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Capítulo 2 DOS

VALENTINA

No logro respirar con normalidad. El cuerpo del desconocido sigue allí, tendido a los pies del altar, y la sangre se desliza bajo los bancos como un sacrilegio líquido, lento, imposible de ignorar.

-¿Valentina? -la voz del padre Vittorio irrumpe en la capilla-. Escuché un disparo...

Aparece con una vela en la mano, la sotana mal puesta, el rostro pálido. Se detiene en seco al ver la escena.

-¡Dios misericordioso...!

Alzo la vista. La sangre todavía resbala por mis muñecas, tibia. Me pongo de pie con dificultad, tambaleándome. Siento el rostro helado, la voz frágil.

-No... no fui yo -susurro-. Escuché un ruido y me escondí detrás de los bancos.

Las palabras salen solas. Mentira tras mentira, construidas con el temblor de mis labios.

-Cuando creí que se había ido, salí... me asusté, se me cayó la vela... y entonces se escuchó el disparo. El hombre cayó sobre mí.

Busco los ojos del sacerdote, como si allí pudiera encontrar absolución.

-Mientras intentaba quitarme el cuerpo de encima... el otro hombre huyó.

El silencio que sigue es incómodo, denso. La vela en la mano del padre Vittorio tiembla al ritmo de su pulso. Me observa como se observa a alguien al borde del abismo: dudando, buscando una salida que no existe.

Y yo, por primera vez en mi vida, sostengo una mentira como si fuera la única verdad capaz de salvarme.

Entonces la puerta se abre de nuevo.

La madre Agnese irrumpe, acompañada solo por una vela. Su presencia apaga el aire.

-¿Qué ocurre? -pregunta con brusquedad-. Me pareció oír un disparo. Salí corriendo al recordar que Valentina aún estaba aquí.

El padre Vittorio se vuelve hacia ella y le muestra el cadáver.

-¡Padre santo! -exclama-. ¿Alguien puede explicarme por qué este hombre está aquí?

-Parece que lo atacaron dentro y el asesino huyó -responde el padre, esforzándose por mantener la calma.

La madre superiora avanza sin vacilar. Su mirada se posa primero en el cuerpo inerte. Luego en mí. En mi hábito manchado de sangre.

-¿Y eso qué tiene que ver contigo? -pregunta con esa voz escalofriante que no admite respuestas equivocadas.

Repito la mentira. Esta vez con miedo. Sus ojos son afilados, penetrantes. Cuando termino, observa alrededor y habla sin titubear:

-En vista de que los hechos parecen claros... nadie debe saber esto. Hay una sola cosa que debemos hacer, por el bien de este lugar.

-¿Qué...? -empieza a decir el padre, pero ella alza la mano.

-La policía solo verá a Valentina: sola, manchada, junto a un cadáver. No harán preguntas. Solo acusarán -su voz es baja, implacable-. ¿Y quién protegerá el orfanato cuando cierren las puertas por el escándalo? ¿Quién alimentará a los niños?

Doy un paso atrás.

-¿Qué está diciendo, madre...?

-Que esta iglesia no puede permitirse otra mancha -continúa-. No ahora. No así. Este hombre es uno más de esos mafiosos que rondan la ciudad. Uno menos no cambiará nada. Siempre hemos sobrevivido en la sombra.

-Pero... -intento hablar.

El viento ulula tras los vitrales rotos. La tormenta parece protestar, como si el cielo mismo nos juzgara.

-No hay marcha atrás. Ya lo he decidido -dice Agnese, con una convicción que me hiela-. Lo sacaremos. Aprovecharemos el apagón, este apagón bendito que nuestro Padre celestial nos concede, y la lluvia que borrará nuestras huellas. Lo dejaremos lejos, entre los depósitos de basura, unas calles más allá. Que lo encuentren donde pertenece. No aquí.

El padre Vittorio está blanco. Duda. Me mira. Pero no se atreve a desafiar a la madre superiora. Sabe que, de algún modo retorcido, esta es la única forma de evitar una catástrofe en nuestro hogar.

-Madre... eso es... -intenta decir el padre.

-Necesario -recalca ella.

-Pero es pecado -susurro, sin reconocer mi propia voz.

Agnese se acerca. Me mira fijamente.

-Pecado fue dejar entrar a ese hombre. Pecado fue abrirle la puerta. Y ahora cargarás con esa cruz... aunque no sea toda tuya.

Bajo la mirada.

-Lo siento, madre...

-Si amas a esos niños como dices, harás lo que te ordeno -aclara la madre superiora.

No digo que sí.

No digo que no.

Y eso basta.

Trabajamos en silencio. El cuerpo es envuelto en una manta vieja. Lo cargamos bajo la lluvia, por calles vacías. Lo dejamos entre bolsas de basura, en un callejón lejano, donde nadie lo relacionará con un lugar sagrado.

Cuando regresamos, empapadas y temblando, nos arrodillamos en la capilla.

-Padre nuestro, que estás en los cielos...

La voz de la madre Agnese es firme.

La del padre Vittorio, quebrada.

La mía no sale.

Cuando terminamos, la madre superiora se persigna despacio.

-Dios perdona. La policía no. Y tú, Valentina... recuerda esto: lo que ocurrió esta noche jamás pasó.

La madre Agnese se marcha llevándose consigo la manta empapada de sangre para lavarla personalmente. Su vela se pierde por el pasillo y con ella desaparece cualquier ilusión de consuelo. Antes de irse, sin siquiera mirarme, añade que vaya por una cubeta y detergente, que limpie el desorden y termine antes del amanecer, porque la misa no se retrasará por un incidente como este. Bajo la mirada y respondo que sí, sintiendo cómo algo se quiebra en mi interior.

Cuando la puerta se cierra, el silencio cae sobre la iglesia con un peso insoportable. El padre Vittorio se acerca y dice en voz baja que me ayudará, que así terminaremos más pronto. Asiento sin mirarlo y voy por las cubetas; el metal frío golpea mis manos entumecidas mientras cargo detergente y trapos viejos, todo lo necesario para borrar lo ocurrido. Al regresar, la sangre sigue allí, oscura y espesa, extendida bajo los bancos como una blasfemia, manchando la piedra sagrada del altar.

Nos arrodillamos en el suelo y empiezo a frotar. El agua se tiñe de rojo al primer contacto y mis manos tiemblan mientras cada movimiento arrastra algo más que sangre: arrastra el eco del disparo, el peso muerto del cuerpo, el calor ajeno que aún siento pegado a mi piel. Ninguno habla. Solo se escucha el roce del trapo contra la piedra, el chapoteo sordo del agua sucia y, a lo lejos, la tormenta golpeando los muros como un reproche.

De vez en cuando levanto la mirada y encuentro los ojos del padre Vittorio sobre mí. Son miradas breves, cargadas de duda, compasión y miedo. Cada vez que se cruzan con las mías, mi corazón se estremece, porque no sé si podré seguir sosteniendo la mentira, si mi silencio es obediencia o condena. La falsedad se me queda atrapada en la garganta, pesada, imposible de tragar.

La sangre desaparece poco a poco, pero el olor persiste. Me froto las manos con más fuerza, como si pudiera limpiarlas también por dentro. Cuando terminamos, el suelo parece intacto, como si nada hubiera ocurrido, como si Dios no hubiera visto. Me quedo de rodillas un instante más, respirando con dificultad, comprendiendo que he cruzado un umbral del que no sé si podré regresar. Y en el silencio de la iglesia vacía entiendo, con una claridad aterradora, que no es la sangre lo que más cuesta borrar, sino la verdad.

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