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Él es Alexander Blackstone
img img Él es Alexander Blackstone img Capítulo 3 Obsequio
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Capítulo 3 Obsequio

Capítulo 1.

Retuerzo mis dedos entre sí, ansiosa y con el corazón latiéndome desbocado dentro de mi caja torácica. Estoy a punto de sufrir un colapso nervioso, puedo sentirlo.

Mi jefe, Alexander Blackstone me mira furioso, conozco esa mirada y sé que estoy en graves problemas. Su primo se ha metido a la fuerza en su despacho y eso él lo odia, pero no he podido impedírselo.

-¿Para carajos crees que te contrate? -espeta, colgando su saco en el perchero cromado.

Aprieto mis labios, impidiendo que algo malo pueda salir de ellos y me meta en problemas por eso. Necesito el trabajo y debo de mantener la boca cerrada. Sólo debo de pensar en cuanto dinero marca mi cuenta bancaria al final de la semana.

-Lo lamento, señor Blackstone, pero su primo...

Con un simple ademan de su mano hace que me calle. Reprimo el impulso de poner los ojos en blanco, eso me puede costar mi trabajo. Y lo necesito.

Aguanta un poco más, Sophie.

-Sí, lo que digas -gruñe entre dientes, caminando hasta mí, me niego a dar un paso atrás-. Vete y regresa con un café y las cuentas del mes, ahora.

Me giro sobre mis tacones con suma rapidez y camino sobre el piso encerado hasta las enormes puertas de cristal oscuro y las cierro detrás de mi espalda.

Suspiro, irritada.

Es insufrible, ni siquiera sé cómo es que no me ha echado en uno de sus malos ratos. Que francamente son muy seguidos, a penas y logro mantener mi boca cerrada cuando prácticamente me insulta con "clase".

Hago su café como de costumbre, el agua casi hirviendo, dos sobres medidos de café intenso, sin azúcar, ni ningún tipo de endulzante, menos lácteo ni ninguno de sus derivados.

Llego a mi escritorio sin derramar ni una sola gota y tomo las carpetas negras con el logo de la empresa y camino hasta las puertas dobles, toco dos veces, como siempre y luego entro, empujándola puerta con el hueso de mi cadera.

El señor Blackstone me mira con una ceja levantada, su expresión es impasible, aparta la mirada gélida de mí.

-Que sea la última vez que permites que suceda algo como lo de hoy, Sophie -dice fríamente.

Asiento, aunque no me está viendo. Dejo la taza de café sobre su escritorio, donde pueda tomarlo con facilidad y después acomodo la pila de cinco carpetas y por último coloco la de las cuentas del mes.

-Retírate.

Asiento de nuevo y camino a la salida, pero entonces su chasquido de dedos me hace detenerme, aprieto los labios y pongo los ojos en blanco, odio que me chasqueo los dedos como si fuera un animal.

-¿Qué estabas haciendo cuando llego, Albert?

Me giro y o miro con parsimonia y digo.

-Estaba corrigiendo el contrato que me envió está mañana, me hizo anotaciones sobre mis errores -sus ojos azules increíblemente fríos me atraviesan y casi hace que me tiemblen las piernas.

-¿Lo terminaste?

-Sí, señor Blackstone.

-Tráelo ahora.

Me giro de nuevo y camino hasta la puerta, haciendo muecas.

-Sophie, pídele a Prescott que suba.

-Por supuesto.

Salgo a toda prisa de su oficina y tomo el auricular y llamo al número privado del jefe de seguridad del señor "me vale mierda todo el mundo"

Prescott aparece a los pocos minutos con su rostro impasible, que sólo cambia cuando una pequeña sonrisa se desliza en dirección a mí, le correspondo del mismo modo y sin más entra en la oficina, tomo lo que necesito y entro minutos después, luego de tocar, para evitar enterarme de algo que no me concierne.

Mis pasos se detienen cuando el señor Blackstone cierra la puerta en mi rostro. Parpadeo sin saber que demonios acaba de ocurrir, lo más seguro es que el señor Blackstone tenga alguno de sus comunes y desagradables ataques de ira.

Siempre logra asustarme de verdad cuando eso pasa, es escalofriante y terrorífico. Pobre la mujer que tenga que vivir con él y soportar sus cambios drásticos de humor y lo violento que es.

Me estremezco y vuelvo a mi asiento, no tengo nada de trabajo pendiente que hacer, no ha mandado a mi correo ni ha enviado a una nota, ni un texto, ni menos ha llamado. Tomo de mi bolso y saco mi libreta, comienzo a hacer la tarea de la universidad, como siempre en mis ratos libres, que no suelen ser demasiados.

Leo un par de veces más, tratando de comprender lo que dice las palabras en alemán, entiendo muy poco lo que dice el texto. Leo y busco sus significados, escribiéndolas debajo de cada palabra y ahora todo comienza a tomar sentido.

Me sobre salto cuando aparece la señora Blackstone, la madre de mi jefe. Luce impecable y sumamente hermosa con un vestido azul cielo. Sus de color azul brillan con sinceridad y carisma mientras me observa, es una mujer muy dulce y amable, nada que ver con su hijo.

-Buenos días, señora Blackstone -saludo cordialmente poniéndome de pie.

Ella sonríe.

-Buen día, Sophie -deja una pequeña caja roja sobre mi escritorio-feliz cumpleaños.

Sonrío sin poder evitarlo, ni siquiera recordaba que hoy es mi cumpleaños.

-Hoy es veinticinco de octubre -dice acercándose a abrazarme, le devuelvo el abrazo con suavidad y una calidez se desata en mi interior.

-Gracias, señora Blackstone -terminamos el abrazo-. No tenía que hacer esto.

Susurro refiriéndome al regalo. Ella hace una ademan con la mano, restándole importancia.

-No digas tonterías, ha sido un placer. Además, no todos los días se cumplen veinte años.

Sonrío de nuevo, más cómoda.

-Y ya te dije que me digas Coral -se acerca de nuevo y esta vez tiene una pequeña caja azul en sus manos, adornada con un lazo plateado.

Lo miro con extrañeza, mientras ella la deja en mis manos, abro los ojos sorprendida, no puedo aceptarlo. Es de Tiffany. La joyería que en mi vida podré comprar algo.

-No, no se te ocurra rechazarlo. -Refuta, seriamente, al notar mi estupefacción-. Es un regalo de Alexander.

El corazón definitivamente deja de latirme.

¡No lo puedo creer, el maniaco me ha regalado algo! ¡Y, por cierto, carísimo!

¡Oh, Dios!

No puedo aceptarlo, además él de seguro ni siquiera lo ha elegido, soy yo la que siempre busca los regalos para la señora Coral, no él. Además, esto es carísimo, no puedo aceptarlo. Si fuera una pluma, un libro, lo aceptaría sin problema, pero es una joya. Una joya de verdad.

-Sophie -dice en tono cansino y convencedor-. Lo ha elegido él, tengo la impresión de que te quiere deslumbrar.

Abro la boca, repentinamente seca y me siento acalorada.

¿Deslumbrarme? A mí, debe de ser una broma de muy mal gusto.

-Creo que va a gustarte.

Silencio.

Tomo un par de respiraciones para poder soportar todo lo que sigue, es decir, esto es de locos. El señor Blackstone me ha comprado un obsequio y no sé cómo sentirme, sólo sé que me siento increíblemente incomoda con todo esto.

Alexander Blackstone nunca regala nada y yo quiero deberle nada.

-Gracias, pero es demasiado. No puedo aceptarlo -susurro con timidez.

Ella inclina el rostro hacia un lado y me observa con atención.

-Eres una buena chica -dice, trémulamente-. Pero eso tendrás que decírselo tú misma.

El aire se me escapa de los pulmones y lo miro a un lado mío, me sobresalto y pongo un poco de distancia entre ambos.

-Bueno, yo tengo que irme -besa la mejilla de su hijo y luego la mía-. Hoy deja que vaya temprano a casa, hijo.

Ni siquiera espera algún comentario por nuestra parte porque sale de inmediato rumbo a los ascensores, Prescott tampoco está y me siento nerviosa.

Una atmosfera extraña carga el ambiente y no sé dónde meterme para escapar.

Y entonces como un revuelo en el ambiente siento el brazo del señor Blackstone rodeando mi cintura, me paralizo. Me quedo sin aire en los pulmones y mi pulso se acelera a niveles exorbitantes.

Su tacto me pone nerviosa, me remuevo con incomodidad, alejándome de su brazo. No entiendo que le sucede.

Tengo un año trabajando con él y en la vida me ha dirigido una palabra que no sea de trabajo y menos me ha tocado, a menos que sea por un descuido al arrebatarme algo con brusquedad.

Mi trasero choca contra el vidrio de mi mesa de trabajo. Me quedo estática y miro a Alexander, sus ojos brillan peligrosamente, una mirada casi feroz.

¿He hecho algo malo?

-¿No aceptaras mi regalo? -inquiere solemne, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón negro.

Su semblante tiene cierta oscuridad en su rostro, el mentón apretado con fuerza y los ojos con brillo peligrosamente febril, su rostro enmarca facciones duras, para ser tan apuesto, es muy ermitaño.

Niego tácitamente.

-No puedo aceptarlo, señor Blackstone -balbuceo, mirando su apuesto rostro-. Muchas gracias, pero no puedo aceptarlo es demasiado.

Levanta una ceja y aguza la mirada, estudiándome con ella.

-Claro que puedes aceparlo y lo harás, Sophie -estira su mano y aparta un mechón suelto de mi cabello y lo deja delicadamente detrás de mi oreja, estoy inmóvil, contengo la respiración y el pulso se me acelera aún más.

Tengo la boca seca y mis fosas nasales captan su aroma sumamente masculino y atrapante. Huele a menta con una mezcla de cuero, y por supuesto, a whisky escoses.

Me obligo a mantener la cabeza levantada, para poder observarlo, no logro comprender que es lo que le sucede. Él no es amable con nadie. Siempre es arisco, hosco y sumamente frío en su trato.

Su cercanía me descoloca, ahora su rostro muestra cierta suspicacia, entrecierro los ojos, buscando alguna respuesta en los suyos, mas no la encuentro, Alexander Blackstone es un misterio, todo un paradigma.

Abro la boca, decida a decir algo. Cualquier cosa, pero que me ayude a salir de este momento tan perturbable para mí.

-Sophie, ven a mi oficina -pide, luego de unos segundos en lo que sólo me mira.

Asiento con evidente incomodidad.

Sigo sus pasos en total silencio, preguntándome que carajos sucede con él. Todo esto es tan extraño y poco razonable viniendo de él, no sé que puedo esperar.

Parpadeo un par de veces, mientras me detengo a un lado de las grandes puertas, mirando los edificios que son tan altos como el mismo Blackstonefire.

El señor Alexander Blackstone está de espaldas a mí, sirviendo algún tipo de licor, puedo escucharlo.

-Nos iremos a Europa -comienza con voz profunda-. Tengo varios negocios que necesito concluir antes de la primera quincena de noviembre. -Se gira y me mira-. Por supuesto, tú irás conmigo, viajaremos a Londres, Italia, Alemania y Dinamarca.

Asiento en comprensión a todo lo que me dice, no es primer viaje de negocios al que voy con él. Sé cómo funciona todo este asunto, estar auxiliándolo, justo como lo hago aquí, en New York.

Bebe de su copa y luego dice:

-Nos iremos mañana mismo -su mirada es vacía-. Puedes irte a casa, Sophie.

Oh.

-Gracias, señor Blackstone -digo tímidamente.

Deja la copa vacía sobre su escritorio y me mira sin decir una palabra, cuando estoy a punto de voltearme para salir, su voz profunda me detiene en el acto.

-Lleva lo que te regale a casa -aprieto los labios-. Feliz cumpleaños, Sophie.

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