Agotada de pensar lo mismo, guardo mis pensamientos en lo más profundo de mi mente. Desvío la mirada hasta la delicada joya.
Es un zafiro en forma de gota, impresionante, pendiendo de una delicada cadena de oro blanco. El diamante es de tamaño medio, en este momento odio no saber sobre los quilates.
-Ese hombre quiere posiblemente dos cosas contigo, reina -comienza, rápidamente-. O planea follarte por toda Europa o quiere algo verdadero contigo.
Suelto una carcajada y niego.
-Estás mal, Jesse. El señor Blackstone y yo jamás tendremos algo.
Pone los ojos en blanco y chasquea la lengua, bebe de su cerveza antes de decir:
-A veces eres tan tonta, Sophie -hago una mueca-. Ese hombre quiere algo, ¿segura que no tienes nada con él?
Es mi turno de poner los ojos en blanco.
-No.
Doy un mordisco a mi pizza y gimo al sentir el queso derretido en mis papilas gustativas.
Jesse ha sido mi mejor amigo desde el colegio, ahora vivo con él, es como mi hermano mayor, mi confidente, mi todo. La estancia con mis padres no duró demasiado, la relación con mi padre siempre fue dura y siempre intentaba tocarme, eso siempre me asustaba, por esa misma razón salí de casa. Beth, mi hermana mayor, está casada con una hermosa bebé de ocho meses, Amber, y por si fuera poco se hace cargo de mi pequeño sobrino, Aiden de cinco años, porque su padre, Ian, mi hermano. Es incapaz de cuidarse por sí solo, siempre está en problemas, cada vez es más frecuente las veces que va a prisión por hacer cosas ilegales. Nuestra familia no es la mejor, mi padre es casi un alcohólico consuetudinario, le encanta apostar lo que no tenemos, fue así, como tuve que dejar de estudiar y trabajar para ayudar con todos los gastos y con la salud de mi madre, a pesar de que Ben, el esposo de Beth es médico, él no es cardiólogo y no siempre puede ayudarnos.
Además, no tiene obligación de hacerlo, bastante hace con ayudarnos a cuidar a Aiden y contribuyendo con la mitad de la hipoteca de la casa de mis padres.
-¡Sophie! -grita atrayendo mi atención.
Jesse me está mirando con irritación.
-¿Qué?
-Te he estado hablando como idiota, ¿en qué piensas?
Encojo mis hombros, restándole importancia. Me he perdido entre tantos pensamientos que me abruman.
-Nada en especial.
-¿Alexander Blackstone? -dije sugerentemente.
Aprieto los labios y arrugo la nariz.
-Él no tiene nada que ver con lo que pasa por mi mente -aseguro, irritada.
¿Por qué tendría que pensar en mi molesto jefe?
~ﻬ~
Me remuevo incomoda sobre el asiento de piel negra y reconfortante. Alexander Blackstone lee su Tablet sin prestarme atención en lo absoluto. Miro mis uñas color rosa pálido, estamos cerca del aeropuerto y sé que debemos descender por las pistas privadas. Nunca he ido a Dinamarca. Tampoco a Italia. Así que sólo tal vez, pudiera ver un poco de ellos. Claro, si es que el señor Blackstone me dejaba tiempo libre.
Por mi vista periférica soy capaz de darme cuenta qué, el señor Blackstone me observa, quizás lo he molestado al estar moviéndome, aunque no estamos en el mismo asiento, no me atrevo a voltear en su dirección, sigo sentir su mirada intensa, sobre mí. Me incomoda, mas no puedo hacer nada al respecto.
-Sophie -mi mirada se topa con la suya de inmediato-. Tenemos que hablar sobre algo importante.
-Por supuesto -respondo de inmediato.
Su semblante es impasible, como siempre. Estoy acostumbrada a él, de cierta manera es con la persona que más tiempo paso desde hace un poco más de año. Prácticamente estoy impuesta a sentirlo cerca, claro no tan cerca.
Prescott ni Jules, otro agente de seguridad, están en la misma cabina que nosotros y no sé si eso es bueno o malo. Sólo sé que hay una extraña sensación en mi estómago desde esta mañana que vi a Alexander dentro del auto para irnos al aeropuerto. En mi pecho hay una opresión que logra abrumarme y ponerme en alerta. Y las palabras que mi jefe a dicho sólo consiguen ponerme más nerviosa de lo que estoy.
Faltan unos minutos para que aterricemos en Londres, puedo ver las luces de la ciudad, me recuerda a las Vegas y New York, ciudades que no conocen la noche.
Cuando Mirta, la sobrecargo, nos pide que abrochemos nuestros cinturones y ha retirado cualquier bebida o alimento de las mesas, sé que estamos a punto de aterrizar y entonces siento el vacío en mi estómago al momento que el Jet desciende, siempre sucede lo mismo.
El aire frío golpea mi rostro, alborotando mis cabellos, hace frío y puedo sentir como traspasa mis jeans, el blazer me arropa el pecho, está lloviendo con fuerza y el viento helado sólo hace que desee estar en casa, acostada con Jesse y arropada mientras vemos una película.
Lo que me deja atónita es que Alexander me sujeta del brazo, acercándome a él, tal vez estoy temblando, no lo sé, simplemente me siento patética en este momento, me tenso al sentir ese mismo brazo rodear mi cintura.
¿Qué es lo que está sucediendo?
Un hombre al que no conozco nos cubre con un paraguas negro, se lo agradezco infinitamente, no quiero enfermarme. Y entonces creo que el señor Blackstone va a soltarme, pero no es así, me sigue sujetando hasta que me hace entrar en el Bentley color acero.
-Espero que no estés agotada por el viaje -dice cerca de mi oído.
No tengo tiempo de observarlo, porque me hace entrar en el auto, para después sentarse a mi lado. Frunzo mi ceño, no me ha gustado como suenan sus palabras. Mi corazón late con fuerza, sopesando sus palabras.
A mi mente vienen las palabras de Jesse.
No puedo aceptar la idea de que Alexander Blackstone busque algo conmigo. Es inconcebible, somos demasiado distintos. Incompatibles.
Además, él a mí no me interesa en lo absoluto.
-Debemos hablar cuanto antes -explica, segundos después-. Puede ser después de cenar.
Asiento.
~ﻬ~
Mis ojos están fijos en los suyos. Alexander Blackstone no deja de mirarme, bebe su vino con tranquilidad. Mi respiración está acelerada, no puedo creer que tenga un informe de cada uno de los miembros de mi familia. Parece que el corazón va a salírseme del pecho.
-Es increíble que sigas ayudando a la escoria de tu hermano -habla seriamente, rompiendo el silencio incómodo y agobiante que nos rodea.
Abro la boca, molesta. Él no tiene derecho a husmear en mi vida privada, se supone que hemos firmado un acuerdo de confidencialidad cuando comencé a trabajar para él, hace un año atrás. Es un patán entrometido.
-Usted no tiene derecho a hacer esto -argumento en un siseo.
Su expresión no denota ninguna señal de molestia ni sorpresa, nada. Sigue manteniendo una postura impenetrable y autoritaria. Me molesta que sea de ese modo.
Mastica lentamente su asado, mientras yo aprieto la carpeta con fotografías y datos de mi familia. Es un maldito aprovechado.
Me levanto de la silla, completamente indignada, él no debe hacerlo. Tiene que respetar mi vida a mi familia. Esto es demasiado.
-¿Ya te contó tu hermano que me debe dinero? -la solemnidad de su tono no es lo que me hace caer de nuevo en la silla.
¿Ian? ¿Acaso se volvió estúpido o demente?
Pedirle un préstamo a Alexander Blackstone es lo último que yo haría en mi vida.
-Me debe setecientos mil -mi presión se desploma y el sabor de la bilis me aborda las papilas gustativas.
Tengo el corazón demasiado acelerado, no tengo hambre y verlo así, como si nada sucediera me hace querer abofetearlo hasta que reaccione y deje de ser un idiota, aunque dudo que sea posible.
Mis palmas comienzan a sudar a causa de los nervios. La cabeza me da vueltas, ¿de dónde pretende pagar ese dinero?
-Es una lástima que tu hermano tenga que ir a prisión.
Tengo un nudo enorme en la garganta, la boca seca y los nervios de punta. Los ojos me escosen, estoy a punto de romper a llorar frente a él. ¿Cómo puede ser tan cruel?
-¿Por qué le dio esa cantidad de dinero si es más que obvio que no podremos pagarla? -inquiero con un hilo de voz.
Mis manos tiemblan y no sé si es de rabia o nerviosismo.
Sus ojos azules no demuestran más que frialdad y vacío. No hay nada que pueda decirme que espere algo bueno de todo esto. Mi estómago está hecho un nudo, doloroso, al igual que mis entrañas. Parpadeo, alejando las lágrimas calientes que luchan por salir de mis ojos.
-Porque hay algo que tú si puedes hacer -responde imponentemente.
Siento el alma en los pies, sus palabras me han logrado erizar la piel y no de una buena manera, mis manos forman dos puños, clavando las uñas en la carne blanda de mis palmas. No importa si duele, me siento humillada ante sus palabras. Es un poco hombre, embustero.
-Piensa en que si no lo hubiese dado es dinero a tu hermano, ahora mismo tu madre estuviera llorando su muerte -pausa brevemente-. Si aceptas lo que te propongo, ni tu madre, ni tu padre tendrán ningún tipo de escases económica, Sophie. Piensa en tu madre, que está enferma del corazón y necesita una operación con carácter de urgente, no tendrás estar viendo notificaciones de una hipoteca que debes pagar, tu sobrino tendrá la mejor educación que cualquier niño pueda disfrutar. No les faltara nada.
Sus palabras me atormentan y me ofuscan, está utilizando su poder de convencimiento. Su maldita facilidad de palabra.
Mi dignidad como mujer en este preciso momento está en suelo, siendo pisoteada por él.
-¿Cuánto tiempo crees que Ian duré vivo? -abro los ojos, incrédula-. Lo están buscando, tu hermano le debe demasiado dinero a la mafia que controla New York. Perdió unos kilos de la mejor cocaína y ellos quieren su dinero.
Trago saliva, dolorosamente. El pulso se me ha acelerado y de pronto siento que el aire me falta.
-El dinero que le di a Ian no es más que la mitad de lo que debe entregar mañana por la noche.
Limpio furiosa una lágrima que ha caído en mi mejilla izquierda, su semblante sigue siendo el mismo, frío y duro. Tengo la necesidad imperiosa de hacer girar su rostro con una bofetada.
-¿Qué es lo que quiere a cambio, señor Blackstone? -digo entre dientes, furiosa, sintiendo una pequeña ola de valentía.
Ladea el rostro y una sonrisa maquiavélica se asoma en ellos, causándome un escalofrío y haciéndome perder cualquier tipo de valentía que mi alma pudiese albergar. No tengo posibilidades contra él, ni un millón de años. Es decir, él es un puto millonario arrogante y poderoso, tiene conexiones en todas partes, hace lo que le venga en gana.
Deja descansar sus grandes y cuidadas manos sobre la mesa de mármol, entrelazadas. Adoptando una aptitud pragmática y ventajosa.
-Podrías hacer muchas cosas por mí, Sophie.
Su actitud casi versátil me hace enfurecer aún más.
-Sólo dígalo.
La sonrisa se extiende por sus labios y sus ojos adquieren cierto brillo de triunfo y me hace sentir aún más humillada.
-Vas a ser mía desde hoy.