Él llevaba unas gafas de cristales ahumados, una solución rudimentaria que Eleanor había improvisado para proteger sus nervios ópticos del bombardeo de luz. Alistair se reclinaba en el respaldo, sus manos enguantadas aferrándose a los brazos del asiento con una fuerza que hacía crujir la estructura.
-Es demasiado -susurró, su voz sonando como el roce de dos placas de metal-. No es solo el ruido, Eleanor. Es la información. Puedo escuchar el mecanismo de los relojes de bolsillo de los hombres que pasan a cincuenta metros. Oigo la fricción de la sangre en sus venas. Londres es un grito constante.
Eleanor, impasible pero con un destello de curiosidad científica en sus ojos, sacó su cuaderno de notas. -Su cerebro está tratando de procesar datos que antes eran subconsciente de la bestia. El Loto de Plata ha fusionado sus dos naturalezas. Dime, Milord, entre todo ese ruido... ¿puede localizarlo?
Alistair se inclinó hacia adelante, y aunque llevaba las gafas oscuras, Eleanor sintió la intensidad de su mirada plateada. -El olor que dejó en la biblioteca... era frío. Como la porcelana húmeda y el azufre. -Cerró los ojos un momento, filtrando el hedor del Támesis y el humo de las chimeneas-. Ahí. Calle Gale, a dos manzanas. Huele a conservantes químicos... a embalsamamiento.
Bajaron del carruaje en una zona de almacenes abandonados, donde la niebla se arremolinaba como un fantasma perezoso. Para cualquier humano, la visibilidad era apenas unos metros. Para Alistair, la niebla era casi transparente, una cortina de partículas que él podía ver individualmente.
-Se movió por aquí hace menos de una hora -dijo Alistair, comenzando a caminar con una gracia depredadora que a Eleanor le resultaba perturbadora y fascinante. Sus pasos eran silenciosos, como si sus botas apenas tocaran el suelo-. Su rastro es una cinta de color ceniza en el aire. No tiene el trazado cálido de un ser vivo.
Eleanor lo seguía de cerca, sosteniendo un pequeño espectroscopio modificado y su maletín médico. -Si la Cacería de Hierro está usando compuestos alquímicos para ocultar su rastro humano, mi suero reaccionará a las partículas. Pero lo que describes, Alistair... ese olor a embalsamamiento... no es un compuesto químico convencional. Es necropsia.
Se detuvieron frente a una vieja cristalería, un edificio de tres plantas con ventanales rotos que asemejaban dientes astillados. El aire aquí estaba extrañamente quieto.
-Está arriba -dijo Alistair en un susurro que vibró en el pecho de Eleanor-. Puedo oír el latido de un corazón, pero es lento. Demasiado lento. Y el roce de una cuerda de cáñamo... ¡Eleanor, al suelo!
Antes de que la flecha de plata pudiera alcanzarla, Alistair la rodeó con un brazo y la lanzó tras una columna de ladrillos justo cuando una saeta de ballesta se clavaba en la madera con un impacto sordo. El impacto habría atravesado el cráneo de Eleanor de no ser por la reacción inhumana de Alistair.
-Quédate aquí -gruñó él. Su voz ya no sonaba aristocrática; tenía un eco metálico, consecuencia de su nueva laringe ajustada-. No te muevas hasta que te lo diga.
Alistair no usó las escaleras. Se impulsó hacia una tubería de hierro fundido, doblándola bajo su fuerza, y trepó por la fachada con la agilidad de una sombra. Eleanor, ignorando completamente la orden, sacó de su maletín un revólver cargado con dardos de etorfina concentrada y se deslizó hacia el interior del edificio por la entrada lateral.
El interior de la cristalería era un laberinto de estanterías volcadas y trozos de vidrio que multiplicaban la escasa luz del amanecer. En el centro de la planta superior, el hombre de la máscara de porcelana esperaba en silencio. No parecía sorprendido. Sostenía una daga de plata grabada con runas que Eleanor reconoció como antiguos sellos de contención licántropa.
-Lord Thorne -dijo el intruso, su voz un siseo sin emoción-. El experimento de la señorita Vance ha tenido un éxito imprevisto. Ya no es una bestia ciega que aúlla a la luna, pero tampoco es el hombre que solía frecuentar los clubes de Mayfair. Es un error de la naturaleza. Un híbrido que mi Orden no puede permitir que camine entre nosotros.
Alistair emergió de las sombras, quitándose las gafas oscuras. Sus ojos eran dos pozos de mercurio líquido, brillantes y aterradores en la penumbra. -Mi "error" -respondió Alistair, mostrando unos colmillos que, aunque menos prominentes que en su forma completa, eran mortales- me permite ver el flujo de la adrenalina en su cuello. Está fingiendo calma, pero su sistema nervioso lo traiciona.
El atacante se movió con una velocidad que desafiaba la lógica humana, lanzando la daga con precisión quirúrgica. Alistair la atrapó en el aire por la empuñadura. La plata comenzó a quemar la palma de su guante, generando un hilo de humo blanco, pero no soltó el arma. Con un rugido contenido, se lanzó hacia el mercenario.
La pelea fue una danza macabra entre los restos de cristal. Alistair usaba sus nuevos sentidos para anticipar cada finta, cada movimiento del asesino. Veía cómo se contraían los músculos del enemigo milisegundos antes de que se ejecutara el golpe. Era una superioridad táctica absoluta, aunque el mercenario era un guerrero veterano.
Justo cuando Alistair tenía al hombre contra una pared, apretándole el cuello con una mano que empezaba a mostrar garras negras, el intruso activó un mecanismo en su cinturón. Un pequeño cartucho estalló.
Una nube de polvo blanco y fino inundó la habitación.
-¡Acónito pulverizado! -gritó Eleanor desde la escalera, cubriéndose el rostro con un pañuelo empapado en vinagre-. ¡Alistair, retrocede! ¡Es veneno respiratorio!
Para un licántropo normal, el acónito es doloroso; para Alistair, cuyos sentidos estaban amplificados mil veces por el suero, el efecto fue devastador. El polvo en sus pulmones se sentía como si estuviera tragando fragmentos de carbón encendido. Sus ojos plateados comenzaron a lagrimear sangre y cayó de rodillas, soltando al asesino.
El hombre de la máscara no perdió tiempo. Pateó a Alistair en las costillas y corrió hacia el ventanal roto. Pero antes de saltar, la máscara de porcelana se enganchó en un saliente de metal y se partió, cayendo al suelo de la cristalería en varios pedazos.
Eleanor corrió hacia Alistair, quien estaba convulsionando en el suelo, luchando por cada bocanada de aire. Ella le inyectó rápidamente un neutralizador en la yugular. -Respira, Alistair. Concéntrate en mi voz. El veneno se está diluyendo.
-Se ha ido... -jadeó él, sus ojos plateados parpadeando violentamente mientras intentaban recuperar el foco humano-. Pero antes de que el humo me cegara... vi su rostro. Lo vi con total claridad bajo la máscara rota.
Eleanor le limpió el rostro con prisa, dándose cuenta de que la piel de Alistair estaba caliente al tacto. -¿Quién era? ¿Un agente de la Orden?
Alistair la miró, y por primera vez, no había ferocidad ni arrogancia en su mirada, sino una vulnerabilidad que le heló la sangre a Eleanor. -No era un extraño, Eleanor. Era Julian. Mi hermano menor. El mismo que enterré con honores militares en las criptas familiares hace diez años. Aquel que se suponía murió en la campaña de Afganistán.
Fuera, el silbido volvió a sonar, lejano y burlón, perdiéndose en los muelles del Támesis. Eleanor recogió uno de los fragmentos de la máscara de porcelana. En el interior del material blanco, había restos de un tejido orgánico grisáceo, como si la máscara no hubiera estado sobre la cara, sino integrada en ella.
-Esto no es solo una conspiración familiar, Milord -susurró Eleanor, guardando el fragmento en su maletín-. Es algo mucho más oscuro. Si su hermano está vivo, alguien ha estado experimentando con la muerte mucho antes de que yo llegara a su puerta.