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El Trato de la Herencia
img img El Trato de la Herencia img Capítulo 5 El Anuncio en la Junta
5 Capítulo
Capítulo 6 Boda Express img
Capítulo 7 Mudanza al Ático img
Capítulo 8 La Primera Cena img
Capítulo 9 El Debut Social img
Capítulo 10 Celos en el Salón img
Capítulo 11 Vulnerabilidad a Medianoche img
Capítulo 12 El Lado Humano img
Capítulo 13 Invasión de Espacio img
Capítulo 14 Guerra en la Oficina img
Capítulo 15 La Cena con la Madre img
Capítulo 16 El Regalo Inesperado img
Capítulo 17 Tormenta y Confinamiento img
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Capítulo 5 El Anuncio en la Junta

El aire en el piso cincuenta de Industrias Thorne estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. Era el día D. El equipo de estilistas enviado por Alexander había transformado a Elena en algo que ella apenas reconocía frente al espejo. Habían sustituido su moño funcional por ondas suaves que caían sobre sus hombros y su traje sastre por un vestido de seda en color marfil, de un corte tan impecable que gritaba exclusividad.

Sin embargo, el accesorio que más pesaba no era la seda, sino el anillo de la abuela de Alexander, que brillaba en su mano izquierda como una advertencia silenciosa.

Alexander la esperaba frente a las puertas dobles de caoba de la sala de juntas. Lucía un traje gris marengo hecho a medida, con la corbata perfectamente anudada y una expresión de indiferencia que Elena sabía que era su mejor arma de guerra.

-Recuerda el guion -dijo él, sin mirarla, mientras ajustaba sus gemelos de plata-. Llevamos seis meses de relación secreta. Decidimos mantenerlo profesional para no comprometer tu posición como mi asistente. Pero la muerte de mi abuelo nos hizo darnos cuenta de que la vida es corta.

-Es un guion cliché, Alexander -susurró Elena, sintiendo que sus palmas sudaban-. Nadie se lo va a creer.

-En este edificio, la gente cree lo que le conviene creer si el precio de la acción es el adecuado -replicó él, girándose finalmente para observarla. Sus ojos grises recorrieron su figura con una lentitud que hizo que a Elena le faltara el aire. Por un segundo, la máscara de hielo de Alexander se agrietó, revelando una chispa de sorpresa genuina-. Estás... aceptable. Intenta no parecer que vas camino al cadalso.

-Y usted intente parecer que me quiere un poco más que a un reporte trimestral -respondió ella con un rastro de su antigua audacia.

Alexander esbozó una sonrisa cínica y, en un gesto que la tomó por sorpresa, le ofreció el brazo. Elena lo tomó, sintiendo la dureza del músculo bajo la tela del traje. Alexander empujó las puertas y ambos entraron en la fosa de los leones.

La sala de juntas estaba llena. Los doce miembros del consejo de administración, hombres y mujeres que sumaban siglos de avaricia corporativa, dejaron de murmurar en el acto. En el extremo de la mesa, Julian Thorne estaba sentado con los pies sobre una silla, luciendo una sonrisa de triunfo que se borró instantáneamente al ver a Elena del brazo de su primo.

Alexander no se detuvo hasta llegar a la cabecera. No saludó. No pidió permiso. Simplemente se quedó allí, con Elena a su lado, proyectando una imagen de poder absoluto que hizo que varios consejeros se removieran incómodos en sus asientos.

-Señores -comenzó Alexander, su voz resonando en la sala con una autoridad vibrante-. Gracias por su puntualidad. Como saben, la lectura del testamento de mi abuelo ha generado ciertos... rumores sobre la estabilidad de mi liderazgo y el futuro de esta compañía.

Julian soltó una carcajada seca, recuperando su compostura.

-No son rumores, Alex. Es una cláusula legal. O tienes una esposa, o entregas las llaves del reino. Y no veo a ninguna candidata de la lista de Forbes aquí presente. Solo veo a tu secretaria con un vestido caro.

Elena sintió que la sangre le hervía, pero recordó las palabras de Alexander: Respiración controlada, barbilla alta.

-Señorita Vance para ti, Julian -dijo Alexander, con una calma que era mil veces más aterradora que un grito-. Aunque dentro de poco tendrás que llamarla Señora Thorne.

Un jadeo colectivo recorrió la mesa. El notario Harrison, que estaba sentado en un rincón con los documentos listos, se ajustó las gafas, atónito.

-¿Estás bromeando? -espetó Julian, poniéndose en pie-. ¡Es un montaje! Es una farsa ridícula para salvar tu puesto. Todo el mundo sabe que no tienes sentimientos, Alexander. No podrías amar a nadie aunque tu vida dependiera de ello.

Alexander se giró hacia Elena. Ante la mirada atónita de los socios, levantó la mano de ella y besó sus nudillos con una delicadeza que Elena jamás hubiera creído posible en él. El contacto de sus labios contra su piel fue como una quemadura.

-El amor, Julian, es algo que los hombres como tú confunden con la exhibición pública -dijo Alexander, sin soltar la mano de Elena-. Elena y yo hemos mantenido nuestra relación en privado por respeto a la ética de esta oficina. Pero dadas las circunstancias y el deseo de mi abuelo de ver estabilidad en mi vida, hemos decidido adelantar nuestros planes.

Elena aprovechó el momento para intervenir. Sabía que si no hablaba ahora, siempre sería vista como una víctima o un objeto decorativo.

-Comprendo que sea una sorpresa para todos -dijo ella, con una voz clara y profesional que proyectaba una seguridad que no sentía-. Pero he trabajado al lado de Alexander durante tres años. Nadie en esta sala conoce mejor su visión para Industrias Thorne, y nadie está más comprometida que yo para asegurar que esa visión se cumpla. Mi lealtad hacia él y hacia esta empresa es absoluta.

Llevó la mano izquierda hacia su cabello, dejando que la luz de los ventanales golpeara directamente el diamante de la abuela de Silas. El efecto fue inmediato. Julian se dejó caer en su silla, pálido. Los socios mayoritarios empezaron a susurrar entre ellos, alternando miradas entre el anillo y la pareja.

-Es el anillo de la tía abuela Margaret -susurró uno de los consejeros más ancianos-. Silas nunca dejó que nadie lo tocara después de su muerte.

Alexander asintió imperceptiblemente. Había ganado el primer asalto.

Las Consecuencias del Pacto

-Harrison -dijo Alexander, mirando al notario-. Los papeles de la licencia matrimonial están listos. La ceremonia civil se llevará a cabo el viernes. Espero que para la próxima sesión del consejo, este tema quede cerrado definitivamente. Mi vida personal no volverá a ser objeto de debate en esta mesa.

Julian se levantó bruscamente, empujando su silla.

-Esto no se ha terminado, Alex. Voy a investigar cada segundo de vuestra supuesta "relación". Si encuentro una sola grieta, una sola prueba de que esto es un fraude, te hundiré. Y a ti, Elena... espero que el precio que te ha pagado valga la pena, porque te has metido en una jaula con un monstruo que te devorará antes de que termine el año.

Julian salió de la sala dando un portazo. Los demás socios, viendo que el poder seguía en manos de Alexander, empezaron a acercarse con sonrisas forzadas y felicitaciones hipócritas.

Alexander mantuvo la fachada durante quince minutos más, estrechando manos y aceptando parabienes con una frialdad cortés. Elena sentía que su rostro se entumecía de tanto fingir una sonrisa. Cuando finalmente la sala se vació, Alexander soltó el brazo de Elena como si quemara.

Caminó hacia la ventana, dándole la espalda. El silencio que se instaló era pesado, cargado de la adrenalina que empezaba a evaporarse.

-Lo hiciste bien -dijo él, su voz volviendo a ser el tono monocorde de siempre-. Julian sospecha, pero el anillo lo ha descolocado. Los socios tienen miedo de cuestionarme ahora que parezco tener "estabilidad emocional".

Elena se frotó el brazo donde él la había sostenido.

-Julian tiene razón en algo, Alexander. Esto es una jaula. El modo en que todos nos miraban... como si fuéramos un accidente a punto de ocurrir.

-Es un accidente controlado -replicó él, girándose. La miró de arriba abajo, y esta vez no había rastro de admiración, solo cálculo-. A partir de hoy, no puedes cometer errores. No puedes hablar con nadie sobre esto, ni siquiera con tu madre. Si esto se filtra, el contrato se anula y tu madre pierde su tratamiento. ¿Ha quedado claro?

Elena sintió un nudo de indignación. Acababa de jugarse su reputación por él, y él volvía a las amenazas.

-Ha quedado claro, señor Thorne. Pero no olvide que el "monstruo" de esta historia tiene que aprender a fingir un poco mejor si quiere que Julian no nos atrape. Ese beso en los nudillos fue... pasable, pero sus ojos seguían siendo de hielo.

Alexander se acercó a ella, reduciendo la distancia hasta que Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

-No me pongas a prueba, Elena. Estoy haciendo lo necesario para salvar mi imperio. No esperes que disfrute del teatro.

-No espero nada de usted -respondió ella, dándose la vuelta para salir-. Excepto que cumpla su palabra.

Mientras caminaba hacia la puerta, Elena sintió el peso del diamante en su dedo. Había dejado de ser una asistente para convertirse en una pieza de ajedrez en un tablero de miles de millones de dólares. Había ganado el respeto del consejo, pero había perdido la poca paz que le quedaba. Y mientras salía, no pudo evitar preguntarse si Alexander Thorne tenía razón: si el monstruo terminaría devorándola antes de que el año llegara a su fin.

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