qué sucede? ¿Es la luz del sol?
-No es la luz... es... todo -Alistair jadeó, cayendo de rodillas.
El Loto de Plata había causado una anomalía. Al forzar su mente a permanecer consciente durante la transformación, el suero había abierto una puerta entre sus instintos animales y su razón.
-Puedo oírlo todo, Eleanor -dijo él con voz entrecortada-. Oigo a los ratones moviéndose en los cimientos... oigo el aceite ardiendo en las lámparas de la calle a dos manzanas de aquí... y veo... -abrió los ojos, y Eleanor retrocedió un paso, abrumada.
Las pupilas de Alistair no eran ámbar ni grises. Eran plateadas y líquidas, como mercurio vivo.
-Veo los colores de tu sangre moviéndose bajo tu piel -susurró él, fascinado y horrorizado-. Veo el calor de tu cuerpo como una aureola dorada. Tu corazón... suena como un tambor de guerra en esta habitación. Cada vez que parpadeas, escucho tus pestañas rozar tu piel.
Alistair extendió su mano hacia el aire vacío, intentando atrapar partículas de polvo que, para él, brillaban como brasas. -El suero no detuvo la transformación, Eleanor. La ha fusionado conmigo. No soy un hombre que se convierte en lobo... soy algo que siempre está viendo el mundo a través de los ojos de la bestia.
Eleanor, recuperando su compostura profesional a pesar de que sus manos temblaban, tomó su cuaderno y anotó bajo la luz del alba:
"Observación 2: El Loto de Plata ha generado una sinestesia sensorial extrema. El paciente ha retenido los sentidos del lobo en su forma humana. El límite entre las especies se ha borrado. El verdadero peligro ya no es la luna llena; es que Alistair Thorne es ahora el depredador más perfecto que Londres haya visto jamás."