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La vida sin sentido
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Capítulo 7 La vida tomando rumbo y cruel img
Capítulo 8 La belleza en el campo de batalla img
Capítulo 9 EL REGRESO DE LA INGENIERA img
Capítulo 10 EL AMOR ES UN ERROR DE CÁLCULO img
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Capítulo 4 La decisión

El taxi dejó a Alba frente a su casa cuando los primeros rayos del sol del domingo empezaban a lamer las fachadas de la calle. El silencio de la madrugada era absoluto, roto solo por el chirrido de la puerta del coche al cerrarse. Alba caminó hacia la entrada con una cojera evidente; cada paso era un recordatorio físico de su osadía, una punzada que le subía por la pierna y se instalaba en la cadera, pero su rostro, extrañamente, estaba sereno.

Marta la ayudaba, sosteniéndola por el brazo con una delicadeza casi reverencial. Al entrar en el recibidor, el olor a cera y a encierro la golpeó de frente. Durante veinte años, ese olor había sido su zona de confort; hoy, le resultaba nauseabundo.

No habían pasado ni diez minutos cuando se escucharon pasos en la escalera. No eran los pasos pesados y decididos de João, sino unos titubeantes, ligeros. Lucía y Tiago aparecieron en el rellano, todavía con el rastro del sueño en los ojos, pero con una expresión que Alba no les veía desde que eran niños: preocupación.

-¿Mamá? -Lucía bajó las escaleras casi corriendo al ver el vendaje que asomaba bajo el pantalón de lino de su madre-. ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde estabas? Marta nos dijo que habías salido, pero... ¡mira tu pierna!

Tiago se quedó unos pasos atrás, observando la escena con el ceño fruncido. Sus manos, siempre ocupadas con mandos de consola o teléfonos, estaban quietas a los costados.

-Me caí -dijo Alba, dejándose caer en el sofá del salón con un suspiro que no era de dolor, sino de agotamiento emocional-. Me caí de una bicicleta en el parque.

Los hermanos se miraron entre sí, incrédulos. La imagen de su madre, la mujer que apenas salía de casa si no era para hacer la compra o ir al médico, montando en bicicleta por la noche, era algo que sus mentes no lograban procesar. Era como si un mueble de la casa hubiera decidido, de repente, echar a volar.

-¿En bicicleta? -Tiago finalmente habló, su voz era un murmullo grave-. Mamá, podrías haberte matado. Papá va a...

-Papá no está, Tiago -lo cortó Alba con una frialdad que dejó al muchacho mudo-. Papá sabe que estoy herida y ha decidido que sus reuniones en la capital son más urgentes que mi salud. Así que, por favor, no hablemos de lo que papá va a decir o hacer. No hoy.

Lucía se sentó en la alfombra, a los pies de su madre, mirando el vendaje blanco manchado de un poco de suero. Alba le acarició el cabello, un gesto que hacía tiempo no se sentía tan auténtico.

-Escuchen los dos -dijo Alba, mirando a sus hijos a los ojos-. Sé que me ven como una parte más de esta casa. Como la persona que prepara el café, la que dobla las sábanas, la que siempre está aquí cuando regresan. Pero antes de ser todo eso, yo era alguien.

Se hizo un silencio denso. Marta, desde la cocina, observaba la escena con lágrimas en los ojos.

-Yo soy Ingeniera en Seguridad Industrial -continuó Alba, y la palabra "ingeniera" sonó poderosa en ese salón-. Me gradué con las mejores notas de mi promoción. Sé cómo funcionan las grandes industrias, sé cómo prevenir catástrofes, sé cómo gestionar equipos de cientos de personas. He pasado veinte años entregándoles mi vida a ustedes, cuidando que su mundo fuera perfecto, pero en el proceso, dejé que mi propio mundo se llenara de polvo.

Lucía la miraba con la boca abierta. Nunca, en toda su vida, habían hablado de la profesión de Alba. Para ellos, mamá era simplemente "mamá", un ser sin pasado y, aparentemente, sin futuro propio.

-He vivido para que a ustedes no les faltara nada, pero me olvidé de que a mí me faltaba todo -su voz se quebró un poco, pero recuperó la fuerza de inmediato-. Mañana, cuando su padre llegue, las cosas van a cambiar. No voy a pedir permiso para respirar nunca más. Tengo una oportunidad... -Alba buscó con la mirada hacia la mesa del comedor, donde la tarjeta de la empresa de logística seguía descansando-. Hay una empresa que busca gente con mi perfil. Gente de mi edad, con mi título. Y mañana, después de hablar con João, voy a llamar. Voy a trabajar.

Tiago se acercó y se sentó al otro lado de Alba. Por primera vez en años, no había una pantalla entre ellos. Había una conexión real, humana.

-¿Te vas a ir, mamá? -preguntó Lucía con miedo.

-No lo sé todavía, hija. Pero lo que sí sé es que la mujer que entró en esta casa hace veinte años ya no existe. Y la que está aquí ahora, herida y cansada, ya no tiene miedo.

El resto del domingo transcurrió en una calma chicha, esa paz inquietante que precede a los grandes huracanes. João no llamó. No envió ni un solo mensaje para preguntar cómo había pasado la noche, si necesitaba medicación o si la herida era grave. Su silencio era un castigo calculado, una forma de decirle: "Como no me obedeciste, no existes para mí".

Pero esta vez, el castigo no surtió efecto. Alba pasaba las horas en el balcón, con la pierna en alto, observando el Cerro San Luis. Ya no lo miraba con envidia, sino con reconocimiento. El cerro estaba allí, firme, aguantando el sol y la lluvia sin pedirle nada a nadie. Ella empezaba a sentirse igual.

Marta se acercó a ella a media tarde con una bandeja de té. La joven se veía compungida, con los hombros hundidos.

-Señora Alba... no dejo de pensar en lo que pasó anoche. Siento que tengo la culpa. Si yo no la hubiera convencido de salir, si no hubiera llamado al señor João...

Alba dejó la taza de té y tomó la mano de Marta entre las suyas. Eran unas manos curtidas por el trabajo, manos honestas.

-Escúchame bien, Marta. No tienes ninguna culpa. Al contrario, me has salvado. Si no me hubiera caído, si no hubieras llamado a João, yo seguiría creyendo que él es mi protector. Tu llamada me mostró la verdad: estoy sola en este matrimonio. Y esa es la verdad más liberadora que he recibido en veinte años.

Alba apretó la mano de la muchacha.

-No te preocupes por tu trabajo ni por lo que João pueda decirte. Tú te has portado como una amiga, no como una empleada. Y yo te prometo que, pase lo que pase mañana, te voy a proteger. Si yo salgo de aquí, tú vienes conmigo o te aseguro un lugar donde te traten con el respeto que mereces. Eres parte de mi nueva vida, Marta.

Marta asintió, secándose una lágrima con el delantal. Por primera vez en esa casa, se sentía un aire de complicidad femenina, una alianza que João no había previsto en su estructura de poder.

Al caer la noche, Alba volvió a su habitación. No durmió en el lado de la cama que compartía con João. Se acurrucó en su propio lado, sintiendo el vacío del colchón como una bendición.

Cerró los ojos y se imaginó a sí misma caminando por los pasillos de una planta industrial, con un casco blanco y planos bajo el brazo. Se imaginó el olor a metal y a progreso, muy distinto al olor a cera de su salón.

Había vivido un espejismo. Había construido un altar a un hombre que solo la veía como un electrodoméstico más de la casa. Pero el domingo estaba terminando. Las cenizas de su vieja vida estaban esparcidas por toda la habitación, y Alba no tenía ninguna intención de barrerlas.

Mañana sería lunes. Mañana, el "dueño de la casa" regresaría de la capital esperando encontrar a una mujer arrepentida y humillada.

Alba tocó la venda de su rodilla. El dolor seguía ahí, pero era un dolor vivo. Un dolor que le decía que todavía estaba a tiempo de empezar a contar su propia historia. No llamó a João. No le envió el reporte de sumisión que él esperaba.

Simplemente apagó la luz y, por primera vez en dos décadas, durmió sin esperar que nadie viniera a rescatarla. Porque ella ya se había rescatado a sí misma en una bicicleta de alquiler, bajo el cielo de agosto.

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