Pero algo me mantuvo a flote. Algo que no era fuerza física, ni la voluntad de vivir – era como una voz en mi cabeza, una voz suave que me decía no todavía... todavía no es el momento.
Llegué a una orilla donde el río se ensanchaba, donde el agua corría más despacio. Me dejé llevar hasta la tierra, donde me vine abajo entre juncos y piedras mojadas. Mi último pensamiento antes de perder la conciencia fue de un árbol con hojas rojas que crecía en la orilla – igual que el que había crecido en el jardín de mi casa de niña.
Desperté con el sonido de voces que parecían estar muy lejos, como si me hablaran desde dentro de un barril. Mi cuerpo dolía en todos lados, especialmente el vientre y el cuello. Intenté abrir los ojos, pero la luz del sol me hizo cerrarlos de nuevo con un gemido ronco.
– Está despierta – escuché una voz femenina decir. – Tranquila, pequeña. No te muevas tanto.
Al fin conseguí abrir los ojos un poco. Estaba en una cama de madera, con sábanas blancas un poco desgastadas. El techo era de madera vista, las paredes cubiertas de hierbas secas y cuerdas con pescados salados. Era una casa pequeña, cálida, con el olor a humo de leña y hierbas medicinales.
A mi lado había una mujer con pelo canoso recogido en una trenza, ojos verdes como las hojas de roble y manos llenas de arrugas pero seguras. Estaba mirándome con una expresión entre la preocupación y la curiosidad.
– ¿Dónde...? – intenté preguntar, pero solo salió un susurro ronco. Mi garganta ardía como si la hubieran llenado de vidrios rotos.
– No hables – me dijo, acercándose con un cuenco de madera en la mano. – Tienes heridas graves, especialmente en el cuello. La sangre se te había metido en las vías respiratorias, es un milagro que puedas hablar en absoluto.
Me ayudó a sentarme un poco, poniendo almohadas detrás de mi espalda. Me dio a beber un poco de agua con hierbas – tenía un sabor amargo pero reconfortante.
– ¿Quién eres? – logré preguntar, con la voz apenas audible.
– Me llamo Lila Streamfur – dijo, sonriendo suavemente. – Mi hijo Ethan te encontró en la orilla del río anoche. Estabas a punto de morir, pequeña. No sé cómo sobreviviste a una caída como esa.
Ethan. El nombre sonó de alguna manera familiar, pero no conseguía recordar por qué.
– ¿Dónde estoy? – pregunté, mirando por la ventana. Vía árboles altos y densos, un tipo de bosque diferente al de Otoño – más húmedo, con más helechos y plantas trepadoras.
– En la manada del Rocío Gris – respondió Lila, sentándose en una silla junto a la cama. – Estamos a unos días de camino del Bosque de Otoño. ¿Eres de allí?
Mi corazón dio un vuelco. Cerré los ojos por un instante, viendo de nuevo la cara de Rafael, los ojos rojos de su loba, la sonrisa de Carmen mientras se besaba con él.
– Sí – murmuré, sintiendo las lágrimas correr por mis mejillas a pesar del dolor. – Pero ya no tengo nada allí.
Lila me tomó la mano con la suya cálida.
– Entiendo – dijo, sin preguntar más. – Primero te tienes que curar. Ethan dijo que encontró rastros de lucha en el acantilado, rastros de dos lobos – uno grande, de pelaje blanco y negro, y otro más pequeño... – se detuvo, mirándome con curiosidad. – Pero cuando te encontró, no tenías ni rastro de pelaje en el cuerpo. Solo heridas de mordeduras y arañazos de lobo.
Cerré la mano en un puño. Sabía lo que ella quería decir – todos los lobos de las manadas pueden cambiar de forma, pero siempre llevan algo de su animal en el cuerpo humano: el olor, alguna marca, la forma de moverse. Pero yo... yo nunca había sido una verdadera loba. Solo fingía.
– No soy como ellos – murmuré, sin querer explicar más. – No tengo loba interior. Solo puedo cambiar mi cuerpo por fuera.
Lila frunció el ceño, pero no dijo nada de inmediato. Se levantó y fue a la estantería donde había más hierbas, cogió unas hojas secas y empezó a machacarlas en un mortero.
– Mi abuela decía que había personas diferentes en nuestro mundo – dijo mientras trabajaba. – Personas que no tenían un animal interior, pero que tenían otros dones. Dones que la gente no entendía.
Volvió a mi lado con una pasta verde que untó suavemente sobre mis heridas. Dolió un poco al principio, pero luego llegó una sensación fresca que aliviaba el ardor.
– ¿Qué pasó con...? – empecé a preguntar, luego me detuve, no sabiendo cómo decirlo.
Lila entendió de inmediato. Se sentó de nuevo, tomándome la mano.
– Lo siento, pequeña – dijo con voz suave. – Tu vientre estaba completamente destrozado. Tu matriz... no podremos salvarla. Y el bebé... no tuvo ninguna oportunidad. Lo siento mucho.
Sentí cómo se me partía el corazón en mil pedazos. Había esperado que quizás hubiera un milagro, que a pesar de todo el bebé hubiera sobrevivido. Pero la realidad cayó sobre mí como una losa de piedra. Empecé a llorar, sollozos roncos que me dolían el cuello aún más, pero no podía detenerme. Todo lo que había querido, todo por lo que había luchado... se había ido.
Lila me abrazó con cuidado, sin decir nada, dejándome llorar hasta que no quedaban más lágrimas.
Pasaron dos semanas después de que me encontraran. Mis heridas empezaban a sanar, pero iba muy despacio – mucho más despacio que el de cualquier lobo normal. Lila me dijo que era porque no tenía la curación natural del animal interior, que mi cuerpo tenía que hacerlo todo por sí solo.
Un día, mientras estaba sentada en el porche de la casa mirando cómo el río corría a lo lejos, escuché pasos detrás de mí. Gire la cabeza y vi a un hombre alto, con pelo oscuro como la noche y ojos grises como el cielo nublado. Tenía el cuerpo musculoso de un alfa, y llevaba sobre el hombro unos pescados que acababa de pescar.
– Eres tú quien me encontró – dije, aunque ya lo sabía. Había reconocido su olor en la casa – un olor a agua fresca, a tierra y a madera.
El hombre asintió, acercándose y colocando los pescados en una tabla de madera para limpiarlos.
– Me llamo Ethan Darkpine – dijo, sin mirarme directamente. – Soy el alfa de esta manada.
Ahora recordé por qué el nombre me sonaba. El Rocío Gris era una manada pequeña pero respetada, conocida por mantenerse alejada de los conflictos entre otras manadas. Ethan era hijo de uno de los pocos alfas que nunca había peleado por territorios, que creía en la paz antes que en la fuerza.
– Gracias – le dije, bajando la cabeza. – Por salvarme.
Ethan se acercó un poco más, mirándome con esos ojos grises que parecían ver hasta lo más profundo de ti.
– Lila me dijo que eres de Otoño – dijo, sentándose en el borde del porche junto a mí. – También me dijo que no tienes loba interior.
No respondí, solo miré el río.
– Mi madre tenía un amigo que era como tú – continuó, mirando hacia el horizonte. – No podía transformarse en lobo, pero podía hacer otras cosas. Podía sentir cuando iba a haber tormentas, podía encontrar agua en el desierto, podía hacer que las plantas crecieran más rápido. Decían que era un don de la tierra misma.
– Yo no tengo dones – murmuré. – Solo sé esconderme bien. Cuando quiero que nadie me vea ni me huela, logro hacerlo. Es lo único que puedo hacer aparte de fingir ser loba.
Ethan rio suavemente.
– Eso ya es un don, si me preguntas – dijo. – En estos tiempos, saber esconderse puede salvarte la vida. ¿Por qué huyiste de Otoño?
No quise contarle la verdad completa – no todavía. Solo dije:
– Me traicionaron los que quería. Ya no tengo nada allí.
Ethan asintió, sin preguntar más.
– Pues aquí tienes un techo mientras te cures – dijo, levantándose. – La manada es pequeña, pero nos ayudamos los unos a los otros. Cuando estés lista, decidirás qué hacer. Pero ten en cuenta – miró hacia el Bosque de Otoño, como si pudiera verlo desde allí –. Los que nos hacen daño nunca lo olvidan. Y a veces, la única manera de seguir adelante es enfrentarlos.
Se fue hacia la cocina donde Lila esperaba los pescados, dejándome sola con mis pensamientos. Tenía razón – no podía olvidar lo que me habían hecho, lo que habían hecho con mi bebé. Pero ¿qué podía hacer yo, una chica sin loba interior, contra el alfa más poderoso del Bosque de Otoño y su mate?
Mientras pensaba, pasé la mano por la cicatriz que ahora recorría mi cuello hasta la mejilla izquierda. Lila me había dicho que probablemente nunca se fuera completamente, que quedaría ahí como un recordatorio. Miré mi reflejo en el agua del río – mi rostro ya no era el mismo, la cicatriz le daba un aire duro, peligroso. Pero en mis ojos grises veía algo que no había visto antes: determinación.
Tal vez no era una luna. Tal vez nunca había sido lo que ellos esperaban que fuera. Pero eso no significaba que no tuviera poder.
Esa noche, mientras todos dormían, me levanté de la cama y salí de la casa. Caminé hasta el borde del territorio de la manada, donde podía ver las estrellas brillando en el cielo. Cerré los ojos y me concentré en lo único que siempre había sabido hacer: esconderme. Sentí cómo mi cuerpo cambiaba, no en forma de loba, sino en algo diferente – mi piel se volvió más oscura, como la noche, mi pelo se mezcló con las sombras, mi olor desapareció por completo.
Era como si me convirtiera en la propia oscuridad.
Sonreí por primera vez desde que había llegado al Rocío Gris. Tal vez no tenía loba interior. Tal vez nunca sería la luna que todos querían. Pero tenía algo que ellos no tenían – un don que nadie entendía, un poder que nadie esperaba.
Y con ese poder, volvería al Bosque de Otoño. No para pedir perdón, ni para ser su luna. Sino para mostrarles que la niña que habían tirado por un acantilado no había muerto tan fácilmente.
A la mañana siguiente, le contaría a Ethan y a Lila la verdad completa. Les contaría sobre Rafael, sobre Carmen, sobre la mentira que había sido mi vida. Porque para vengarme de quienes me habían hecho daño, necesitaría ayuda. Y aunque la manada del Rocío Gris era pequeña, sabía que eran leales. Y que con su ayuda, construiría algo que Rafael y Carmen nunca podrían destruir.