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La vida sin sentido
img img La vida sin sentido img Capítulo 5 La ejecución
5 Capítulo
Capítulo 6 El despertar de alba img
Capítulo 7 La vida tomando rumbo y cruel img
Capítulo 8 La belleza en el campo de batalla img
Capítulo 9 EL REGRESO DE LA INGENIERA img
Capítulo 10 EL AMOR ES UN ERROR DE CÁLCULO img
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Capítulo 5 La ejecución

El lunes no amaneció con sol, sino con una neblina baja que devoraba la base del Cerro San Luis, ocultando sus senderos como si el paisaje mismo se negara a ser visto. Alba estaba en la cocina mucho antes de que sonara la alarma de los niños. No había pegado ojo. La rodilla le latía con un ritmo sordo, un recordatorio biológico de su caída, pero su mente estaba en un estado de hiperlucidez que nunca había experimentado.

Había preparado café. El aroma, antes reconfortante, ahora le recordaba a los miles de mañanas en las que había servido esa misma bebida como un ritual de servidumbre silenciosa. Se sentó a la mesa, con la tarjeta de la empresa Mourik puesta frente a ella, justo al lado del azucarero de plata que João tanto insistía en pulir.

A las ocho y quince, el sonido del coche de João rompió la estática de la calle. Alba no se tensó. En su lugar, sintió una curiosa frialdad, como si estuviera observando una reacción química desde detrás de un cristal reforzado.

João entró con la arrogancia de quien se sabe dueño de cada centímetro cuadrado de madera y ladrillo. Traía el traje impecable, pero sus ojos estaban inyectados en sangre. Alba, en su ingenuidad construida por años de engaños, interpretó ese brillo vidrioso como el cansancio extremo de un hombre que no ha parado de trabajar en la capital. No sospechaba del alcohol caro, ni de las luces de neón, ni de las mujeres que João pagaba para olvidar su propia mediocridad.

Al ver a Alba sentada en la cocina, con la venda asomando por el pantalón corto que se había puesto para no rozar la herida, la expresión de João se endureció en un gesto defensivo.

-Veo que has decidido esperarme con la evidencia de tu irresponsabilidad -dijo él, dejando el maletín con un golpe seco-. Espero que el fin de semana te haya servido para reflexionar sobre el espectáculo que diste. Salir de noche, a tu edad, a caerte en una bicicleta... es patético, Alba.

Alba levantó la vista. No había rastro de disculpa en sus ojos. Ella no buscaba pelear por la bicicleta, sino por la vacuidad de su alma.

-El amor no existe, João -dijo ella, con una voz tan plana y despojada de emoción que el hombre se quedó paralizado a mitad de un gesto.

-¿De qué demonios estás hablando? ¿Ahora te has vuelto filósofa?

-Hablo de que he pasado veinte años buscando algo que no está ahí. Creía que tu control era cuidado, que tu ausencia era sacrificio. Pero anoche, mientras yo sangra y tú me gritabas por teléfono que no podías dejar tus "negocios", entendí quién eres. No eres un hombre sacrificado por su familia. Eres un hombre que huye de ella. Tu trabajo, tus reuniones... son solo excusas para no estar aquí.

João sintió un escalofrío. En su mente, una alarma empezó a sonar con estridencia. El secreto que guardaba no era una "otra familia" ni una infidelidad romántica; era su adicción al derroche y a la noche. Mientras Alba ahorraba cada centavo en el supermercado, él quemaba fortunas en juergas y apuestas para alimentar un ego que solo brillaba fuera de casa. La había mantenido encerrada para que ella nunca tuviera acceso a las cuentas reales, para que no viera las notificaciones de deuda.

Al escucharla hablar de "ausencia", João suspiró con un alivio casi físico. No lo sabe, pensó. Cree que me quedo en la capital por exceso de trabajo. Cree que soy un adicto al negocio.

-Alba, escucha... -empezó él, tratando de usar esa voz autoritaria que siempre le funcionaba-. Estás imaginando cosas. Mis reuniones son necesarias para mantener este nivel de vida. Si no estoy aquí es porque estoy asegurando el futuro de los chicos. No puedes ser tan egoísta de pedirme que deje mi carrera por un raspón en la rodilla.

-¿Qué nivel de vida, João? -Alba señaló las paredes blancas con un gesto lento-. El de una jaula limpia. No me mientas más sobre tu "sacrificio laboral". Ya no me importa si tus negocios son tan importantes que te impiden ser humano. Lo que me importa es que me has tenido prisionera bajo la promesa de un amor que no existe. Me has robado veinte años vendiéndome la idea de que tu trabajo era por nosotros, cuando claramente solo es para alejarte de mí.

João la observó con cautela. Si Alba se quedaba con la idea de que "el amor no existe" y que él simplemente era un trabajador obsesivo, él podía manejarlo. Podía marcharse al apartamento de la capital, donde tendría rienda suelta para sus vicios sin tener que dar explicaciones los domingos.

-Está bien -dijo João, cruzando los brazos y fingiendo una herida dignidad-. Si tanto te asfixio con mi "trabajo", si crees que este hogar es una cárcel porque yo no estoy para sostenerte la mano, me iré. Tengo el apartamento cerca de la oficina. Viviré allí un tiempo. No quiero estar en un lugar donde se me desprecia por ser el proveedor.

João esperaba que ella se derrumbara. Esperaba que ella recordara que no tenía ingresos, que no sabía cómo funcionaba el mundo exterior, que dependía de su billetera. Pero Alba no se inmutó. Tomó la tarjeta de la mesa. Sus dedos no temblaban. Marcó el número con una decisión que parecía grabada en piedra.

-¿Diga? ¿Empresa Mourik? -la voz de Alba resonó en la cocina, clara y profesional-. Mi nombre es Alba Silva. Soy Ingeniera en Seguridad Industrial. Llamo por la vacante. Me gustaría tener una entrevista lo antes posible.

João se quedó petrificado. La idea de que Alba trabajara era el peligro más grande para su secreto. Si ella empezaba a ganar dinero, querría manejar sus propias cuentas, querría saber por qué no había ahorros. Pero el miedo a que ella indagara en sus "negocios de la capital" si él se negaba lo mantuvo callado.

-¿Mañana martes a las diez? -continuó Alba-. Allí estaré. Gracias.

Colgó el teléfono y miró a João.

-Ya puedes irte a tus "importantes reuniones", João. Pero no te lleves las llaves. Esta casa será el lugar donde mis hijos y yo aprenderemos que la vida no tiene sentido, pero que al menos es nuestra.

La despedida de los hijos fue una escena de teatro vacío. João los abrazó con esa teatralidad heroica, prometiéndoles que volvería cuando "mamá estuviera más tranquila". Lucía y Tiago solo asintieron, acostumbrados a un padre que siempre estaba de salida. No sospechaban que su padre se iba a quemar los últimos ahorros en una fiesta de despedida en la capital.

Cuando la puerta se cerró, el silencio que quedó no fue de paz, sino de una desolación absoluta. Marta salió de la penumbra de la lavandería, secándose las manos en el delantal.

-Se ha ido, señora.

-Se ha ido, Marta. Y lo peor es que todavía cree que le creo -dijo Alba, mirando el café frío-. Cree que su "trabajo" es sagrado. No sabe que ya no me importa qué haga en la capital. Solo me importa que ya no lo hace aquí.

Alba se acercó al balcón. La neblina seguía ocultando el Cerro San Luis. Sintió una tristeza profunda, no por perder a un esposo, sino por darse cuenta de que había adorado a un Dios falso. El amor, la familia unida, el sacrificio... todo era un espejismo que João usaba para cubrir su propia incapacidad de ser un hombre real.

-Marta -dijo Alba-, mi vida no tiene sentido. Pero por primera vez, no necesito que lo tenga. Mañana iré a esa entrevista. No porque quiera triunfar, ni porque quiera demostrarle nada a João. Iré porque el vacío es demasiado grande y necesito ocuparlo con algo que no sea esperarlo a él.

Alba no buscaba la felicidad. Solo buscaba dejar de ser una sombra en una casa de plata.

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