Género Ranking
Instalar APP HOT
La vida sin sentido
img img La vida sin sentido img Capítulo 3 La primera herida
3 Capítulo
Capítulo 6 El despertar de alba img
Capítulo 7 La vida tomando rumbo y cruel img
Capítulo 8 La belleza en el campo de batalla img
Capítulo 9 EL REGRESO DE LA INGENIERA img
Capítulo 10 EL AMOR ES UN ERROR DE CÁLCULO img
img
  /  1
img

Capítulo 3 La primera herida

La noche del sábado no trajo el alivio del frescor. Por el contrario, el calor de agosto se había quedado atrapado entre los edificios, como un animal herido que se niega a morir. En la casa de los Silva, el silencio era tan espeso que Alba podía oír el zumbido de la nevera desde el piso de arriba.

João no estaba. Lucía y Tiago estaban sumergidos en el resplandor azul de sus pantallas, perdidos en mundos digitales donde no tenían que mirar a su madre a los ojos. Alba, de pie frente al espejo del vestidor, se miraba las manos. Temblaban.

-Señora, el taxi llega en cinco minutos -susurró Marta desde el umbral.

Marta se había quitado el uniforme. Llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta de algodón. Se veía joven, vibrante, peligrosamente libre. Alba, por el contrario, vestía un pantalón de lino beige y una blusa cerrada hasta el cuello. Parecía una mujer que iba a un funeral, no a una aventura.

-¿Y si se despiertan? ¿Y si João llama al fijo? -la voz de Alba era un hilo de pánico.

-Los niños no se van a dar cuenta ni aunque se caiga el techo, señora. Y el señor João ya dijo que no volvería hasta el lunes. Vamos. No deje que el miedo sea el que maneje esta noche.

Alba cerró los ojos, tomó aire y cruzó el umbral. Al cerrar la puerta principal tras de sí, el "clic" de la cerradura sonó en sus oídos como una explosión. Había pasado la frontera.

El trayecto en taxi fue una sucesión de luces borrosas. Alba miraba por la ventanilla con la boca entreabierta, como una astronauta que acaba de aterrizar en un planeta desconocido. La ciudad de noche no se parecía en nada a la que veía desde su balcón. Había gente riendo en las terrazas, música saliendo de los bares, parejas caminando de la mano sin rumbo fijo.

Llegaron al Parque Central, un pulmón verde de hectáreas infinitas rodeado de rascacielos. Marta, con una energía contagiosa, la llevó directamente hacia un puesto de alquiler de bicicletas.

-¿Bicicletas? Marta, hace veinte años que no me subo a una -protestó Alba, retrocediendo.

-Las piernas tienen memoria, señora. Es como respirar. Solo que esta vez, usted decide hacia dónde va el aire.

Marta alquiló dos bicicletas de paseo. Alba se aferró al manillar con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Se subió con torpeza, sintiendo que el equilibrio se le escapaba, pero entonces, Marta empezó a pedalear y, casi por instinto, Alba la siguió.

El primer minuto fue de puro terror. El segundo, de asombro. Al tercero, Alba sintió algo que le recorrió la columna vertebral como una descarga eléctrica: velocidad.

El viento de la noche, aunque cálido, golpeaba su rostro, deshaciendo el peinado perfecto que siempre llevaba. Por primera vez en dos décadas, no había paredes. No había un techo de escayola blanca. Solo el cielo oscuro y los árboles que pasaban a su lado como ráfagas de sombra.

En ese paseo, a Alba le pasó toda su vida por la mente. Se vio a sí misma como la niña que estudiaba hasta el amanecer para complacer a unos padres que nunca la abrazaron. Se vio como la novia joven que creyó que el control de João era una forma de cuidado. Se vio como la madre que se anuló para que sus hijos tuvieran una "casa perfecta". Cada pedaleada era un golpe contra esos recuerdos. Se sentía ligera, casi incorpórea. Estaba riendo. Una risa extraña, oxidada, que nacía desde el fondo de su estómago.

-¡Marta, mira! ¡Estoy volviendo a nacer! -gritó Alba, soltando una mano del manillar por un segundo.

Pero la libertad, para quienes no están acostumbrados a ella, puede ser traicionera. En una de las bajadas del parque, cerca de una fuente iluminada, la rueda delantera de la bicicleta de Alba golpeó una raíz que había levantado el pavimento.

Todo ocurrió en cámara lenta. El manillar giró violentamente, el equilibrio se rompió y Alba salió despedida hacia un lado. El sonido del metal chocando contra el suelo fue seguido por un impacto seco.

Alba aterrizó sobre el asfalto. El dolor fue instantáneo y punzante. Sintió cómo la piel de su rodilla se desgarraba contra la superficie rugosa. Se quedó allí, tendida, con el pecho agitado y el sabor del polvo en la boca.

-¡Señora Alba! -Marta tiró su bicicleta y corrió hacia ella.

Varias personas que paseaban por el lugar se acercaron rápidamente. Un joven con ropa de deporte se arrodilló a su lado.

-No se mueva, señora. Ha sido una caída fea -dijo el joven, examinando la rodilla de Alba, que ya empezaba a sangrar profusamente, empapando el lino beige de su pantalón.

Alba estaba en shock. No por el dolor físico, sino por la ruptura de su burbuja. La sangre roja, brillante, era la prueba de que ya no estaba a salvo en su castillo.

-Hay que llevarla a un centro asistencial -insistió una mujer que se había detenido a ayudar-. Esa herida es profunda y necesita limpieza profesional.

-No, no... yo estoy bien -intentó levantarse Alba, pero el dolor la hizo jadear. Miró a Marta con ojos desencajados por el miedo-. Marta, por lo que más quieras, no llames a João. Por nada del mundo. Él no puede saber que salí. Me va a matar... me va a decir que soy una irresponsable, que no sé cuidarme. Por favor, Marta.

Marta la miraba con una mezcla de lástima y frustración. La joven ayudó a Alba a subir al taxi que llamaron los transeúntes, pero mientras Alba se aferraba a su pierna herida en el asiento trasero, Marta sacó el teléfono.

-Tengo que hacerlo, señora. Si esto se infecta o si usted no puede caminar el lunes, será peor. Él es su esposo.

-¡No, Marta! ¡Te lo ruego! -suplicó Alba, pero Marta ya estaba marcando.

El silencio del coche se llenó con el tono de llamada. Alba sentía que cada "bip" era un clavo en su ataúd. Finalmente, la voz de João tronó a través del altavoz, una voz que no sonaba a preocupación, sino a una autoridad herida.

-¿Marta? ¿Qué pasa? Son casi las doce de la noche.

-Señor João... la señora Alba tuvo un accidente. Estamos yendo a la clínica de urgencias. Se cayó de una bicicleta.

Hubo un silencio del otro lado de la línea. Un silencio que a Alba le heló la sangre. Luego, llegó la explosión.

-¿Bicicleta? ¿De qué demonios hablas? ¿Qué hacía Alba fuera de casa a estas horas? ¡Le dije que se quedara con los niños! ¡Le di una orden clara! -la voz de João subió de tono, volviéndose áspera, casi un rugido-. Pásame con ella.

Marta, con la mano temblorosa, le acercó el teléfono a Alba.

-¿João? -susurró ella, sintiendo que volvía a ser la niña asustada de siempre.

-Alba, ¿en qué estabas pensando? Has puesto en ridículo nuestra casa. Salir a escondidas como una adolescente... ¿Crees que soy idiota? Escúchame bien: no voy a ir. No voy a interrumpir mis reuniones en la capital para ir a curarte una rodilla que te rompiste por tu propia estupidez. Quédate en esa clínica, paga con tu tarjeta y vuelve a casa en un taxi. El lunes, cuando llegue, espero que tengas una explicación muy detallada de por qué traicionaste mi confianza.

El teléfono se cortó. El sonido de la línea muerta era lo único que quedaba en el taxi.

Ya en la clínica, mientras una enfermera limpiaba la herida con antiséptico, Alba no gritó por el escozor del alcohol. Sus ojos estaban fijos en una mancha en la pared blanca de la sala de curas.

Marta estaba sentada a su lado, con la cabeza baja.

-Lo siento, señora. Pensé que vendría. Pensé que, al saber que estaba herida, dejaría todo por usted.

Alba soltó una carcajada seca, carente de toda alegría. El dolor físico se había vuelto un ruido de fondo comparado con la claridad devastadora que acababa de inundar su mente.

-No lo sientes, Marta. No te disculpes -dijo Alba, y su voz ya no temblaba-. Me has hecho el favor más grande de mi vida.

-¿A qué se refiere?

Alba miró su rodilla vendada. João no iba a venir. No es que no pudiera; es que no quería. Para él, ella no era un ser humano que sufría, sino un activo que se había averiado por no seguir las instrucciones de uso. La "reunión en la capital" era más importante que su integridad física. Sus negocios, su otra vida, su control... todo estaba por encima de ella.

-He vivido un espejismo, Marta -continuó Alba, hablando más para sí misma que para la joven-. Veinte años creyendo que este encierro era amor. Creyendo que si yo era perfecta, él me querría. Pero no hay amor. Nunca lo hubo. Solo hay un contrato de propiedad. Él no me ama, Marta. Me posee. Y un dueño no ama a su objeto, solo se enfada cuando el objeto se sale de su sitio.

Alba entendió en ese momento que su vida no tenía sentido porque ella le había entregado el sentido a un hombre que no la valoraba. Se vio a sí misma sentada en aquel balcón, mirando el Cerro San Luis, esperando que alguien le diera permiso para ser feliz.

-El lunes él espera una explicación -dijo Alba, levantándose de la camilla con dificultad, apoyándose en Marta-. Pero no le voy a dar una explicación. Le voy a dar una despedida.

Salió de la clínica cojeando, pero con la cabeza más alta de lo que la había llevado en dos décadas. La herida de su rodilla iba a dejar una cicatriz, pero Alba la miraba casi con orgullo. Era su primera herida de guerra. La prueba de que, aunque se cayera, ya no estaba dispuesta a vivir de rodillas.

La ilusión del "hogar feliz" se había disuelto bajo la luz fluorescente de urgencias. Ahora solo quedaba la verdad: fría, cruda y, por primera vez, completamente suya.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022