Condujo unos minutos hasta una zona donde no pasaba nadie. Apagó el motor. Y el mundo quedó reducido al vaho de los vidrios empañados, a nuestras respiraciones entrecortadas, al roce urgente de dos cuerpos que ya no querían esperar más nada.
Reclinó mi asiento. Me desnudó con torpeza bendita. Yo le desabroché la camisa sin dejar de besarlo. Éramos manos, boca, piel, temblor.
Nos tuvimos allí mismo, en la penumbra del auto, con el miedo latiendo junto al placer. El metal frío bajo la espalda, su peso sobre mí, el ritmo que se volvía cada vez más urgente.
No había ternura esa vez.
Había hambre.
Cuando todo terminó, quedamos en silencio, respirando fuerte, con las frentes apoyadas una contra la otra como dos náufragos después del naufragio.
-Esto ya no tiene marcha atrás -dijo.
No fue una promesa.
Fue una constatación.
Yo no respondí. Porque en el fondo ya lo sabía.
La fiesta
Nos preparábamos para ir a una fiesta de esas en las que hay que vestirse bien.
Julián se puso un traje oscuro. Yo elegí un vestido negro con un escote provocador, casi como un gesto desafiante hacia mí misma, hacia la mujer dormida que ya no sabía si era.
Cuando entramos, nos recibió un salón inmenso, lleno de gente sonriente que no conocía. Todo relucía: las mesas, las luces, los espejos. Era un mundo ajeno, elegante, deslumbrante, tanto que por un instante logré olvidar quién era yo.
Los mozos pasaban con bandejas brillantes y tragos de colores imposibles.
Y entonces ocurrió.
Lo vi entrar.
Traje blanco.
Peinado prolijo.
Postura impecable.
Era él: Tomás.
Casi irreconocible, pero mis ojos lo captaron en un segundo, como si nunca hubieran dejado de buscarlo. Su mirada cruzó la mía... y me desnudó sin tocarme. No quedaba ningún secreto entre nosotros desde aquella vez.
Sentí el corazón golpearme en el pecho, pero fingí indiferencia. Le pedí a Julián permiso para ir al baño y caminé rápido, como quien huye de sí misma.
Pero él ya me esperaba.
En un rincón oculto de todos, me tomó fuerte de la cintura y me besó con esa hambre vieja, contenida durante años. Me arrastró hasta el baño, cerró la puerta y me levantó el vestido.
No hubo palabras.
No hubo dudas.
Solo urgencia.
Me hizo suya de nuevo, con esa desesperación de quienes ya no están dispuestos a esperar. Yo me entregué sin resistencia: éramos un mismo fuego ardiendo donde no debía arder.
Para callar mis gemidos, me tapó la boca con su mano, suave, firme, mientras mi cuerpo temblaba entre sus brazos.
Cuando la erupción del deseo terminó, me besó despacio.
Fue un beso de despedida, dulce, inevitable.
Sonrió.
Me acomodó el vestido.
Y susurró en mi oído:
-Hasta el próximo sueño, mi amor.
Algo se me estremeció por dentro. No supe por qué.
Después de la fiesta.
Salí primero del baño. Me recompuse frente al espejo con movimientos lentos, como si cada gesto necesitara volver a aprenderse. Cuando regresé al salón, todo seguía igual. La música, las risas, la gente. Julián intacto, ajeno al incendio que yo llevaba dentro.
Bailamos. Sonreí. Fingí.
Pero ya no estaba allí.
El camino de vuelta transcurrió como un tránsito sin cuerpo. Miraba por la ventanilla del colectivo sin ver nada. Iba flotando dentro de mí, como si una parte se hubiese quedado todavía en aquel baño estrecho, sostenida por su respiración.
La casa me recibió en silencio.
Julián se acostó casi de inmediato. Yo tardé más. Me desvestí despacio. Me tendí a su lado sin tocarlo. Cerré los ojos sin sueño.