No eran humanos. Valentina lo supo por la forma en que el aire parecía vibrar a su alrededor, una distorsión de la realidad que solo el poder sobrenatural podía causar.
En el gran salón de la planta baja, la atmósfera era gélida. Damián estaba de pie frente a la chimenea apagada, con los brazos cruzados y el rostro convertido en una máscara de granito. Frente a él, tres ancianos -el Consejo de la Manada- lo observaban con una mezcla de desprecio y cautela.
-Has cometido una imprudencia imperdonable, Damián -dijo Marcus, el miembro más antiguo, cuya voz sonaba como piedras chocando entre sí-. Marcar a una humana frente a los medios de comunicación es una violación directa del Tratado de Velo.
-No la he marcado todavía -corrigió Damián, su voz un rugido bajo que hizo que las lámparas de cristal tintinearan-. Solo he anunciado que es mía. Es una distinción importante, Marcus.
-¡Es una distinción semántica! -intervino Elena, una mujer de ojos felinos y cabello blanco como la nieve-. El mundo de los negocios está en llamas. Se preguntan quién es la chica. Los cazadores de otras facciones ya están rastreando su origen. Has puesto un blanco en su espalda y, lo que es peor, has debilitado la imagen de estabilidad de los Montenegro.
Damián dio un paso hacia adelante, y su aura de Alfa se expandió por la habitación, obligando a los ancianos a tensar sus propios músculos para no retroceder.
-Ella es mi mate. Mi compañera predestinada. Mi lobo la reconoció en el instante en que respiró el mismo aire que yo. ¿Sugieres que debería haber ignorado el llamado de la sangre por un contrato de confidencialidad?
-Sugerimos -dijo Marcus con frialdad- que si esa humana va a ser la Luna de esta manada, debe demostrar que es digna. Una humana débil no puede liderar a guerreros. Si ella es realmente quien dices, sobrevivirá a la Prueba de la Purificación.
Damián apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos crujieron. La Prueba de la Purificación era un rito arcaico. Implicaba exponer al candidato a una esencia concentrada de acónito y plata para ver si su alma era capaz de resistir el veneno. Para un lobo era doloroso; para una humana, podía ser fatal.
-No voy a permitir que la toquen -sentenció Damián.
Mientras tanto, en la planta alta, Valentina no se había quedado esperando. Había encontrado un sobre sobre la mesa de noche. No tenía remitente, pero dentro había una serie de documentos legales: las facturas de la clínica donde su padre había sido atendido antes de morir y los registros de los préstamos que ella estaba pagando.
Al revisar los papeles con detalle, algo hizo que su sangre se congelara. Las firmas de los acreedores no pertenecían a bancos ni a prestamistas comunes. El sello en la parte inferior de los contratos era un emblema que ya había visto esa mañana: un lobo rodeado de espinas. El mismo emblema que adornaba la entrada de la oficina de Damián.
-No puede ser -susurró Valentina, con las manos temblando.
Las deudas que la habían mantenido esclavizada durante los últimos dos años, el estrés que había desgastado su salud y la miseria que la obligaba a esconderse... todo había sido orquestado por la familia Montenegro. Ella no era una víctima del azar; era una pieza en un tablero que Damián, o alguien cercano a él, había estado moviendo mucho antes de la gala.
La puerta de la habitación se abrió de golpe. Era Damián. Se veía agitado, con una intensidad en los ojos que ella nunca había visto.
-Valentina, tenemos que movernos. El Consejo está aquí y no son... -Se detuvo al ver los papeles en las manos de ella. Su expresión cambió de la urgencia a una culpa sombría.
-¿Por qué? -preguntó Valentina, levantando los documentos-. Estas deudas... el hombre que acosaba a mi madre en el hospital... trabajaban para ti. Todo este tiempo, mientras yo intentaba desesperadamente pagar cada centavo, tú eras el dueño de mi desgracia. ¿Por eso me elegiste? ¿Porque ya me tenías acorralada?
Damián cerró la puerta y se acercó a ella, pero Valentina retrocedió hasta chocar con la pared.
-No es lo que parece, Valentina. Yo no sabía quién eras tú hasta anoche. Esos contratos... son parte de la "limpieza" territorial que hace la manada. Mi padre compró esas deudas hace años como una forma de control sobre el terreno de tu familia.
-¡Mi familia no tiene terrenos! -gritó ella, con las lágrimas desbordándose-. ¡Éramos pobres!
-Eso es lo que te dijeron -respondió Damián, su voz volviéndose suave y peligrosa-. Pero tu abuelo poseía una hectárea en el linde norte. Un lugar donde la energía de la tierra es vital para nosotros. Te mantuvieron en la pobreza para que nunca pudieras reclamar ese legado. Yo heredé esos activos, pero nunca me fijé en los nombres de los deudores... hasta hoy.
Valentina sintió que el techo se le caía encima. El hombre que decía ser su "protector", el que la llamaba su "Luna", era el heredero del imperio que había destruido la vida de su padre.
-Eres un monstruo -dijo ella, con un odio puro destellando en sus ojos.
-Soy un Alfa, Valentina. Hago lo necesario para que mi gente sobreviva. Pero ahora, ese mismo Consejo que compró tu ruina exige que te sometas a una prueba para ver si eres "digna" de estar a mi lado.
Damián se acercó y, esta vez, la tomó por los hombros. Ella intentó zafarse, pero él la sostuvo con una firmeza desesperada.
-Escúchame bien. Tienen espías por toda la casa. Si rechazas la prueba, el Consejo me obligará a exiliarte, y en el momento en que cruces la frontera de mi territorio, las otras manadas te despedazarán solo por el olor que mi marca ha dejado en ti. Tienes que fingir, Valentina. Tienes que sobrevivir a este juicio.
-¿Fingir qué? ¿Que te amo? ¿Que quiero ser la reina de una manada de animales? -Valentina se rio con amargura-. Prefiero que me maten.
Damián la sacudió ligeramente, su lobo asomándose en sus ojos dorados.
-No voy a dejar que mueras. Ni por el Consejo, ni por tus deudas, ni por tu orgullo. Vas a bajar a ese salón, vas a mirarlos a la cara y vas a demostrarles que eres más fuerte que cualquier veneno que te lancen. Porque si tú caes, yo destruiré esta ciudad entera para buscar tu alma.
El sonido de pasos pesados en el pasillo indicó que el tiempo de las explicaciones se había terminado. Marcus y Elena estaban en la puerta.
-Damián -dijo Marcus-, es hora. La copa está preparada.
Damián miró a Valentina por última vez. Había una súplica silenciosa en sus ojos, una vulnerabilidad que contradecía su naturaleza dominante. Ella sintió el peso de los documentos en su mano y el calor abrasador de la mano de Damián en su hombro.
Valentina Ferrer, la pasante invisible, la chica rota por las deudas, se irguió. Si iba a caer, no lo haría como una víctima. Lo haría como una amenaza.
-Vamos -dijo ella, con una voz que sorprendió incluso a Damián por su firmeza-. Vamos a ver qué tan digna soy de este infierno.