Las discusiones comenzaron por cosas pequeñas: una taza mal apoyada, una palabra fuera de lugar, una comida fría. Después vinieron los reproches viejos, los silencios largos, los gritos que ya no lastimaban por lo que decían, sino por lo que confirmaban.
Él se iba a trabajar a la mañana, y yo -cuando la puerta se cerraba detrás suyo- respiraba libertad.
No me iba a ningún lado.
No hacía nada distinto.
Pero el solo hecho de quedarme sola era un alivio.
La casa recuperaba su silencio. Yo volvía a oír mis propios pensamientos. Caminaba descalza. Me sentaba en la cama sin tener que rendir cuentas. Preparaba un café solo para mí. Y en ese pequeño ritual cotidiano entendí algo terrible: mi paz empezaba cuando él se iba.
Con el correr de los meses, también me fui apagando yo.
Mientras Julián estaba desempleado, yo había dejado de mirarme. No por amor. Por abandono. Me descuidé sin darme cuenta. Dejé de arreglarme. Dejé de comprarme ropa. Dejé de interesarme por mi cuerpo como si ya no me perteneciera. Mi reflejo en el espejo pasó a ser una imagen borrosa, una mujer que cumplía funciones, pero que ya no se sentía vista.
Vivía despeinada. Con ropa vieja. Sin perfume. Sin deseo.
Y Julián tampoco miraba.
Solo me buscaba de noche, cuando el cuerpo reclamaba lo que el alma ya no sabía dar. Sus manos no eran caricias: eran exigencias. Y yo me dejaba hacer. A veces cerraba los ojos. A veces contaba mentalmente el tiempo. A veces lloraba en silencio después.
Nos habíamos convertido en dos desconocidos compartiendo una intimidad vacía.
Yo ya no me reconocía.
Hasta que un día, sin aviso, sin delicadeza, el pasado volvió a tocarme.
Estaba sentada en el sillón, con el celular en la mano, mirando sin ver una foto cualquiera, cuando vibró la pantalla. Un mensaje nuevo. Un nombre que no leía hacía años.
Tomás.
Sentí un golpe seco en el pecho. Como si alguien me hubiera empujado desde adentro.
-Hola, Lara. ¿Cuándo nos vemos?
Nada más.
Una pregunta simple.
Pero en esa frase cabían todos los años, todos los silencios, todas las renuncias.
El corazón me empezó a latir tan fuerte que tuve miedo de que se oyera en la casa vacía. Las manos me temblaban. El aire se volvió espeso. Y de pronto volví a ser la mujer que había sido antes de esconderse.
Me levanté despacio, como si alguien pudiera verme desde algún lugar. Fui hasta el espejo del baño. Me miré. Me vi cansada. Opaca. Apagada. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí vergüenza de cómo me estaba tratando.
Ese mismo día hice algo mínimo, pero inmenso para mí.
Me bañé lentamente.
Me sequé el pelo.
Me puse crema en la piel.
Elegí ropa que hacía años no usaba.
Me perfumé.
No era para Julián.
Era para mí.
Y, aunque me diera miedo admitirlo, también para ese nombre que seguía encendido en la pantalla del celular.
Le respondí horas después, como quien intenta disimular que le importa.
-No lo sé -escribí-. Hace mucho.
La respuesta llegó casi de inmediato.
-El tiempo no importa cuando hay cosas que nunca se cerraron.
Sentí un nudo en el estómago.
Esa noche, cuando Julián volvió, me encontró distinta. No dijo nada al principio. Me miró de reojo. Me midió. Me recorrió con una mirada que hacía tiempo no me dedicaba. Pero no fue deseo lo que vi en sus ojos, sino una sospecha sorda.
Durante la cena discutimos por nada. Por todo. Por lo de siempre.
-Estás rara -me dijo.
-Estoy cansada -respondí.
Y no mentí.
Solo que no le dije de qué estaba realmente cansada.
Esa noche no me tocó. Y yo sentí, por primera vez en mucho tiempo, alivio también por eso.
En la oscuridad del dormitorio, con Julián durmiendo a mi lado, volví a mirar el celular.
Tomás había escrito otra vez:
-Decime un día. No quiero volver a perderte sin haber intentado.
Cerré los ojos.
Y supe, con una certeza que me dio miedo, que algo ya se había puesto en marcha.
Que mi cuerpo había despertado antes que mi conciencia.
Y que nada de eso iba a ser inocente.