Damián Montenegro estaba allí, de pie, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de sastre. No parecía molesto por el desorden; de hecho, ni siquiera miraba el suelo. Su mirada estaba clavada en el cuello de Valentina, justo donde el pulso de ella latía con fuerza frenética.
-Levántate -ordenó él. Su voz no fue un grito, sino un rugido bajo que vibró en el pecho de Valentina como un trueno.
Ella obedeció, temblando. Al ponerse de pie, se dio cuenta de lo pequeño que era su mundo frente a él. Damián le sacaba casi dos cabezas de altura.
-Señor Montenegro, yo... lo limpiaré de inmediato, no fue mi intención...
-Mírame -la interrumpió él, ignorando las disculpas.
Valentina obligó a sus ojos a encontrarse con los de él. Lo que vio la aterrorizó: las pupilas de Damián estaban tan dilatadas que casi borraban el iris, y un brillo dorado, salvaje e irracional, bailaba en las profundidades de su mirada. Él dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal, y se inclinó hacia su oído.
-¿Cómo te llamas? -preguntó, inhalando profundamente cerca de su piel.
El calor que emanaba del cuerpo de Damián era abrasador, como si tuviera una hoguera ardiendo bajo la piel. Valentina sintió una chispa eléctrica recorrerle la columna; una atracción magnética que luchaba contra su sentido común.
-Valentina... Valentina Ferrer -susurró ella, apenas audible.
-Valentina -repitió él, saboreando el nombre como si fuera una sentencia-. Hueles a destino, Valentina. Y yo llevo siglos esperándote.
A su alrededor, el murmullo de los invitados comenzó a crecer. Los socios de la empresa y las modelos de alta sociedad observaban con confusión y envidia cómo el hombre más poderoso de la ciudad ignoraba el protocolo por una camarera asustada.
Damián extendió una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su aura violenta, rozó la mejilla de ella con el dorso de sus nudillos. Valentina se estremeció. No era solo miedo; era algo más, algo antiguo que despertaba en su sangre ante su toque.
-Señor Montenegro, su discurso... -intervino un asistente, acercándose con cautela.
Damián ni siquiera lo miró. Su mano se cerró con firmeza, pero sin lastimar, alrededor de la muñeca de Valentina.
-El discurso se cancela -sentenció Damián, su voz resonando en todo el salón-. Esta noche he encontrado algo mucho más importante que los negocios.
Sin soltarla, comenzó a caminar hacia la salida privada, arrastrando a Valentina consigo.
-¡Espere! ¡No puedo irme, tengo que trabajar! -protestó ella, intentando zafarse, pero era como tratar de mover una montaña de granito.
Damián se detuvo un segundo, se giró hacia ella y, frente a las cámaras que empezaban a destellar, sentenció:
-Ya no eres una empleada, Valentina. Desde este momento, eres mía.