-Señor Montenegro, por favor... me está asustando -logró articular ella, con la voz quebrada.
Damián no respondió de inmediato. Mantenía la vista fija en las puertas de metal, pero sus nudillos estaban blancos y su respiración era pesada, rítmica, casi como un gruñido contenido. Cuando el ascensor llegó al ático y las puertas se deslizaron, la arrastró hacia una oficina que parecía sacada de una película de arquitectura futurista. Paredes de cristal de piso a techo revelaban la ciudad de noche, una alfombra de luces que ahora parecía estar a los pies de Valentina.
Él soltó su mano finalmente, pero solo para cerrar la pesada puerta de doble hoja con un pestillo electrónico que resonó en el silencio como una sentencia.
-Exijo una explicación -dijo Valentina, retrocediendo hasta que sus piernas chocaron con el borde de un imponente escritorio de mármol negro-. No puede sacarme de una fiesta así. No puede decir... lo que dijo frente a todos. ¡Tengo una familia, tengo deudas, no puedo perder este empleo!
Damián se giró lentamente. La luz de la luna que entraba por el ventanal bañaba la mitad de su rostro, dejando la otra mitad en sombras. Sus ojos ya no eran cafés; eran de un color oro líquido que parecía brillar con luz propia en la penumbra.
-¿Crees que me importa tu empleo? -Su voz era una vibración que Valentina sentía en la boca del estómago-. Podría comprar cada segundo de tu vida mil veces antes de que termine esta noche.
-¡No soy un objeto que pueda comprar! -gritó ella, recuperando una pizca de la valentina que le había permitido sobrevivir en las calles más duras de la ciudad.
Damián se movió. No caminó; simplemente estuvo frente a ella en un parpadeo. Valentina ni siquiera lo vio venir. Él apoyó las manos en el escritorio, a ambos lados de las caderas de la joven, atrapándola. El aroma a vainilla y lluvia que emanaba de ella se volvió más intenso con el miedo, y Damián cerró los ojos un segundo, luchando contra un impulso primario que le ordenaba morder la suave curva de su cuello para sellar el vínculo.
-No eres un objeto, Valentina -susurró él, inclinándose tanto que sus frentes casi se tocaban-. Eres mi mate. Mi compañera. El centro de mi existencia.
Valentina frunció el ceño, confundida.
-¿Mi qué? ¿De qué está hablando? ¿Es alguna clase de término corporativo? ¿Un contrato?
Damián soltó una risa seca, sin rastro de humor.
-Es algo mucho más antiguo que las leyes de los hombres. No entiendes nada de lo que soy, ¿verdad? Miras este edificio, este traje, y ves a un CEO. Pero lo que tienes frente a ti es a un depredador que ha estado solo durante demasiado tiempo.
Damián tomó un abrecartas de plata que estaba sobre el escritorio. Al rozar el metal, Valentina notó que él hizo una mueca de desagrado casi imperceptible, pero lo que ocurrió a continuación la dejó sin aliento. Él presionó la punta del metal contra la palma de su propia mano, haciendo un corte superficial. La sangre de Damián era más oscura de lo normal, casi granate.
-Mira -ordenó.
Ante los ojos incrédulos de Valentina, la herida en la mano de Damián comenzó a cerrarse. La piel se estiró, las fibras se tejieron solas y en menos de cinco segundos, no quedaba ni una cicatriz. Solo el rastro de la sangre húmeda.
Valentina sintió que el mundo daba vueltas. Se sostuvo del escritorio para no caer, el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro atrapado.
-¿Qué... qué es usted? -preguntó con un hilo de voz.
-Soy el Alfa de la manada Montenegro -respondió él, dando un paso más, eliminando cualquier rastro de aire entre ellos-. Y tú, Valentina Ferrer, has nacido para ser mi Luna. No importa cuánto corras, no importa cuánto te resistas. Mi lobo te ha reclamado, y el mundo entero ahora sabe que quien te toque, morirá bajo mis garras.
Valentina sintió un calor repentino invadir su cuerpo. A pesar del terror, una parte de ella -una parte que no conocía- quería inclinarse hacia él, quería que él la sostuviera. Era una traición de sus propios instintos.
-Tengo... tengo que irme -dijo ella, intentando rodearlo, pero él la sujetó por la cintura, atrayéndola bruscamente contra su cuerpo firme.
-No vas a ir a ningún lado -sentenció Damián, su voz volviéndose peligrosamente suave-. Esta noche duermes aquí. En mi casa. Bajo mi protección. Otros de mi especie ya han olido tu despertar, Valentina. Si sales por esa puerta sola, no durarás ni diez minutos. El mundo ya no es el lugar seguro que creías que era.
Valentina lo miró a los ojos y supo que no estaba mintiendo. Estaba atrapada en una jaula de cristal a cincuenta pisos de altura, con un hombre que decía ser un monstruo y que la miraba como si fuera lo más preciado y delicioso que jamás hubiera visto.