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Capítulo 3 Tres

VALENTINA

Esa noche, cuando por fin me encierro en mi celda, sé que algo dentro de mí no está bien... o quizá sí, pero no como debería estar. Cierro la puerta con cuidado, como si temiera que el sonido del cerrojo despertara a Dios. Me apoyo contra la madera y cierro los ojos. El silencio del convento no me calma. Me acusa. Y entonces vuelve él. El recuerdo de su aliento tibio rozándome la piel, el peso de su cuerpo herido apoyado contra el mío, ese beso oscuro, profundo, como una blasfemia pronunciada sin arrepentimiento. No fue violencia. Fue abandono. Fue deseo. Y yo lo permití. No recé. No me aparté. Abrí los labios y me rendí.

Camino hasta el camastro sin encender la vela. La luna entra por la ventana estrecha, pálida, miserable, iluminando solo lo que quiere castigar. Me despojo del hábito, y la lana negra cae al suelo como una sombra derrotada. Me queda el camisón blanco, tan fino que la luna lo atraviesa, revelando la curva de mis caderas, el perfil de mis pechos, la sombra entre mis muslos. Es una transparencia vergonzante. La tela me cubre como un suspiro, como una caricia que no merezco y que, sin embargo, anhelo.

Me tumbo. El colchón duro no me distrae; es mi cuerpo el que es blando, inquieto, convertido en un altar de nervios despiertos. Cierro los ojos. Padre nuestro... La oración se ahoga. En su lugar, viene el recuerdo de su boca: áspera, exigente, abriéndome con una urgencia que robó mi aliento. Recuerdo el peso de su cuerpo contra el mío, la firmeza de sus manos en mi cintura, cómo sus dedos se hundieron en la lana como si quisieran alcanzar la piel que ahora arde bajo el lienzo. El olor a peligro y a hombre -sudor, pólvora, hierro- me invade de nuevo, y un calor hondo, lento, comienza a arder en mi bajo vientre.

Me retuerzo. El camisón se desliza, se enrolla en mis caderas. La tela, antes insignificante, ahora es una tortura suave. Cada roce contra los pezones, endurecidos y sensibles, es una descarga eléctrica que baja directo al centro de mi ser. Mis propias manos parecen ajenas cuando se deslizan por mis costillas, titubeantes al principio, luego con una determinación que me aterra. Una palma se aplana contra mi estómago, y siento el fuego latir bajo la piel. La otra sube, lenta, hasta rodear un pecho. El corazón me golpea allí, justo bajo la yema de mis dedos, y cuando el pulgar roza el pezón a través de la tela, un jadeo se me escapa, brutal en el silencio.

La culpa aprieta mi garganta, pero es más débil que el deseo. Mis dedos descienden, trazando un camino por el abdomen que se estremece. Empujan el fino algodón, se cuelan por el borde, hasta encontrar la humedad que ya me traiciona. El contacto es un relámpago. Un gemido ronco se ahoga en mi almohada. Ya no rezo. Susurro su nombre, Dorian, y es la única plegaria que mi cuerpo reconoce ahora.

Mis movimientos ya no son de exploración, sino de hambre. Un círculo lento, insistente, alrededor del clítoris, que late como un corazón secreto y enfurecido. Cada vuelta es un latigazo de placer puro y vergonzoso. Cada imagen mental -su mirada en la penumbra, el sabor de su beso, la promesa ronca en su voz- aviva el fuego. Me arqueo en la cama, la espalda curvada, ofreciéndome a una sombra, a un recuerdo. La presión aumenta, el ritmo se acelera. Ya no soy una hermana. Soy un cuerpo que se deshace, un conjunto de nervios al rojo vivo, un pecado en proceso de cometerse.

El orgasmo no estalla; se eleva desde las profundidades, como una marea caliente y pesada. Me inunda por dentro, sacudiéndome con olas sordas y prolongadas que me dejan temblando, con los músculos tensos y luego flácidos, derrotada. Un suspiro largo, tembloroso, se libera de mis labios.

Quedo inmóvil, empapada en sudor y en culpa. El camisón, ahora húmedo, se pega a mi piel como una segunda conciencia. El vacío que sigue no es paz, es un abismo tibio. Me llevo la mano al pecho, donde la cruz yace fría contra el calor de mi piel. Susurro una oración, pero las palabras suenan huecas, rotas. ¿A quién le rezo ahora? Dios parece estar al otro lado de una puerta que yo misma acabo de cerrar con llave, desde dentro, con el aroma de Dorian aún en mis dedos.

El sueño llega tarde y no trae descanso. En mi sueño me encuentro en la capilla, arrodillada, incendiada por dentro. Las velas arden bajas, como si también supieran callar. Él aparece sin heridas, sin sangre, sin culpa. Solo hambre. Su sombra me cubre antes que su cuerpo. No rezo... solo espero.

Su cercanía es un incendio lento. Siento sus dedos en mi nuca, firmes, posesivos, y su aliento rozándome la oreja cuando pronuncia mi nombre -Valentina- como si fuera una blasfemia dulce, un secreto que no debería decirse en voz alta. Me hace girar. Su boca toma la mía sin pedir permiso. Este beso no consuela: domina. Es profundo, oscuro, me roba el aliento y me arranca un gemido que no intento contener.

El mármol frío del altar se clava en mi espalda cuando me sostiene contra él. La dureza de la piedra contrasta con el calor que emana de su cuerpo, con la presión insistente de su presencia entre mis piernas, recordándome que no soy solo fe, que también soy carne. Cada movimiento suyo despierta una respuesta traidora en mí. Mi respiración se rompe. Mi cuerpo se arquea buscándolo, aun sabiendo que no debería.

Sus manos recorren mi silueta bajo la tela, lentas, seguras, marcándome como si ya me perteneciera. Su boca desciende por mi cuello, dejando un rastro de fuego que me hace cerrar los ojos. Me aferro a él, a esa sombra peligrosa, y me entrego al ritmo que mi cuerpo reconoce incluso dormido.

Despierto con un gemido real, ahogado contra la almohada. El corazón me golpea con violencia, el cuerpo ardiendo, temblando. Las sábanas están revueltas, y entre mis muslos late un eco fiel del sueño, una verdad que no puedo negar. Algo se ha quebrado para siempre: la ilusión de mi pureza intacta.

Me visto con un hábito limpio que me quema la piel como penitencia. Cada paso hacia la capilla es una traición silenciosa. Voy en busca de Dios, pero mi carne, aún vibrante, solo recuerda el peso de una sombra, una voz pronunciando mi nombre... y la promesa oscura de un deseo que ya no sé cómo callar.

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