Caminé hasta que mis pies no pudieron más, hasta que me encontré en un cobertizo abandonado en el borde de un gran bosque. Me acurruqué en un rincón, tratando de calentarme con los restos de una manta rota, cuando escuché pasos fuera. Me tapé la boca con las manos para no gritar, pero la puerta se abrió y apareció un hombre alto, con pelo gris como la lluvia y ojos cálidos como el sol de verano.
– Tranquila, niña. No te haré daño – dijo, acercándose despacio. Tenía el olor a bosque, a hierbas frescas, a poder. – Soy Orion Blackclaw, alfa de esta manada. ¿Cómo te llamas?
– Nyx – le dije, con la voz temblorosa. – Nyx Silverwood. Mis padres... están muertos.
El alfa Orion miró hacia el camino por donde venía, luego volvió a mirarme. Alzó una mano y me tocó la frente con su dedo índice – un gesto que luego aprendí que hacían los alfas para sentir la energía de alguien. Su ceño se frunció un instante, luego sonrió suavemente.
– Tienes algo especial, Nyx Silverwood – dijo. – Mi abuela, que fue sanadora antes que Marta, dejó una profecía: "Una niña con ojos de noche traerá poder a la línea de Blackclaw". Tus ojos son grises como la noche antes de la tormenta. Ven conmigo. Te acogeremos.
Así llegué al Bosque de Otoño. La aldea estaba en medio del bosque, con casas de madera y piedra, un gran edificio en el centro que era la casa del alfa. Allí conocí a Rafael, el hijo de Orion – dieciocho años, alto, delgado pero musculoso, con pelo rubio como el trigo y ojos ámbar que parecían ver hasta lo más profundo de ti.
No me saludó. Solo me miró de arriba abajo y dijo: – ¿Esa es la niña de la profecía? Parece débil.
Me quedé callada, avergonzada. En aquel entonces no sabía que él acababa de descubrir quién era su mate predestinada: Carmen Rosefur, una chica de la manada con pelo rojizo como el fuego y una risa que llenaba cualquier lugar. Vi cómo se miraban, cómo su energía se conectaba – algo que yo nunca había sentido con nadie.
Pero el alfa Orion estaba convencido de la profecía. Empezó a enseñarme todo sobre la manada: los rituales, las hierbas que curaban, cómo leer las huellas en el suelo, cómo organizar las patrullas para proteger los límites. Carmen fue la primera en acercarse a mí – me encontró un día sentada sola junto a un arroyo, mirando cómo los peces nadaban.
– ¡Hola! Soy Carmen – dijo, sentándose a mi lado sin pedir permiso. – Vi que llegaste hace poco. ¿Te gusta el bosque?
Yo asentí, nerviosa. Nadie me había hablado así desde que mis padres murieron.
– Es bonito – murmuré. – Pero es muy grande. No sé si podré aprender todos los senderos.
Carmen rio, un sonido alegre.
– ¡Claro que podrás! Yo te enseñaré. Sé cada rincón de aquí – dijo, cogiendo una piedra y tirándola al agua. – Además, necesitas una amiga. Todos son un poco raros al principio, pero son buenas personas.
Así empezó nuestra amistad. Ella me enseñó a reconocer las hierbas que curaban las heridas, a hacer collares con flores silvestres, a correr por los senderos sin perderse. Y poco a poco, fui integrándome en la manada: ayudaba en la cocina cuando había fiestas, cuidaba de los cachorros cuando sus madres tenían que salir, aprendí a coser las ropas rotas y a reparar las casas pequeñas que se dañaban con la lluvia.
Rafael nunca me prestó mucha atención – siempre estaba ocupado con sus deberes de futuro alfa, entrenando, estudiando los antiguos registros de la manada. Pero a veces, cuando estábamos en las reuniones, sentía su mirada sobre mí. No era una mirada cálida, ni cariñosa – era una mirada de observación, como si estuviera estudiando a un animal extraño.
Cuando cumplí diecinueve años, el alfa Orion se enfermó gravemente. Mientras estaba en cama, me llamó a su habitación y me tomó la mano.
– Nyx, mija – dijo, con la voz débil –. La profecía debe cumplirse. Rafael va a ser el nuevo alfa, y necesitará una luna que le dé hijos fuertes. Quiero que te cases con él.
Mi corazón dio un salto. Me gustaba Rafael desde el primer día – aunque nunca había dicho nada a nadie. Pero sabía que él amaba a Carmen.
– Señor Orion... yo no soy su mate – le dije, bajando la cabeza.
– Los mates son importantes, pero la profecía es más fuerte – respondió, apretándome la mano. – Rafael entenderá. Es su deber con la manada.
Al mes siguiente, Orion murió. Rafael se convirtió en el nuevo alfa, y cumplió el deseo de su padre: nos casamos en una pequeña ceremonia en el centro de la aldea. Carmen estuvo ahí, sonriendo pero con los ojos llenos de tristeza. Yo intenté ser la mejor luna posible: me levantaba temprano para organizar las tareas de la manada, preparaba la comida de Rafael con mucho cariño, ayudaba a Marta la sanadora con los enfermos.
Pero nunca pude quedar embarazada. Los años pasaron, y los ancianos empezaron a murmurar: ¿Será que la profecía fue un error? ¿Será que ella no es la luna adecuada? Yo me sentía mal, culpable – como si no estuviera cumpliendo mi único propósito en la manada. Y para colmo, nunca sentía a mi loba interior. Cuando todos se transformaban en sus formas animales y corrían libres por el bosque, yo solo conseguía cambiar mi cuerpo por fuera – pero no sentía ese rugido, esa conexión con la naturaleza que todos describían. Marta decía que era por el trauma de ver morir a mis padres, que algún día se despertaría en mí. Yo quería creerla.
Y entonces llegó ese día – el día en que Marta me tomó la mano y me dijo que estaba embarazada.
– ¿Estás segura? – le pregunté, con la voz ronca por la emoción. – No he sentido nada... ni siquiera he olido el aroma del cachorro en el aire.
Marta asintió, limpiándose una lágrima que se le escapó. Era la única que sabía mi secreto sobre la loba interior, y nunca me había juzgado.
– Es muy temprano, mija – dijo suavemente. – Los primeros meses, las feromonas son casi imperceptibles. Pero ya lo verás – sonrió, y yo sentí cómo mi pecho se llenaba de una felicidad que no había sentido en mucho tiempo. – El alfa va a estar encantado. Ya no tendrán que preocuparse por lo que digan los ancianos.
Le agarré la mano con fuerza.
– Por favor, Marta... no le digas a nadie. Quiero ser yo quien se lo cuente a Rafael. Hoy es nuestro tercer aniversario – le supliqué.
– Secreto a voces, mija – me aseguró, abrazándome brevemente. – Ese muchacho no sabe lo afortunado que es de tenerte.
Salí del consultorio de la sanadora con los pies ligeros, como si flotara sobre el pasto. El sol se ponía sobre los árboles, teñiendo el cielo de colores cálidos – justo como el vestido rojo que había guardado en el guardarropa, el que me había comprado para este día especial. Iba a cocinar todos sus platos favoritos: estofado de ciervo con setas silvestres, pan casero con miel de abeja, tarta de hojaldre con manzanas que había recogido yo misma en el borde del bosque.
Cuando entré en la cocina de la casa del alfa – nuestra casa – encontré a Carmen sentada en uno de los taburetes de madera, mordisqueando una galleta de avena que había hecho ayer. Llevaba el delantal que le había regalado por su cumpleaños – azul marino, con bordados de flores blancas que yo misma había cosido.
– ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? – dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. – Toda esta comida... ¿fiesta de la manada que no me avisaron?
Me puse delante del fuego, revolviendo el caramelo que iba a poner encima de la tarta. Carmen había estado extraña últimamente – se quedaba mirándome fijamente, como si quisiera decirme algo pero no se atreviera. Pero yo no le presté mucha atención; estaba demasiado emocionada.
– Es nuestro aniversario – le dije, sonriendo. – Hace tres años que me casé con Rafael. Quiero hacerlo especial. Llevamos tiempo con mucho trabajo, con los problemas en los límites del sur... creo que necesitamos una noche tranquila, solo nosotros dos.
Carmen se encogió de hombros, cogiendo otra galleta.
– Ah, claro... el aniversario – dijo, con un tono aburrido. – Oye, Nyx... me enteré de que Rafael tuvo una emergencia hoy. Un problema con los lobos del Este, que están intentando invadir nuestras tierras. No sé si llegará a tiempo.
Mi mano se detuvo un instante sobre la cacerola, pero seguí revolviendo el caramelo.
– Él siempre llega – respondí con más seguridad de la que sentía. Rafael no era un hombre cariñoso – nunca lo había sido – pero siempre cumplía sus promesas. O al menos eso creía yo. – A veces se demora, pero nunca olvida nada importante.
Carmen se levantó, dejando la galleta en el plato.
– Bueno, yo me voy – dijo, hacia la puerta. – Tengo que ayudar a Marta con las hierbas que recogimos ayer. Avísame mañana cómo te fue, ¿vale?
La miré irse, y algo en mi estómago se apretó. Había algo raro en ella, pero no tenía tiempo de pensar en eso. Tenía que terminar la comida, bañarme y ponerme el vestido rojo. Quería estar lista cuando él llegara.
Pasaron las ocho, las nueve, las diez. La comida se enfrió sobre la mesa, así que la metí en el horno para mantenerla caliente. Me senté en el sofá del salón, acariciando el paquete pequeño que llevaba en la falda: el papel donde Marta había escrito las palabras que cambiarían nuestra vida.
A las doce en punto escuché la puerta abrirse.
Mi corazón dio un salto. Me levanté rápidamente, arreglando mi cabello negro recogido en una coleta alta y pasándome las manos por el vestido para quitarle las arrugas. Cuando salí al pasillo, Rafael estaba allí, quitándose el abrigo de cuero. Su pelo rubio estaba revuelto por el viento, sus ojos ámbar miraban hacia el suelo – pero olía a algo que no era el bosque, no era su jabón de árbol de té habitual. Olía a flores silvestres, a almizcle dulce... olía a Carmen.
– Mi amor – le dije, acercándome para besarlo en la mejilla.
Pero se movió un paso hacia atrás, evitando mi contacto.
– Estoy sucio y cansado – dijo, con voz fría. – No quiero contagiarte nada.
Sus ojos recorrieron la casa, se detuvieron en la puerta de la cocina donde se veían los platos sobre la mesa.
– ¿Qué es todo esto? – preguntó.
– Es nuestra cena de aniversario – le expliqué, sintiendo cómo la emoción empezaba a desaparecer. – ¿No lo recuerdas? Cumplimos tres años juntos.
Rafael se tensó por un instante – apenas un segundo, pero yo lo noté. Luego cerró los ojos y respiró hondo, como si estuviera tratando de controlarse.
– Claro que lo recuerdo, Nyx – dijo, pero su voz no tenía ningún tipo de calor. – Solo he estado muy ocupado con los asuntos de la manada – terminó, mirando hacia la escalera. – Vamos al estudio. Necesito hablar contigo de algo importante.
– Pero la comida está lista – intenté decir, sujetándome a la pared para no temblar. Había algo en su mirada que me daba miedo, algo que nunca había visto antes.
– Olvídalo por ahora – dijo, ya subiendo los peldaños con paso firme. – Es urgente.
Seguí detrás de él, agarrando el paquete de papel con fuerza hasta que mis dedos dolían. En el estudio, la luz de la lámpara de mesita proyectaba sombras largas sobre las paredes cubiertas de libros y mapas de los territorios. Él se sentó detrás de su escritorio de roble macizo – el mismo que había usado su padre – mientras yo me colocaba en la silla de enfrente, tan pequeña frente a él.
– Antes de que hables... tengo algo que mostrarte – lo interrumpí, extendiendo la mano para darle el papel. Mis dedos temblaban un poco, pero mi corazón latía con esperanza. – Es algo bueno, Rafael. Realmente bueno.
Él lo tomó con indiferencia, lo abrió con un dedo y leyó las pocas líneas que Marta había escrito a mano. Mantuvo la mirada fija en el papel por varios segundos, luego levantó la vista hacia mí.
No había alegría en sus ojos. Ni sorpresa. Solo una frialdad helada que me atravesó hasta los huesos. Y algo más – algo oscuro que reconocí tarde como odio.
– ¿Estás segura de esto? – preguntó, con voz baja y grave. – ¿No es alguna manera de obligarme a quedarme contigo? ¿Marta te ayudó a inventar esta historia?
Mi boca se secó de golpe. Me puse de pie bruscamente, haciendo chirriar la silla contra el suelo.
– ¿Cómo puedes decir eso? – le grité, sintiendo las lágrimas quemar mis ojos. – ¡Marta nunca mentiría! ¡Estoy embarazada, Rafael! Vamos a tener un hijo – empecé a caminar hacia él, extendiendo las manos como si pudiera alcanzarlo, como si pudiera hacerle entender. – Ya no tendrás que escuchar los rumores de los ancianos. Tendremos un heredero fuerte para el Bosque de Otoño, como dijo la profecía.
Rafael se levantó también, y su figura imponente llenó la habitación. Empezó a dar vueltas por el estudio, pasándose las manos por el pelo como si estuviera a punto de explotar.
– Esto no puede pasar... no ahora... – murmuró entre dientes, mirando la ventana como si esperara que alguien apareciera para sacarlo de allí.
– ¿Qué pasa? – le pregunté, temblando de pies a cabeza. – ¿No quieres el bebé? ¿No quieres que tengamos una familia?
Él se giró hacia mí de golpe, y sus ojos ámbar se habían vuelto dorados, brillando como brasas en la oscuridad.
– ¿Quieres que te diga la verdad, Nyx? – rugió, acercándose hasta quedarnos casi cara a cara. – La profecía fue una mentira. Una vieja historia que mi padre se inventó porque estaba desesperado por mantener fuerte nuestra línea de sangre. Mi abuela nunca dijo nada de una niña con ojos de noche – eso lo inventó él para justificar traerte aquí.
Me quedé helada, sin poder moverme. Las palabras resonaban en mi cabeza como un trueno.
– Y tú... tú nunca fuiste más que un deber para mí – continuó, con voz fría como el hielo. – El día que mi padre me dijo que me casaría contigo, acababa de descubrir quién era mi mate predestinada. Carmen. Ella es la que debería estar aquí a mi lado, ella es la que debería ser mi luna.
Carmen. Mi mejor amiga. La que me enseñó los senderos del bosque, la que me compartió su comida cuando llegué hambrienta, la que me abrazó cuando lloré por mis padres.
– ¿Y todo esto... todos estos años... fue una mentira? – logré preguntar, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor.
– Para mí, sí – dijo sin remordimiento. – Tuvimos un trato: tres años. Si no te embarazabas, me liberaba para casarme con ella. Si sí... bueno, nunca pensé que llegaría a ese punto.
Me senté de golpe en la silla, sin fuerzas para mantenerme en pie.
– ¿Y Carmen? ¿Sabía ella todo esto? – pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Rafael asintió, mirándome con desprecio.
– Ella esperó por mí. Como yo esperé por el momento en que pudiera dejarte. Pero tú tenías que salir con esto – levantó el papel en el aire como si fuera basura. – Un bebé que va a arruinar todo lo que hemos esperado durante tres años.
Él dio un paso atrás y cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, ya no era el hombre que conocía – su cuerpo empezó a cambiar, a alargarse, a cubrirse de pelaje blanco con manchas negras que ahora parecían amenazantes. Se había transformado en su forma loba, grande, poderosa, con los ojos ahora rojos como la sangre.
– Ven conmigo – dijo, pero ya no era su voz humana. – Tenemos que solucionar esto.
Yo no tuve más remedio que seguirlo. Me concentré en mi cuerpo, en la transformación que había practicado mil veces – aunque nunca sintiera la conexión con mi loba interior, conseguía cambiar mi apariencia hasta parecerme a ellas. Corrimos detrás de él por el bosque, alejándonos cada vez más de la aldea, hasta cruzar los límites del Bosque de Otoño y adentrarnos en tierras desiertas.
Llegamos a un acantilado que conocía – había venido aquí una vez con Carmen, a recoger flores silvestres que crecían en las rocas. El precipicio bajaba hasta un cañón oscuro, donde corría un río de aguas heladas. La luna llena iluminaba el lugar, pero no había nada de hermoso en él – solo el frío del viento y el eco del agua corriente.
Me volví humana, temblando de miedo.
– ¿Rafael? ¿Qué hacemos aquí? Estamos en tierras ajenas – pregunté, pero él ya estaba de pie frente a mí, en su forma loba, con los colmillos descubiertos y los ojos rojos brillando con furia.
No me dio tiempo a correr. Sus garras se clavaron en mi vientre con fuerza, desgarrando mi piel y mi ropa como si fueran papel. Grité de dolor, intentando alejarlo con las manos, pero él me atrapó con facilidad, mordiéndome el muslo para sujetarme al suelo. Mis manos se colocaron sobre mi barriga de instinto, tratando de proteger al bebé que llevaba dentro, pero sus garras perforaron mi piel como si no existiera. Sentí un dolor insoportable, como si me estuvieran destrozando por dentro.
– ¡No! ¡Por favor! – supliqué, con la voz rota por el llanto. – ¡Es tu hijo! ¡Piensa en él!
Rafael no respondió. Continuó atacándome, hasta que sentí que algo dentro de mí se rompió. Un dolor tan intenso que me hizo ver estrellas, que me hizo querer cerrar los ojos y nunca más abrirlos. Luego, se detuvo y empezó a volver a su forma humana, quedándose de pie frente a mí mientras yo yacía en el suelo ensangrentado.
– Pensaste que podías retenerme para siempre – dijo, mirándome con ojos vacíos. – Pensaste que con un bebé conseguirías hacerte mi luna de verdad. Pero para mí, tú nunca exististe como nada más que un lastre. Una luna que nunca debería haber sido.
Con un pie fuerte, me empujó hacia el borde del precipicio. Sentí cómo mi cuerpo perdía el equilibrio, cómo empezaba a caer hacia abajo, hacia la oscuridad del cañón. Lo último que vi fue la luna llena, y los cuervos revoloteando sobre mí con sus gritos agudos. Lo último que pensé fue en el bebé que nunca conocería, en mis padres que me habían dejado sola, en Carmen que me había traicionado.
Lo último que dije, con la voz apenas un susurro, fue: Lo siento, bebé. No pude protegértete.
Y entonces la oscuridad me envolvió por completo.
No sé cuánto tiempo pasó después. Solo sé que la caída no fue el final. Algo me mantenía con vida, algo que aún no entendía... pero que pronto descubriría.