-Elena, el cliente de los hoteles de Dubái ha llamado tres veces -le dijo su jefa de proyectos, una mujer joven y eficiente llamada Sara-. Quieren el render final de la estructura flotante antes del mediodía. Dicen que si ganamos este concurso, seremos el primer estudio español en firmar un rascacielos sostenible en la costa.
Elena se detuvo frente a su mesa, una plancha de acero que brillaba bajo la luz blanca. Miró el plano. Era un diseño audaz: un edificio que parecía sostenerse en el aire por puro equilibrio de tensiones. Era su obra maestra. Su "Independencia".
-Envíalo -dijo Elena, pero su voz sonaba extraña en sus propios oídos-. Pero dile que estaré fuera de la oficina unos días. Temas familiares.
Sara dejó de teclear y la miró con preocupación.
-¿Estás bien? Ayer te vi en las fotos de la gala de tu padre. Salías... tensa.
-Mi padre es un hombre de otro siglo, Sara. Ayer me di cuenta de que su siglo se está acabando -respondió Elena, enrollando un plano con una fuerza innecesaria-. Tengo que gestionar algo en la editorial.
-¿La editorial? -Sara soltó una risa incrédula-. Elena, siempre dijiste que Editorial Legado era un mausoleo. Que tú preferías construir para los vivos.
-A veces los vivos necesitan que alguien vigile los mausoleos para que no los saqueen -replicó ella, poniéndose las gafas de sol.
Se quedó un momento sola en su despacho acristalado. Desde allí veía Madrid, una ciudad que ella entendía a través de sus estructuras. Sabía cuándo una viga estaba cediendo por el ruido que hacía el metal al contraerse. Lo que vio anoche en Julián no fue un error de memoria; fue una falla estructural en los cimientos.
Elena acarició la superficie fría de su mesa. Había tardado diez años en dejar de ser "la hija de Casal". Había ganado premios internacionales, había aparecido en portadas de revistas de arquitectura sin que nadie mencionara los libros de su padre. Esa oficina era su santuario de orden y lógica.
Pero el mensaje de Marcos en el contestador de Julián seguía repitiéndose en su cabeza como una alarma de incendio.
Abrió su ordenador y, en lugar de revisar el cálculo de cargas de los hoteles de Dubái, tecleó en el buscador: "Vértice Digital: Adrián Varo, adquisiciones recientes".
La pantalla se llenó de titulares agresivos: "El algoritmo que está matando al papel", "Varo: El joven que despidió a la nostalgia". En todas las fotos, Adrián aparecía con esa sonrisa asimétrica que Elena recordaba contra su piel, esa mezcla de brillantez y frialdad que Julián había detectado antes que ella.
-Tú no vas a tocar esos libros, Adrián -susurró Elena-. No porque me importe el papel, sino porque no voy a dejar que ganes esta partida.
Tomó su casco de obra, un objeto que siempre llevaba en el coche como símbolo de su autoridad en el terreno, y salió del estudio. Al cruzar el umbral, sintió que estaba abandonando su propia construcción para entrar en una que se estaba desmoronando.
En el mundo de la arquitectura, si una estructura es inestable, se apuntala. En el mundo de Julián Casal, los apuntalamientos se consideraban una deshonra. Elena sabía que iba a tener que apuntalar el imperio de su padre sin que él se diera cuenta, y tendría que hacerlo usando las mismas herramientas de cálculo frío que usaba para sus edificios.
Antes de subir al coche, recibió un mensaje de texto de un número desconocido:
"He visto que has cancelado tus reuniones de la tarde. El hormigón es aburrido comparado con el papel, ¿verdad? Te espero a las seis. Trae tus mejores argumentos."
Era Adrián. Él ya sabía que ella estaba en movimiento. La sombra del lobo ya estaba proyectada sobre su estudio de cristal.