Julián había firmado la cláusula de exclusividad total para la Feria del Libro de Fráncfort con dos autores diferentes: Víctor Hugo Aranda, el novelista histórico más vendido de la editorial, y Clara Valle, la joven promesa de la autoficción que representaba la única esperanza de modernización para Legado.
El problema no era solo el solapamiento. El problema es que ambos contratos tenían la misma fecha de firma y garantizaban el mismo espacio físico y presupuesto de marketing, que era técnicamente imposible de duplicar. Peor aún: el contrato de Clara Valle incluía una penalización por incumplimiento de trescientos mil euros, una cifra que la editorial, con sus cuentas actuales, no podía pagar sin declararse en quiebra.
-¿Buscando algo que no deberías?
Elena dio un respingo. Marcos estaba en el umbral, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que bailaba entre la culpa y el servilismo.
-Marcos, ¿qué es esto? -Elena levantó los dos contratos-. ¿Cómo pudo mi padre firmar dos exclusividades para el mismo stand en Fráncfort?
Marcos cerró la puerta con cuidado y se acercó, bajando la voz.
-Julián... Julián olvidó que había cerrado el trato con Víctor Hugo en una cena privada. Dos días después, Clara vino aquí llorando porque quería irse a la competencia. Tu padre, en un arrebato de generosidad o quizás simplemente porque ese día no recordaba la cena anterior, le prometió el cielo y la tierra. Yo intenté decírselo, Elena, de verdad, pero se puso furioso. Dijo que yo intentaba controlar su agenda.
-Esto es un fraude contractual, Marcos. Si Clara se entera de que el espacio ya estaba adjudicado, nos demandará. Y si Víctor Hugo se entera de que le estamos quitando presupuesto para dárselo a una novata, se irá con Adrián Varo en diez minutos.
-Adrián ya lo sabe -soltó Marcos, evitando la mirada de Elena.
Elena sintió un escalofrío. -Lo sabe porque tú se lo dijiste.
-Se lo dije para intentar salvar los muebles, Elena. Adrián tiene capital. Si Legado se fusiona con Vértice Digital, él puede absorber la penalización de Clara y mantener a Víctor Hugo contento con una plataforma de audiolibros mundial. Es la única salida.
Elena se levantó, rodeando el escritorio. La sombra de su padre, proyectada en los cuadros de la pared, parecía juzgarla.
-No hay salida que pase por Adrián Varo, Marcos. Él no quiere los libros, quiere los cadáveres de los libros para alimentar su software.
-Entonces, ¿qué vas a hacer? -preguntó Marcos con un tono casi desafiante-. Julián no sabe ni qué día es hoy. El "Contrato Fantasma" está ahí, y el plazo para anunciar el programa de Fráncfort termina mañana.
Elena guardó ambos contratos en su maletín. Miró por la ventana hacia la calle, donde un coche negro con los cristales tintados estaba aparcado justo frente a la puerta principal. No necesitaba ver la matrícula para saber quién estaba dentro, esperando a que la estructura terminara de colapsar.
-Voy a hacer lo que mi padre haría -dijo Elena, aunque sabía que era una mentira-. Voy a editar la realidad.
Salió del despacho con paso firme. Tenía menos de veinticuatro horas para convencer a dos autores egocéntricos de que compartieran un espacio que no existía, o para encontrar una grieta legal en los documentos que su propio padre había firmado con una mano que ya no le pertenecía del todo.