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El Trato de la Herencia
img img El Trato de la Herencia img Capítulo 4 El Anillo de Compromiso
4 Capítulo
Capítulo 6 Boda Express img
Capítulo 7 Mudanza al Ático img
Capítulo 8 La Primera Cena img
Capítulo 9 El Debut Social img
Capítulo 10 Celos en el Salón img
Capítulo 11 Vulnerabilidad a Medianoche img
Capítulo 12 El Lado Humano img
Capítulo 13 Invasión de Espacio img
Capítulo 14 Guerra en la Oficina img
Capítulo 15 La Cena con la Madre img
Capítulo 16 El Regalo Inesperado img
Capítulo 17 Tormenta y Confinamiento img
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Capítulo 4 El Anillo de Compromiso

La medianoche en Manhattan tiene una cualidad irreal; el ruido de la ciudad se filtra a través de los cristales reforzados del piso cincuenta como un zumbido eléctrico, un recordatorio de que el mundo sigue girando mientras, dentro de aquellas paredes de cristal, el destino de dos personas se sella con tinta y sangre fría.

Elena Vance entró en la oficina de Alexander Thorne con la sensación de quien camina hacia el patíbulo. Llevaba el mismo traje sastre azul marino de la mañana, pero sus hombros cargaban ahora con un peso invisible que amenazaba con doblarlos. Alexander estaba sentado tras su escritorio, iluminado únicamente por la lámpara de diseño que proyectaba sombras alargadas sobre las superficies de cuero y acero. Frente a él, un documento de cincuenta páginas esperaba, con espacios en blanco que exigían una firma.

-Llegas tarde, Elena -dijo él, sin levantar la vista del papel. Sus dedos sostenían una pluma estilográfica de plata-. Tres minutos.

-Estaba terminando de organizar el traslado de mi madre a la Clínica Presbyterian -respondió ella, cerrando la puerta tras de sí. El sonido del pestillo encajando sonó definitivo-. El depósito se realizó hace dos horas. Gracias.

Alexander levantó la vista. Sus ojos grises, siempre analíticos, recorrieron el rostro de Elena, deteniéndose en las ojeras que el corrector no lograba ocultar.

-No me des las gracias. Es una transacción. Has vendido tu tiempo y tu identidad; yo he pagado el precio de mercado. Lee el contrato.

Elena se acercó y tomó el documento. Sus ojos escanearon las cláusulas: confidencialidad absoluta, residencia compartida obligatoria, protocolo de apariciones públicas, cláusula de rescisión por infidelidad o escándalo. Todo estaba allí, redactado con la precisión quirúrgica de un hombre que no dejaba nada al azar.

-Parece que lo ha pensado todo, señor Thorne -murmuró ella, sintiendo un nudo en la garganta al llegar a la sección de "Compensación por Finalización de Servicio".

-Casi todo -dijo él, levantándose. Caminó hacia una pequeña caja fuerte empotrada en la pared, ocultando la combinación con su cuerpo-. Falta el símbolo. El mundo no creerá que Alexander Thorne se ha enamorado de su asistente si ella no lleva una prueba física de su... "devoción".

Alexander regresó a la mesa y colocó una pequeña caja de terciopelo azul marino frente a Elena. El contraste entre la calidez del terciopelo y la frialdad de la situación era casi doloroso.

-Ábrela.

Elena obedeció. Sus dedos temblaron ligeramente al levantar la tapa. Dentro, descansando sobre un lecho de seda blanca, se encontraba una joya que parecía contener su propia luz. Era un diamante de corte esmeralda, flanqueado por dos zafiros de un azul tan profundo que recordaba al océano a medianoche. La montura de platino era antigua, de un estilo art déco intrincado y elegante.

-Es... -Elena se quedó sin palabras. La belleza de la pieza era abrumadora.

-El anillo de mi abuela -dijo Alexander, y por primera vez, hubo una nota extraña en su voz, algo que no era estrictamente negocios-. Silas se lo dio cuando Industrias Thorne todavía era una fundición de acero en Pensilvania. Es una pieza histórica de la familia. Julian la reconocerá de inmediato. Si llevas esto, nadie dudará de que mi compromiso es real. O, al menos, de que tengo la intención de que lo parezca.

Alexander tomó el anillo de la caja. Elena sintió que el aire se volvía denso.

-Dame tu mano.

Elena extendió la mano izquierda. Sus dedos eran largos y finos, acostumbrados a teclear informes y organizar agendas, no a sostener el peso de una herencia dinástica. Alexander tomó su mano con la suya; su piel estaba caliente y firme, y el contacto envió una corriente eléctrica que recorrió el brazo de Elena hasta alojarse en su pecho.

Él deslizó el anillo en su dedo anular. Encajaba perfectamente. Alexander no soltó su mano de inmediato; se quedó observando cómo el diamante capturaba la luz de la lámpara.

-Ahora me perteneces, Elena -dijo él, su voz era un susurro bajo que hizo que ella se estremeciera-. Al menos, durante los próximos trescientos sesenta y cinco días. A ojos del mundo, eres una Thorne. Tus errores serán mis errores. Tus éxitos serán los de la compañía.

Elena retiró la mano, sintiendo que el anillo pesaba toneladas. No era solo el metal y la piedra; era la sensación de "propiedad" que Alexander acababa de verbalizar. Él no la veía como a una compañera de conspiración; la veía como un activo valioso que acababa de adquirir.

-No soy una de sus propiedades, Alexander -respondió ella, recuperando su voz-. Soy una empleada que ha firmado un contrato de exclusividad. Hay una diferencia.

Alexander esbozó una sonrisa cínica, volviendo a sentarse en su trono de cuero.

-En mi mundo, Elena, no hay diferencia. He pagado por tu lealtad, por tu presencia en mi cama -añadió ante el respingo de ella-, en el sentido estrictamente doméstico de la palabra, y por tu nombre junto al mío. A partir de mañana, cuando anunciemos esto a la junta, dejarás de ser Elena Vance, la asistente eficiente. Serás la esposa de Alexander Thorne. Y eso significa que mi control sobre tu vida es total.

Elena miró el anillo. El azul de los zafiros le recordaba la frialdad de los ojos de Silas Thorne en su lecho de muerte. Se dio cuenta de que Alexander estaba recreando el juego de su abuelo, utilizando las mismas herramientas de poder y posesión.

-¿Incluso mi ropa? ¿Incluso lo que digo? -preguntó ella.

-Especialmente lo que dices. Mañana por la mañana, un equipo de estilistas irá a tu apartamento. Deshazte de esos trajes de oficina. Necesitas proyectar una imagen de sofisticación que sugiera que siempre estuviste destinada a estar a mi lado, no detrás de mí.

-Mi madre... -empezó ella.

-Tu madre está siendo atendida por los mejores especialistas del país. He cumplido mi parte, Elena. Ahora, firma el documento.

Elena tomó la pluma. El metal estaba frío. Observó su firma, Elena Vance, grabada en la última página junto a la de Alexander. Al dejar la pluma, sintió que había vendido la única parte de ella que todavía era libre.

-Una última cosa, Alexander -dijo ella, levantándose para irse-. Puede que haya firmado este contrato y puede que lleve este anillo, pero no olvide que este trato solo existe porque usted es incapaz de ganar esta guerra solo. Me necesita tanto como yo necesito su dinero.

Alexander no respondió. Se limitó a observarla mientras ella caminaba hacia la puerta. Por un segundo, antes de salir, Elena se giró y lo vio: el hombre más poderoso de la ciudad, rodeado de lujo y acero, pero con una expresión de soledad tan profunda que, por un instante, el "monstruo" pareció humano.

Sin embargo, el destello del diamante en su mano la devolvió a la realidad. Bajó al garaje en el ascensor privado, observando su reflejo en las paredes de espejo. La joya brillaba con una intensidad obscena. Elena cerró el puño, ocultando el anillo. El peso en su dedo era el recordatorio constante de que, a partir de esa noche, su corazón y su vida ya no eran suyos. Eran el dividendo de un trato que apenas comenzaba.

Caminó hacia el coche que la esperaba, sintiendo que el frío de Manhattan finalmente la había alcanzado. Había salvado la vida de su madre, pero el precio había sido entrar voluntariamente en la jaula de oro del hombre que amaba en secreto, un hombre que acababa de recordarle que, para él, ella no era más que una adquisición necesaria.

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