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Pensó que podía pisotearme, hasta que lo arruiné
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Capítulo 5 5

La semana previa a la Gala de Comercio Internacional fue un borrón de actividad. Celaje se movía por la Mansión Baluarte como un fantasma, evitando a su esposo, quien dormía en el ala de invitados. No había firmado los papeles del divorcio aún. Pensaba que ella estaba fanfarroneando.

En la tarde de la Gala, Celaje estaba en la biblioteca, revisando los planos arquitectónicos para el terreno baldío. Ya había contratado a un equipo discreto de topógrafos.

La puerta se abrió de golpe. Ciruelo entró.

Ciruelo era el asistente personal de Baluarte, un hombre que se había burlado de Celaje durante cinco años. Llevaba una bolsa de ropa con la punta de los dedos, como si estuviera infectada.

-El señor Baluarte envió esto -anunció Ciruelo, sin molestarse en saludar-. Espera que esté lista a las 7. Y dijo que nada de rojo.

Ciruelo dejó caer la bolsa sobre el sofá de terciopelo. Se deslizó y golpeó el suelo.

No se movió para recogerla.

Celaje miró la bolsa, luego a Ciruelo. -Recógela.

Ciruelo se burló. Se ajustó las gafas. -Soy un hombre devastadoramente ocupado, señora. No hago limpieza. Llame a una criada.

Celaje se puso de pie lentamente. Colocó las manos sobre el escritorio.

-Eres el secretario de Baluarte -dijo-. Pagado por el Fideicomiso Familiar.

-¿Y?

-Y yo controlo el 40% de ese fideicomiso -dijo Celaje.

Ciruelo puso los ojos en blanco. -Solo póngase el vestido. Es gris. Serafín lo eligió. Pensó que le sentaba bien a su... madurez.

Gris. Un color para ancianas. Un color para sombras. Serafín estaba tratando de hacerla desaparecer de nuevo.

Celaje tomó su teléfono. Marcó un número.

-¿A quién llama? ¿A Baluarte? -se burló Ciruelo-. No tomará su llamada.

-Seguridad -dijo Celaje al teléfono, su voz goteando autoridad fría-. Habla la señora de la casa. Revoquen los códigos de acceso del secretario Ciruelo inmediatamente. He marcado sus cuentas de gastos para una auditoría forense con respecto a las "tarifas de consultoría" no autorizadas a las cuentas de Serafín. A menos que quiera una investigación por fraude, sugiero que se escolte a sí mismo fuera. Tiene cinco minutos.

Colgó.

Ciruelo se congeló. Su rostro se puso pálido, la sangre drenándose de sus mejillas. Sabía sobre las "tarifas de consultoría": dinero que había estado canalizando a Serafín bajo las órdenes de Baluarte, pero enterrado en los libros. ¿Cómo lo sabía ella? Si lo auditaba, iría a prisión.

-Usted... usted no lo haría -balbuceó Ciruelo.

-Pruébame -dijo Celaje, volviendo a su papeleo-. Lárgate.

Ciruelo huyó.

Celaje caminó hacia la bolsa de ropa. Bajó el cierre. El vestido era horrible: un saco gris sin forma y desaliñado con cuellos de encaje altos. Parecía algo que una viuda victoriana usaría para un funeral.

-Quémalo -le dijo a la Sra. Colina, el ama de llaves que había entrado al escuchar la conmoción.

-Y tráigame la Colección Dorada de la bóveda.

7:00 PM.

Baluarte estaba en el vestíbulo, revisando su Rolex. Estaba caminando de un lado a otro. Serafín le había enviado diez mensajes de texto preguntando si Celaje llevaba el vestido gris.

-¿Dónde está ella? ¿Y dónde demonios está Ciruelo? No contesta su teléfono -refunfuñó Baluarte.

El sonido de tacones haciendo clic en la escalera de mármol resonó por el pasillo. Clic. Clic. Clic.

Baluarte miró hacia arriba. Su aliento se atrapó en su garganta.

Celaje estaba descendiendo las escaleras. No vestía de gris.

Vestía de oro.

El vestido estaba hecho de una tela metálica líquida que brillaba con cada movimiento. Era sin tirantes, abrazando su pecho y ciñendo su cintura antes de caer en cascada en un charco de luz fundida. Era un vestido que gritaba riqueza. Gritaba poder. Gritaba: Mírame.

Su cabello estaba suelto en ondas glamorosas. Llevaba aretes de diamantes vintage que atrapaban la luz del candelabro.

Baluarte se quedó sin habla. Había olvidado que ella podía verse así. Había olvidado quién era ella antes de casarse.

-Llegas tarde -logró decir, con voz ronca. Trató de invocar su molestia habitual, pero fracasó.

Celaje llegó al final de las escaleras. No se detuvo por él. Caminó pasando a su lado hacia la puerta, dejando un rastro de aroma a jazmín a su paso.

-La perfección toma tiempo -dijo.

-¿Dónde está Ciruelo? -preguntó Baluarte, siguiéndola como un cachorro-. Se suponía que nos conduciría.

Celaje se detuvo en la puerta. El chofer la mantenía abierta.

-Despedido -dijo simplemente-. Tenía mal gusto.

Entró en el auto.

Baluarte se quedó en el camino de entrada, aturdido. ¿Despidió a su secretario? ¿Desde cuándo tenía ella la columna vertebral para despedir a alguien?

Entró en el auto junto a ella. El viaje fue silencioso. Pero por primera vez en años, Baluarte no estaba mirando su teléfono. La estaba mirando a ella.

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