Muerdo mi labio, levanto el rostro hasta que puedo mirarlo a los ojos. Tiene la mirada oscurecida y salvaje, mis piernas se vuelven cada vez más débiles y el corazón me retumba dentro de mi caja torácica, estoy nerviosa, sé lo que sigue y no sé si pueda hacerlo. Me siento denigrada. Sucia.
No soy un objeto. Soy una mujer.
Cuando menos me doy cuenta estoy sobre la mesa de mármol, sus manos se aferran a mis caderas y está en medio de mis piernas, me apoyo sobre la superficie fría de la mesa, con la respiración entre cortada y el corazón latiéndome velozmente. Tengo los labios entreabiertos, estoy jadeando.
Mi pecho sube y baja a un ritmo descoordinado y acelerado, Alexander, muy por el contrario, está tan reacio y febril que me asusta. Mis manos tiemblan. Y puedo sentir con claridad el golpeteo de mi corazón zumbando en mis oídos.
Sus ojos me están devorando, sin ningún tipo de pudor y eso me hace sentir extraña, desnuda y como una zorra.
-Quítate la blusa -ordena roncamente.
Mis ojos arden y se llenan las lágrimas, no quiero hacerlo. La humillación se acrecienta en mi pecho, no puedo hacerme esto.
-No puedo hacerlo y tampoco quiero -balbuceo, llorosa, mirándolo a los ojos.
Alexander me observa, con seriedad. Todo rastro de lujuria y lascivia desaparece de sus ojos y rostro.
-No haremos nada malo -una pausa y acaricia mi rostro con su dedo índice-. Tú, sólo vas a recostarte y yo haré todo.
Su dedo sigue acariciando mi pómulo con delicadeza, mientras que siento como sube su mano por mis costillas, debajo de mi seno. Son caricias suaves y no sé que hacer, estoy muy quieta, ni siquiera sé si sigo respirando. Acaricia delicadamente mi costado, mientras sus ojos me observan fijamente.
Inclina su rostro, mientras me mira a través de sus espesas pestañas, una clara invitación a la lujuria, de nuevo está esa mirada oscurecida y atrapante haciendo brillar sus ojos azules, que ahora parecen tan profundos como el mar.
Abro la boca cuando besa mi mentón, estoy temblando.
-Siempre has olido malditamente bien -inspira con fuerza cerca del hueco entre mi cuello y hombro.
Me tenso, me siento rígida. Asustada, esto no está bien. Y en un segundo pongo mis manos en su pecho, alejándolo, al menos lo intento. Separa su rostro de mi cuello y me observa, tiene una pequeña sonrisa en el rostro. Sé que intenta relajarme, pero hay algo que me lo impide.
-¿Por qué no?
No parece molesto, sino sorprendido.
¿Por qué no?
-No soy un objeto, fue su idea prestarle el dinero a mi hermano, no mía, yo no se lo pedí. Quiero ayudar a mi familia, pero no teniendo sexo como si fuera una prostituta, porque no lo soy. Valgo más que esto. Soy mucho más que esto. -Susurro llorosa, me siento terriblemente humillada.
Su sonrisa desaparece y puedo jurar que en mi vida lo había visto tan solemne como ahora, está inmóvil, sus manos dejan mi cuerpo y solamente me mira. Su expresión no detonada que yo pueda percibir.
-Puedes irte a descansar, Sophie -dice, girándose y saliendo del salón del comedor.
Y eso es todo, no hay palabras hirientes, ni amenazas. Simplemente me deja sola sobre la mesa. Me estremezco y suelto un sollozo y cubro mi rostro con mis manos. Llorando con fuerza, nada de lo que está pasando es justo, él no tiene derecho a hacer nada de esto. La angustia y el desespero se apoderan de mi pecho, hundiéndose dolorosamente. Atormentándome.
~٭~
Cuando despierto, sigo sintiendo esa angustia en mi pecho, no pude quitarla antes de dormir y tampoco sé a que hora me quede dormida por fin. Me siento tan atareada que no puedo si quiera pensar en algo básico, mi mente está totalmente abrumada, colapsada y desorientada. Todo al mismo tiempo, es frustrante sentirme así. No he dejado de pensar en lo que va a suceder con Ian, anoche ni siquiera me respondió, a ni una sola de mis tantas llamadas y mensajes.
Eso ineludiblemente me pone nerviosa e intranquila.
Giro sobre mi cuerpo, hasta quedar sobre mi espalda. Froto mis ojos y entonces chillo, al sentir como algo aruña mi piel. El ardor se incrementa junto con una sensación caliente que se extiende por mi mejilla. Duele y arde tanto. Bajo mi mirada hasta mi mano izquierda.
Jadeo.
El corazón me late acelerado y parece querer atravesar el pecho. Mis oídos retumban. Un grito agudo de sorpresa brota de mi garganta, no puede ser. Seguramente es una pesadilla.
¡Hay un anillo en mi dedo! En mi dedo corazón.
¡Un anillo de matrimonio!
-Por tus gritos y tu expresión, deduzco que ya lo has visto -me sobresalto al escuchar su voz profunda.
Está a un lado de la puerta, tiene ropa deportiva y está sudoroso. Siento mis mejillas arder. Se volvió loco.
-¿Qué es todo esto? -mi voz es un chillido estridente. No puedo controlarlo y ni yo misma reconozco como he sonado.
Suspira y se acerca a pasos lentos hasta la cama.
-Te dije que a partir de anoche serías mía -de un momento a otro sus labios están sobre los míos, en un beso casto, apenas una suave caricia. Los labios me cosquillean con calor que refulge en mí. Una sensación cálida se apodera de mi estómago.
Abro los ojos, atónita. Trago saliva con dificultad.
-¿Estás mal? -eleva una ceja oscura, mirándome suspicaz-. De la cabeza, digo, esto no es normal. ¿Casarnos? Ni siquiera eres amable conmigo. Mucho menos nos amamos. No sentimos nada el uno por el otro.
Suelta una carcajada y se sienta en la cama, no hay tiempo para melodramas de mi cabeza, simplemente me concentro en lo que sale de su boca y bloqueo los pensamientos que me abruman. Debo estar más alerta que nunca, todas las alarmas de mi cabeza están encendidas.
-Te deje un contrato ahí -señala la mesita de noche-. Léelo y fírmalo, ningún punto está a discusión, todo será tal cual, Sophie.
El corazón me late de nuevo acelerado, justo como anoche. Mis mejillas están calientes y los labios aún me cosquillean por el beso.
-Baja a desayunar.
Me pongo de pie y sujeto su brazo, detiene sus pasos. Y me observa con detenimiento, sus azules no muestran ningún tipo de emoción, se mantienen fríos, simplemente inexpresivos.
-¿Por qué yo?
-Mejor piensa en que salvarás a tu familia -suelto su brazo-. Las horas de vida de tu hermano están contadas. Todo lo que tienes que hacer es firmar.
Mi labio inferior tiembla.
-No te amo.
Una risa maquiavélica brota de sus labios. Sus ojos siguen en los míos, logra intimidarme, pero necesito saberlo todo.
-Nadie aquí está hablando de amor. Sophie, estos son sólo negocios. Tú te entregas a mí -eleva su mentón-. Y yo pago todas las deudas de tu familia. Velo como una transacción.
Esas palabras son como un insulto. Me las trago.
-¿Cuánto tiempo?
-Toda la vida. Cuando una pareja se casa por la iglesia es para toda la vida, Sophie.
Sin más, sale de la habitación dejándome completamente aturdida. Mis rodillas ceden y caigo sentada sobre la cama.
Esto no va a terminar bien, puedo sentirlo. Es como una corazonada.
Debe de ser una especie de karma por detestarlo en mi yo interno, ahora seré yo la que tenga que soportarlo siempre. Esto es una mierda.
-Maldito.
Mis ojos increíblemente se posan en la imponente joya que reluce en mi dedo anular. Es enorme, pesado y hermoso. Ciertamente extravagante, pero no podía esperar menos de alguien como él, un hombre al que sólo y únicamente le importan las apariencias.
Desconozco sus motivos para hacer esto, tampoco me interesa como un hombre como él puede necesitar una esposa. La intriga crece en mi pecho y me digo a mí misma que no vale la pena unirme a un hombre por salvar a mi familia.
¿Qué ha hecho Ian por mí? Nada. Nunca hizo nada, ni cuando papá intento abusar mí hizo algo por ayudarme. Simplemente se fue, como todo un cobarde.
Mi madre, lo único que me duele es mi madre. Ella siempre me ha cuidado y ha estado ahí para mí, me salvo. No puedo abandonarla a ella, no puedo dejar que muera.
Por más que duela y que me sienta desquebrantajada, no puedo dejarla cuando más me necesita. Le debo la vida.
Alexander está leyendo el periódico. Cuando paso por su lado dejo caer el folder con el contrato.
-Está firmado.
Debla el periódico y lo deja a un lado de la mesa, su expresión es neutra mientras me observa.
-¿Lo leíste?
-No le veo el caso, después de todo harás lo que te plazca.
Una sonrisa burlona eleva las comisuras de sus labios. Me siento lo más alejado posible de él y descanso mi mentón sobre el dorso de mi mano y digo:
-Tengo una condición.
Lame un poco su labio inferior y se recarga en el respaldo cómodo de su silla.
-Dilo.
-Después de que le entregues el dinero a Ian, quiero que trabaje contigo, en lo sea. Que haga algo bueno de su vida, me gustaría que está vez fuera un poco más de tiempo a prisión, pero me abstengo por mi madre.
Sus ojos denotan sorpresa. Pero asiente.
-No tengo problema con ello.
Asiento y bebo un poco de mi jugo.
-Nos casaremos hoy mismo.
Inevitablemente mi estómago se retuerce dolorosamente. Si antes no tenía hambre, ahora se me ha esfumado del todo y para todo el día.
-Supongo que no puedo replicar.
-Supones bien. -Chasquea los dedos, cuando dejo de mirarlo-. Nada se hará como digas, te aclare los puntos más importantes de todo esto, antes de que comentas alguna estupidez.
-La estupidez la cometí desde que firme.
Mi siseo es como una bomba, noto rápidamente su molestia y la demuestra la frialdad asesina de sus ojos. Le dirijo una pequeña sonrisa y después me pongo de pie, dispuesta a irme a mi habitación. Esto es demasiado para mí, pensé que al menos tendría un poco más de tiempo para asimilarlo todo.
Pero por supuesto que no. Alexander Blackstone no es considerado con nadie.
-Da un paso más y te vas a arrepentir -espeta, golpeando la mesa.
Mi corazón salta, sé que he sacado el lienzo rojo ante un toro. Pero me obligo a mostrarme fuerte o de otro modo él se va a pisotearme como si no fuese nada.
Soy una mujer, una mujer fuerte. Y él no podrá con eso. Podrá tener mi cuerpo, pero nunca me alma.
-¿Vas a golpearme, como un salvaje? -Me giro y lo reto-. Creí que eras más consciente y culto, señor Blackstone.
-No digas idioteces. -Espeta.
Hago una mueca de desagrado y camino de nuevo hasta la mesa, me siento y lo miro, inexpresiva.
-Bien, permanece en la ignorancia.
Aprieto los labios, molesta por su petulante actitud.
-¿Por qué vamos a casarnos hoy?
Bebe de su café con tranquilidad.
-No nos vamos a casar hoy. Simplemente quería ver tu entusiasmo.
No me pasa desapercibido su tono burlón. Elevo un hombro y estiro la mano para tomar el vaso con jugo verde. Lo observo y me observa con detenimiento.
-¿Qué va a pasar con mi madre?
-Hoy mismo contactaremos con el mejor cardiólogo que haya en el país y se le hará la intervención, todo estará listo lo antes posible.
-Deberías de venir aquí y besarme -dice sacándome de mi ensoñación.
Abro la boca y después la cierro, sé que sólo busca molestarme con sus bromas burlonas.
-No beso a los petulantes -siseo.
Se inclina sobre la mesa con expresión magnánima.
-Besarás a un petulante por lo que te queda de viva, amor -dice calmamente, suena como una amenaza. O al menos así lo percibo yo.