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La vida sin sentido
img img La vida sin sentido img Capítulo 2 Un fin de semana
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Capítulo 6 El despertar de alba img
Capítulo 7 La vida tomando rumbo y cruel img
Capítulo 8 La belleza en el campo de batalla img
Capítulo 9 EL REGRESO DE LA INGENIERA img
Capítulo 10 EL AMOR ES UN ERROR DE CÁLCULO img
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Capítulo 2 Un fin de semana

El sábado amaneció con el mismo cielo de zinc, una cúpula gris y pesada que parecía aplastar los tejados de la ciudad. En la casa de los Silva, el tiempo no corría; se estancaba en las esquinas, acumulándose como el polvo que Marta, la empleada doméstica, perseguía con una disciplina casi religiosa.

Alba estaba en la cocina, observando cómo el vapor del café se disolvía en el aire viciado. Sus manos rodeaban la taza de porcelana, buscando un calor que su propio cuerpo parecía incapaz de generar.

Marta entró con el paso ágil de quien tiene un destino, cargando el cubo y la fregona. Era una mujer joven, de unos veintitantos, con ojos que retenían el brillo del mundo exterior, ese que Alba solo consumía a través de los cristales del balcón. Marta llevaba cinco años trabajando allí, cinco años siendo el único testigo silencioso de la lenta erosión de Alba.

-Buenos días, señora Alba -dijo Marta, comenzando a fregar el suelo con movimientos rítmicos-. ¿Otra noche sin dormir bien? Se le nota en el cansancio de los ojos.

Alba forzó una sonrisa, un gesto que se sentía como un músculo entumecido.

-Es el calor, Marta. Agosto no deja descansar a nadie.

Marta se detuvo un segundo, apoyada en el palo de la fregona. Miró a Alba con una curiosidad que nunca se había atrevido a verbalizar del todo.

-Señora, el otro día vi unos papeles viejos en el despacho del señor mientras limpiaba el polvo... Unos títulos. Me dio curiosidad. ¿Qué fue lo que estudió usted? Se le ve una mujer muy leída.

Alba bajó la mirada hacia el café negro. La palabra sonó en su mente como un eco de una vida anterior, una frecuencia de radio que ya nadie sintonizaba.

-Seguridad Industrial, Marta -respondió, y por un instante, su espalda se enderezó un milímetro-. Me gradué con honores. Mi especialidad era la prevención de riesgos en grandes plantas. Sabía cómo detectar el peligro antes de que ocurriera.

Marta soltó una risita suave, pero cargada de intención.

-¡Qué ironía, señora! Usted sabe detectar peligros y aquí está, en la casa más segura y tranquila del mundo. Aunque a veces lo seguro se siente como una cárcel, ¿no? Mire, le cuento: los jefes de mi mamá son dueños de una empresa de logística muy grande. Siempre se están quejando de que no encuentran personal serio para seguridad laboral. Pagan muy bien y buscan a alguien con experiencia o con el título, no les importa la edad si la persona es responsable.

Alba sintió una punzada de algo que no era alegría, sino vértigo.

-No creo, Marta. Yo no puedo trabajar. Con João es imposible. Él siempre dice que mi lugar está aquí, cuidando que el engranaje de la familia no se rompa. Además... -hizo una pausa, mirando a su alrededor-, no tengo necesidad. Lo he tenido todo aquí. João se ha encargado de que no me falte ni un trozo de pan ni un techo firme. Tendría que pasar algo muy malo, algo catastrófico, para que yo tuviera una excusa válida para salir de este encierro.

Marta no insistió con palabras, pero rebuscó en el bolsillo de su delantal y sacó una tarjeta blanca, algo doblada por las esquinas. La dejó sobre la encimera, justo al lado de la taza de café de Alba.

-La vida da muchas vueltas, señora. Mi mamá dice que a veces las catástrofes ya ocurrieron y uno solo está esperando a que el humo se disipe para ver las ruinas. Ahí tiene los datos por si un día se despierta y decide que ya tuvo "todo" lo suficiente.

Cuando Marta se retiró a la galería, Alba tomó la tarjeta. Los dedos le hormiguearon. Era un trozo de cartulina con un número de teléfono y una dirección. La miró como si fuera un artefacto prohibido. Rápidamente, con el corazón latiendo contra las costillas como un pájaro atrapado, caminó hacia el salón. Abrió un ejemplar de Poesía Portuguesa que João le había regalado años atrás y que ella jamás había terminado de leer. Deslizó la tarjeta entre las páginas 42 y 43. La cerró. El secreto quedó sepultado en un librito que nadie abriría.

Alba subió a la planta alta. Pasó frente a las habitaciones de sus hijos. Las puertas estaban cerradas, como fronteras infranqueables. Lucía y Tiago habitaban sus propios continentes de desidia. A veces, Alba se preguntaba si ellos también sentían ese vacío o si, por el contrario, habían nacido con una inmunidad natural al aburrimiento. Eran jóvenes, pero sus vidas carecían de la urgencia del deseo. Vivían en una inercia cómoda, alimentada por la billetera de su padre y el silencio de su madre.

Se refugió en su balcón. Desde allí, más allá de los edificios de ladrillo y las antenas de televisión, se alzaba el Cerro San Luis. Era una mole de roca y vegetación que dominaba el paisaje del pueblo. Alba lo había visto cada día de su vida. Conocía cómo cambiaba de color con la luz del atardecer, pasando del verde oscuro al violeta y luego al negro absoluto.

-Qué bello es -susurró para nadie.

A pesar de haber vivido toda su vida a la sombra de ese cerro, nunca había puesto un pie en él. Nunca había sentido la tierra de sus senderos bajo sus zapatos, ni el olor de sus pinos tras la lluvia. Para ella, el Cerro San Luis era como la luna: algo que se puede observar y nombrar, pero que jamás se puede tocar.

La tarde empezó a caer con una lentitud agónica. El sol se hundía, tiñendo las nubes de un rojo sangriento que parecía un aviso. Alba esperaba el sonido del motor del coche de João, el ritual de la llegada, el beso frío, la cena en silencio. Pero el sonido no llegó.

En su lugar, el teléfono sobre la mesa de noche vibró con una insistencia metálica. Un mensaje de texto.

"Reunión extendida. Asuntos críticos con los inversores de Capital. No podré volver a casa este fin de semana. No me esperes. João."

Alba leyó el mensaje tres veces. La pantalla del móvil se apagó, dejando la habitación en una penumbra azulada. No hubo llanto, ni rabia. Solo una expansión del vacío que ya conocía. Se quedó sentada en el borde de la cama, mirando cómo las sombras devoraban los muebles.

Cerca de la medianoche, Alba bajó a la cocina por un vaso de leche. Se encontró con Marta, que terminaba de recoger sus cosas para irse a dormir a la habitación de servicio. La luz fluorescente de la cocina les daba a ambas un aspecto espectral.

-¿El señor no viene? -preguntó Marta, con una voz suave que evitaba el juicio.

Alba negó con la cabeza mientras bebía un sorbo de leche que le supo a tiza.

-Trabajo. Dice que la reunión es muy importante. No vendrá en todo el fin de semana.

Marta soltó un suspiro largo y se sentó en la silla frente a Alba. Por primera vez, la barrera entre empleada y señora pareció desvanecerse bajo el peso de la soledad compartida.

-Señora, disculpe que me meta... pero yo llevo aquí más de cinco años. En todo este tiempo, nunca he visto que salgan a una actividad en familia. Ni un cine, ni una cena, ni un paseo al parque. El señor siempre está "facturando" o "reunido". ¿Usted siempre ha vivido así?

Alba dejó el vaso sobre la mesa y miró sus manos, esas manos que alguna vez sostuvieron planos de ingeniería y que ahora solo sabían de suavizantes de ropa.

-Yo era una joven de mi casa, Marta. Mis padres eran gente muy estricta, de pocos recursos. Mi vida era un triángulo perfecto: de la casa a la escuela, de la escuela a la casa. Luego, de la universidad a la casa. Nunca compartí con nadie. No había dinero para fiestas, ni tiempo para amistades que mis padres consideraran "distracciones".

Hizo una pausa, recordando el olor de la vieja biblioteca donde estudiaba hasta las tres de la mañana.

-Cuando conocí a João, él era todo lo que yo no tenía. Tenía mundo, tenía seguridad, tenía un plan. Para mí, él fue la puerta que se abría. Me casé pensando que iba a empezar a vivir, pero lo que hice fue cambiar de carcelero. Mis padres me criaron para ser obediente, y João simplemente aprovechó esa educación.

Marta la escuchaba con el mentón apoyado en la mano.

-¿Y la playa, señora? ¿Ni siquiera la playa? Estamos a cuarenta minutos de la costa.

-Nunca he ido -confesó Alba, y la verdad le quemó la garganta-. Bueno, mis padres dicen que fui cuando era muy pequeña, pero no tengo recuerdos. Solo fotos borrosas donde ni siquiera estoy segura de si soy yo esa niña frente a las olas. Y el Cerro San Luis... -miró hacia la ventana oscura-, ni siquiera sé cómo es de cerca. No sé a qué huele su cima. He pasado veinte años mirando un paisaje que no conozco.

Marta se levantó y le puso una mano en el hombro.

-El fin de semana es largo, señora. El señor no está. Los hijos están en sus cuevas. Quizás es hora de que deje de mirar el cerro y empiece a caminar hacia él.

Alba no respondió. Se quedó sola en la cocina después de que Marta se fuera. Subió al salón, tomó el libro de Poesía Portuguesa y sintió el relieve de la tarjeta de visita bajo la portada. La sacó, la miró un segundo y, en un acto de rebeldía silenciosa, no la volvió a guardar en el libro.

La dejó sobre la mesa del comedor, a la vista de todos, desafiando el orden impecable de la casa de João. Esa noche, por primera vez en dos décadas, Alba soñó con el mar, pero no era un mar azul y tranquilo, sino una masa de agua oscura y salvaje que venía a derribar las paredes blancas de su habitación.

Algo en ella, una pequeña pieza mecánica que había estado oxidada por años, empezó a girar. El proceso de reinicio había comenzado.

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